Escuchar, la escucha activa, es un arte moribundo. Estamos perdiendo nuestra capacidad para escuchar. En una comunicación, pasamos el 60% del tiempo escuchando, pero solo retenemos el 25% de lo que escuchamos.

Definimos la escucha como el proceso de extraer el significado de un sonido. Por tanto, es un proceso mental y un proceso de extracción. Escuchar no es lo mismo que oír, pues esto último se refiere sólo a notar los sonidos que entran por los oídos. Escuchar requiere descodificarlos para comprenderlos, es un proceso físico que, siempre y cuando no se tengan problemas de audición, ocurre de forma automática, más no por esa razón deja de requerir esfuerzo de concentración. En realidad, escuchar es agotador.

Por otra parte, escuchar mal no es sólo estar atendiendo a medias mientras haces otra cosa. Seguramente en más de una ocasión has estado en conversación con alguien sólo para descubrir que antes de que ni tan siquiera termines tu versión ya tiene su propia respuesta, pero sólo a lo primero que dijiste, dejó de oír a partir de ahí. Esto es un fallo común, en lugar de escuchar con atención lo que alguien está diciendo, nos distraemos después de una o dos frases, para empezar a pensar en lo que vamos a decir en respuesta porque queremos decir algo genial e inteligente. Irónicamente esto significa que queremos impresionar al oyente porque nos importa, aunque con el resultado logremos lo contrario.

La forma más básica para conectar con otra persona es escucharla. Sólo escuchar. Tal vez sea lo más importante que podemos dar a los demás: nuestra atención — Rachel Naomi Remen.

Para escuchar lo importante, nuestro cerebro usa técnicas muy interesantes. Una de ellas es el reconocimiento. Así, si en medio de una fiesta digo "Sara", algunas personas, las que se llamen Sara, se pondrán en guardia. Incluso es posible que llame un poco la atención de aquellos que conozcan a alguien llamado Sara. También tenemos patrones que distinguen el ruido de la señal, si permanezco un tiempo bajo un ruido fluctuante, como los típicos de una cafetería, por más de un par de minutos, literalmente los dejo de escuchar. Escuchamos las diferencias, ignoramos lo que se mantiene constante.

Ya hemos hablado de que el silencio crea respuestas neurológicas por sí mismo. Y que, en realidad, el silencio en su ausencia total no existe. Lo que las neuronas realmente señalan es cada vez que hay un cambio y para detectar los cambios nuestro cerebro hace filtros. Estos filtros nos llevan desde todos los sonidos hasta lo que prestamos atención, elige qué ignorar y qué atender. De esta forma, el sonido se puede convertir en una brújula que nos ubica en el espacio y en el tiempo. Es decir, si cierras los ojos en una sala que no has visto al entrar, por los micro ruidos puedes hacerte una idea de sus proporciones, también una idea del tiempo que ha pasado porque experimentamos el flujo del tiempo de forma más consciente.

escucha activa

Para escuchar mejor los expertos recomiendan practicar la escucha activa. La verdad, se necesita mucha concentración y determinación para ser un oyente activo. Por ejemplo, un oyente extremadamente activo sería un terapeuta. Hay que dejar muchas cosas en la puerta, como el ego. Con ego quiero decir a la necesidad humana que tenemos de expresar nuestro punto de vista mientras escuchamos otro. Es muy difícil recordar todo el tiempo que “no va de ti”, y no juzgar, comparar o añadir cosas a la versión original.

Si lo piensas los terapeutas tienen un aplomo increíble, pasan una hora o más mirándote fijamente, asintiendo de vez en cuando, y poco más. La escucha activa es más cansada que la tradicional, pues exige una atención deliberada a recordar con frecuencia que tu objetivo es realmente escuchar lo que la otra persona está diciendo y nada más. Hay que poner a un lado todos los otros pensamientos y comportamientos y concentrarse en el mensaje. Hacer preguntas, reflexionar y parafrasear, pero siempre sólo y únicamente para asegurarse de que entiende el mensaje.

Barbara Miller, una entrenadora de habilidades de comunicación de Austin, Texas, recomienda hacer un volcado en papel de lo que se te vaya ocurriendo. Sí, básicamente lo que hacen los terapeutas. Por supuesto, no siempre, tan solo mientras estamos entrenándonos para aprender a hacerlo. Antes de una conversación, y mientras se está en ella, se pueden ir escribiendo todos los pensamientos que vienen y que puedan distraer al escuchar. Al estar escritos uno puede dejarlos a un lado hasta más tarde y no se queda recordando “esa respuesta genial” mientras se está perdiendo la nueva información. Se supone que cada vez necesitaremos apuntar menos, porque seremos más capaces de dejar correr los pensamientos para estar presentes.

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