**Mascotas** —cuyo título original, *The Secret Life of Pets*, parece mucho más acertado— es uno de los más recientes en añadirse a la lista de cine de animación para un público heterogéneo, y puede verse desde este mes de marzo en Movistar+. Fue dirigida mano a mano en 2016 por Chris Renaud, responsable de *No Time for Nuts* (2006), el mejor corto protagonizado por la descacharrante ardilla prehistórica Scrat, y de las dos primeras películas sobre Gru y los Minions (2010, 2013), y el menos experimentado Yarrow Cheney; y **cuenta la historia de un grupo de animales domésticos que se las tienen que ver con el de otros que antes lo eran y ahora les embarga el resentimiento**.

A pesar de que **las películas de animación** han evolucionado lo suficiente en las últimas décadas, de forma muy decisiva, como para que el público infantil no sea el único que pueda disfrutarlas de verdad, **aún hay personas que siguen creyendo en una clase restringida de espectadores para ellas y, así, en un escaso valor cinematográfico por falta de creatividad adulta**, que en verdad no les es propia desde hace años: una idea ridícula y alejada por completo de la realidad, que revela un absoluto desconocimiento en este tipo de cine a día de hoy. Porque resulta innegable que solamente unos pocos filmes de lo que antes llamaríamos “dibujos animados” hicieron las delicias de grandes y chicos como los de la actualidad.

Hasta llegar a *Mascotas*, otras han ido abriendo camino para que se admita a estas películas como merecedoras de atención por parte de los cinéfilos adultos. No pocos de nosotros hemos crecido con el arrullo de Disney y sus semejantes en las salas de cine y a través del televisor, y aún agradecemos que se produjeran **disfrutes audiovisuales clásicos, de animación tradicional, que si bien sí eran todavía puramente para niños, en su humor ya se colaba un alcance más maduro y, así, apreciable para los mayores**, como en las locuras de *Alicia en el país de las maravillas* (Clyde Geronimi, Hamilton Luske y Wilfred Jackson, 1951), lo cafre de *Las aventuras de Tiny Toons, o cómo he disfrutado de mis vacaciones* (VV. RR., 1992) o el surrealismo de *Aladdin* (John Musker y Ron Clements, 1992). Además de su estimable maestría animada, por supuesto.

Pero **no fue hasta años después cuando se pudo afirmar con rotundidad que el cine de animación ya no es sólo para niños**, cuando los filmes contaban con elementos para cuya comprensión completa, en toda su magnitud referencial, se requiere la experiencia y el conocimiento cinematográfico de un cinéfilo adulto, y aun así, pueden ser saboreados con gusto en su aventura y sus golpes de humor por los niños y adolescentes sobre los que se alberga la esperanza de que, un día, los analicen y los entiendan tan bien como nosotros. Pero esta circunstancia no hay que confundirla con las de las producciones animadas que sí son para adultos en exclusiva, como el interesante postapocalipsis de *Final Fantasy: la fuerza interior* (Hironobu Sakaguchi y Motonori Sakakibara, 2001), la terrible crónica sociohistórica de *Persépolis* (Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, 2007) o la extravagante y enternecedora *Mary and Max* (Adam Elliot, 2009).

Quizá la primera película comercial de animación que se pueda señalar como apta para grandes y pequeños fue la estupenda sátira moderna de **Astérix y las doce pruebas** (René Goscinny, Albert Uderzo y Pierre Watrin, 1976); y si hay una obra cinematográfica que ha ayudado a que esto ocurra, esa es la veterana e inenarrable serie de televisión **Los Simpson** (James L. Brooks, Matt Groening y Sam Simon, desde 1989), largometraje homónimo incluido (David Silverman, 2007). La oscuridad de **Pesadilla antes de Navidad** (Henry Selick, 1993) aportó lo tétrico al imaginario de los niños, con sus diseños a lo Tim Burton, el stop-motion y la impresionante banda sonora de Danny Elfman como gozo del cinéfilo más exigente.

La visionaria Pixar revolucionó en panorama del cine animado con **Toy Story** (John Lasseter, 1995) y ya nunca volvió a ser lo que era, y en **Toy Story 2** (Lasseter, Ash Brannon y Lee Unkrich, 1999) se ahondó en las impagables parodias de célebres filmes que serían imitadas en producciones posteriores. Una de ellas fue la brillantísima **Shrek** (Andrew Adamson y Vicky Jenson, 2001), que agarró el espíritu de los cuentos clásicos y lo puso patas arriba como lo haría un auténtico gamberro, para alegría de los amantes de la irreverencia. **La Edad de Hielo** (Chris Wedge y Carlos Saldanha, 2002), pese a su tufo conservador, supo revitalizar el viejo humor físico más negro gracias a las peripecias de Scrat. **Buscando a Nemo** (Andrew Stanton, 2003), aparte de ser una delicia hilarante, incluye a sujetos y situaciones propios de la sociedad contemporánea. Y **Shrek 2** (Adamson, Kelly Asbury y Conrad Vernon, 2004) llevó a otro nivel la audacia de su predecesora.

**La Edad de Hielo 2: El deshielo** (Saldanha, 2006) es todo un dechado de cómo conseguir que confluyan al final componentes en apariencia dispersos de un guion. En **Beowulf** (Robert Zemeckis, 2007) destaca la fatalidad y cierto erotismo que nunca esperaríamos en esta clase de cine. La primera mitad de **WALL·E** (Stanton, 2008) es una clarísima declaración de amor por los entrañables personajes del cine mudo o incluso del Monsieur Hulot de Jacques Tatí o el Mr. Bean de Rowan Atkinson, es decir, de esos patosos crónicos con los que hemos podido llorar de la risa. Y **Los mundos de Coraline** (Selick, 2009) es sicodélica e inquietante en grado sumo.

La emocionante **Up** (Docter y Bob Peterson, 2009) tiene una secuencia de inicio que sólo puede apreciar legítimamente un anciano como el protagonista que haya vivido lo que se muestra, y luego provoca unas carcajadas que no tienen precio. A **Rango** (Gore Verbinski, 2011) la adorarán los amantes del western, y **Arrugas** (Ignacio Ferreras, 2011) resulta tan creíble en su descripción de las residencias de ancianos que no hay más remedio que rendirse ante ella. Las secuencias de acción de **Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio** (Steven Spielberg, 2011) encantarán a los que les chiflan las andanzas de Indiana Jones. Y **Frankenweenie** (Tim Burton, 2012) nos retrotrae a los clásicos de terror de la Hammer y compañía.

Por su parte, en **Mascotas**, que podemos zampárnosla desde este mes en Movistar+ y que aún se erige como **el mejor estreno original, no de una secuela, remake ni reboot, en la historia de Estados Unidos, con nada menos que 103 millones de dólares de recaudación**, se dan cita el comportamiento reconocible de los distintos animales domésticos, con sus propias fijaciones, una camorra neoyorkina y los problemas psicóticos de un adorable conejito blanco llamado Snowball que la maneja. **¿Quién se atreve a decir, entonces, que el cine de animación no es más que una sarta de dibujos animados infantiles?**

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