—Bienvenidos a mi subconsciente amigos.

Todo queda en familia en el nuevo Gobierno de Trump; si Ivanka hace las veces de Primera Dama en la sombra, en sustitución de una Melania Trump casi desaparecida, ahora el que toma posiciones en a los mandos directivos de la Casa Blanca es el yerno del propio presidente. Jared Kushner ha sido nombrado el líder de la recién estrenada oficina de American Innovation; un departamento dependiente directamente de la Casa Blanca que tiene como objetivo la privatización de cualquier actividad gubernamental susceptible de llevarse a cabo por parte de alguna compañía. Según algunas medios, toda una respuesta a la obligación de retirar su iniciativa de reforma del programa de salud de Obama y poner tierra de por medio entre el poder ejecutivo y el Congreso.

En declaraciones al Washington Post, Trump justificó la creación de esta oficina con la idea de que “todos los estadounidenses, independientemente de sus opiniones políticas, pueden reconocer que el estancamiento del Gobierno ha obstaculizado nuestra capacidad de funcionar adecuadamente, creando a menudo la congestión generalizada y que lleva a los sobrecostos y retrasos”. Y de esta idea, nace la oficina de la Innovación, que bien podría sonar a alguno de los ministerios relatados en 1984 por Orwell, y que tiene como objetivo ser una incubadora que, a largo plazo, sirva para transformar el sistema público.

En este momento sensible para Trump, después de su revés político, esta oficina busca atraer a los líderes y talentos, tanto de dentro como de fuera del panorama político. Un funcionamiento que, según Kushner, quiere que el Gobierno de los Estados Unidos funcione igual que una gran empresa americana. Nótese el tono patriótico de la iniciativa. Sus clientes son los estadounidenses, y para ellos lo mejor. Tanto que para esta iniciativa, Kushner, empresario de casta, ha tirado de su agenda y ha recurrido a los pesos pesados de la industria más poderosa del país. Entre sus asesores cuenta con algunos de los altos directivos más destacados: Tim Cook de Apple, Elon Musk directamente de Tesla, Bill Gates con Microsoft detrás o Ginni Rommetty de IBM. Todos miembros de un elitista sector privado que, a través de este proyecto, deberían buscar las mayores fricciones públicas y eliminarlas. Asumen que el equipo formado por Donal Trump tiene una precaria formación empresarial real, pero se les ha olvidado el hecho de que el Gobierno, por definición, es un ente público y debería buscar el beneficio de todos. No es una empresa, ni debería aspirar a serlo.

En última instancia, su búsqueda estaría enfocada a la modernización de la tecnología y a la gestión de datos de los departamentos públicos, en una versión positiva de la idea. Proporcionar un servicio de banda ancha a todos los estadounidenses para lo cual se invertirán 1.000 millones de dólares aproximadamente directamente de las arcas públicas –curiosamente antes que un sistema sanitario–, y analizar los programas de fuerza de trabajo.

La idea de la creación de esta oficina, se esté de acuerdo o no en el fondo de la misma, va mucho más allá. Especialmente por la idea de que líderes tecnológicos estén en el proceso de creación de la misma. Ya ocurrió cuando la opinión pública se echó encima de Kalanick por ser asesor de Trump, retirando este su candidatura; no es por el hecho de ser asesor, sino de estar en el lugar y el momento adecuado. Elon Musk no ha tenido reparos de mantener su puesto como consejero por el bien de Tesla y SpaceX, dos compañías muy necesitadas del apoyo gubernamental. ¿Por qué? Muy sencillo, si la oficina de la innovación empieza a privatizar servicios habrá que otorgar contratos. ¿Quiénes serán los primeros en recibirlos? A largo plazo, la estrategia por parte de los líderes tecnológicos está clara.

Habrá que ver cómo enfrentan todos estos directivos las controvertidas políticas de Trump. Aquellas que se enfrentan directamente al mundo de Silicon Valley y que dejarían fuera de las opciones de contratación a gran parte de los inmigrantes que componen su fuerza laboral.

Por otro lado, la misma oficina tiene la desconcertante misión de acabar con la adicción de los opiáceos en el país. Una hoja de ruta, desde luego, muy variada.

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