Todo empezó por un té. Jamal Qureshi, de padre pakistaní y madre noruega, tomó un pedazo de hielo de iceberg en uno de sus viajes al archipiélago noruego de Svalbard y lo metió en una botella para entregárselo a su mujer y que ésta hiciera té con el agua resultante. A raíz de ello, ambos vieron una potencial idea de negocio y así nacía Svalbardi, la marca de agua proveniente de icebergs fundidos.

Y sí, tal y como os imagináis, estamos ante la típica moda sobrevalorada, con botellas con un precio de 94€, de las cuales Qureshi pretende vender entre 25.000 y 35.000 botellas al año. El valor de este agua está, según la propia empresa, en su "excepcionalmente ligera sensación en boca" por lo que, prometen, sería ideal para maridar con alta cocina. Ahora bien, Svalbardi apenas tiene contenido mineral.

Evidentemente, lo primero es pensar en la situación de un planeta donde el deshielo de los casquetes polares es un problema actual al que hay que hacer frente y al que, evidentemente, no contribuyen positivamente iniciativas como esta. Peter Gleick, del Instituto Pacífico declaró a El País que la cadena de producción de la empresa no será sostenible ecólógicamente a largo plazo pese a que Qureshi afirma que solamente recogen icebergs ya desprendidos y que flotan en el mar. Y tú, ¿te gastarías 100€ para probar a qué sabe un iceberg noruego derretido?

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