Uno de nuestros servicios favoritos es BlaBlaCar. Funciona bien, ha traído una opción maravillosa para conseguir viajes más baratos y mucho más flexibles que las opciones establecidas hasta ahora. Desde que instauró la pasarela de pago, los viajes están asegurados y la tasa de absentismo en los trayectos ha caído en picado. No obstante, con un servicio que supera los tres millones de usuarios solo en España, es esperable que a veces ocurran situaciones peculiares. Anécdotas, pequeñas historias. Hemos pedido a usuarios de BlaBlaCar que nos cuentan las más llamativas. Aunque ninguna superará a la de la chica a la que tocó de acompañante Álvaro de Marichalar.

  • Jaime (Murcia). Una vez, en un Madrid-Murcia, el conductor era un militar de 25 años con un Alfa Romeo que básicamente se pasó medio viaje alardeando de su manejo de armas, las técnicas de artes marciales que había aprendido, etc. Por si eso no resultaba lo suficientemente intimidatorio por parte de un conductor al que no conoces de nada y que va conduciendo por ti durante 400 kilómetros, el coche iba a 190 kilómetros por hora durante la mayoría del trayecto. Cuando nos paró la Guardia Civil me entristeció que llegaría más tarde, y a saber cómo, a Murcia. Pero me alegró dejar de ir en esa caravana de la muerte a toda velocidad. Mi gozo en un pozo: a la hora de presentar la documentación, el chico estuvo rápido y puso su carné de militar por delante del DNI. Resultado: "circule", y continuamos el viaje a 190 por hora.

  • Quian (Madrid). En un Valencia-Madrid, yo iba conduciendo. A mi lado, un chico joven. Detrás, otra chica de veintidós años, y un hombre algo más mayor, de unos treinta y cinco. Durante el viaje, el hombre iba insistiendo a la chica para que hablase con él, la chica al principio parecía que estaba bien, simplemente intentaba darle largas. Llegó un momento en que el hombre era demasiado insistente, pidiéndole concertar una cita concreta y que le diese su número de teléfono. Vi la cara de la chica por el retrovisor y me di cuenta de que lo estaba pasando mal, así que paré en la primera gasolinera y le dije al hombre que si no se callaba durante el resto del viaje, le dejaba en el arcén. Retomamos la marcha con la chica en el asiento de copiloto y el hombre no dijo ni una palabra más. Fue desagradable.

  • Sara (Valencia). En un viaje Madrid-Valencia iba de copiloto, y detrás había un chico y una chica de edades parecidas. Al principio tuvimos los cuatro la típica conversación para presentarnos, luego fueron hablando más los dos entre ellos hablando de cosas en común. Al final pasaban de nosotros dos, iban a la suya, intimando. Se llevaron genial, quizás "demasiado" bien. De hecho pidieron bajarse los dos en el lugar donde iba a bajarse ella. Y fue un domingo por la noche. El conductor y yo nos imaginamos cómo acabaría la cosa.

  • Javier (Murcia). Un viernes por la tarde íbamos a ir de Madrid a Murcia, yo conducía. Quedamos en Atocha, y mientras esperábamos a la cuarta pasajera, apareció la policía municipal. Nos preguntó si éramos un BlaBlaCar, y al decirle que sí, nos pidió la documentación. No querían multarnos, sino "notificarme" únicamente a mí, y añadir los nombres de los pasajeros a un registro. También querían controlar que la documentación del coche estuviese en regla, no pudieron hacer nada más. A los agentes les acompañan unos señores de traje que intuimos por algunos comentarios que eran de la Comunidad de Madrid. Sólo nos costó diez minutos de retraso respecto a la hora de la salida, pero el susto en el momento también nos lo llevamos.

  • Cristina (Valencia). En una ocasión fuimos cinco personas en un Ford Fiesta. El conductor -un chico muy majo-, una hippie que llevaba un mes fuera de casa ya que se había ido por "estar harta de sus padres". Un mes durmiendo a la intemperie, sin apenas ducharse... Imagínate. Detrás, junto a mí, dos chicas góticas, bastante obesas, con un pitbull enorme que se quedó dormido encima de mi pierna. En verano. Apretadísimos, sudando, con la cabeza enorme del pitbull sobre mi muslo, además se le estaba cayendo la baba. Y las historias que contaban todos... Las góticas también se habían hartado de su vida y querían ir a un pueblo de Alicante "del que se enamoraron" a montar un negocio en el que hacer tatuajes. La otra, la hippie, que también tenía un perro e iba delante con ella, venía de Bilbao y decidió ir a pasar el verano a Valencia, sin nada más que el perro. Nada tenía sentido. Cuando llegué y mi padre nos vio salir a todos, aquello parecía el coche de los payasos. Puso una cara...

  • Cristina (Valencia). En un viaje en furgoneta éramos ocho: seis pasajeros y los dos que pusieron el anuncio del trayecto, que eran pareja, chico y chica. Al llegar, a una chica le pareció atractivo el conductor, y le dio dos besos muy efusivos, digamos. Todos nos dimos cuenta, y él enseguida presentó a su novia indicando que era eso, su novia, para que no se mosqueara. Ambas se quedaron bastante cortadas. El viaje fue normal, y ahí se quedó la cosa. Pero esa noche, el conductor me escribió por WhatsApp. La chica se llamaba igual que yo, se confundió de "Cristina". Me dijo que no me había reaccionado porque estaba su novia delante, pero que yo también le había parecido muy guapa, etc. No le contesté nada porque me sabía mal por su novia, así simplemente él pensaría que en realidad "yo" no estaría interesada.

  • Cristina (Valencia). En otra ocasión, un hombre nos llevó a Madrid a una amiga y a mí. Algo mayor, muy obeso, iba fanfarroneando sin parar de que tenía mucho dinero y ligaba mucho. Que si una vez se acostó con una mujer y al despertar vio que "era muy vieja". O que "me llevé al jacuzzi a una mujer y al desnudarse vi que tenía un pecho del tamaño de una pelota de baloncesto y el otro del tamaño de una pelota de tenis". Cosas que no queríamos saber, todo fue muy incómodo y surrealista.

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