La última ceremonia de los premios de la Academia de Hollywood será recordada por el gran bochorno final, cuando se traspapelaron los sobres con la película triunfadora de la noche y luego, en medio de los discursos de agradecimiento de los productores de La La Land, dirigida por Damien Chazelle, tuvieron que corregirse y anunciar a Moonlight, de Barry Jenkins, como la verdadera ganadora. Pero esta vergonzosa equivocación como remate del espectáculo, con el galardón más significativo y frente a millones de espectadores de todo el mundo sólo sirve, a ojos de quien no se quede en tan simple anécdota, para multiplicar la sensación de arbitrariedad tremenda en las películas elegidas como merecedoras de los premios de mayor importancia, los cuales quizá no sean más que relumbrón.

El conflicto principal se produce cuando un filme logra el Oscar al Mejor Director pero no el de Mejor Película, lo que en estos premios ha sucedido veintiuna veces y, en festivales que se supone que merecen mucho más respeto como el de Cannes, es lo habitual. Hay quienes defienden esta diferencia arguyendo que una película puede poseer una dirección soberbia pero no dar la talla en otros departamentos y, entonces, no haberse hecho acreedora de este galardón porque reconoce el esfuerzo creativo de la producción en su conjunto, el de todos los implicados en ella, guionistas, diseñadores, músicos y demás, y que, si obtener el de Mejor Director comportase que su obra debe conseguir el Mejor Película automáticamente, se estaría premiando lo mismo por partida doble, y una de las dos estatuillas estaría de más.

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Oscar al Mejor Director para Damien Chazelle por 'La La Land' - ElUniverso.com

Pero esta afirmación es una simpleza que obvia el hecho axiomático de que, cuando uno nombra un filme, se refiere al director como su autor indiscutible pese al trabajo colectivo que es el cine, a que el guion no lo haya redactado él mismo y a que tal vez no disponga de los rasgos estilísticos ni de los intereses que le confieran autoría real: decimos que Arrival, superior al resto de la nominadas al Oscar gordo, es una película de Denis Villeneuve, no que es de todo el equipo ni de sus productores, los que proporcionan el dinero y los medios precisos para su elaboración, puede que con determinadas directrices, los cuales habrían subido al escenario del Teatro Dolby a recoger este premio de habérselo concedido... sólo y exclusivamente porque el filme es de su propiedad, aspecto que a veces olvidamos al tratar estos asuntos.

Y mencionamos al director porque él es la mayor cabeza pensante de un proyecto, es quien manda en todos los ámbitos y departamentos de una producción cinematográfica, aunque los productores quizá le impongan determinadas condiciones si no es él quien ha aportado también los millones del presupuesto necesario; es quien vela por que el trabajo se realice íntegramente conforme a su propio criterio y, por ende, quien deja su impronta en toda la película. Así, cuando un libreto hace aguas, no culpamos sólo al guionista sino también al director por no haberle metido mano para subsanar sus agujeros; o si un filme carece de ritmo, pasamos por encima del montador y señalamos a su jefe como responsable.

Y cuando una banda sonora no apuntala lo que el director quiere transmitir con cada escena, nos preguntamos qué pautas le habrá dado al compositor de la partitura; y si un intérprete no se luce ante las cámaras como debería, no le atizamos por ello sin aclarar que hacía falta una mejor dirección de actores. Es más, una de las labores fundamentales del cine como imágenes en movimiento es la planificación visual ya que determina en gran parte que una película sobresalga, y esa tarea la asume el director, no se trata de algo que supervise.

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El Oscar a la Mejor Película para 'Moonlight' - ElUniverso.com

Por lo tanto y en resumidas cuentas, si los realizadores controlan la producción en su totalidad y deciden lo que se lleva a cabo en cada departamento, en la búsqueda de la manera más pertinente de brindarnos su particular visión de la historia que nos quieren contar, y ese resultado general es el que premia el Oscar, el BAFTA, el César, el David di Donatello, el Ariel, el Guldbagge o el Goya a la Mejor Película del año en cada país. De modo que, si en alguno de estos galardones se reconoce la faena de un director en un filme concreto como la mejor de todas, no tiene ningún sentido que la suya no sea también la mejor película, como ha ocurrido de nuevo en los Oscar de 2017.

Y esto es así muy en especial cuando la triunfadora Moonlight únicamente ha sido galardonada en otras dos candidaturas, al Mejor Actor de Reparto para Mahershala Ali por su Juan y al Mejor Guion Adaptado para el propio Jenkins, mientras que La La Land se ha llevado tres calvos dorados más que este: el de Mejor Director para Chazelle, Actriz para Emma Stone por su Mia, Fotografía para Linus Sandgren, Banda Sonora y Canción para Justin Hurwitz y Diseño de Producción para David Wasco y Sandy Reynolds-Wasco; y el resto de las nueve posibles estatuillas para este tipo de largometrajes se las han repartido entre otras siete películas.

Si Moonlight merece el Oscar gordo debido a que el conjunto de su producción es el más sobresaliente, ¿por qué no le han otorgado más premios menores? Y si la producción de La La Land empalidece en comparación con la suya, ¿por qué ha recibido tres premios más, incluyendo el de Mejor Director? Muy sencillo: porque los Oscar son unos galardones en los que la arbitrariedad se ceba fácilmente a causa de los casi 6.000 electores de la Academia de Hollywood, entre los que hay unos 1.300 actores, lo que no garantiza en absoluto el mejor criterio en los premiados ni mucho menos cierta coherencia. Y aun así, en la mayor parte de las ocasiones, sesenta y ocho veces hasta ahora, han coincidido las estatuillas para el director y su película, lo cual sugiere que, por fortuna y al margen de los verdaderos merecimientos, lo más razonable suele imponerse.