Abogados de Atocha

maanhom (Wikimedia)

Ajenos al ruido, los comerciantes del mercado abren sus puestos como cada día. Al otro lado de la calle, en la plazuela de Antón Martín, una multitud se congrega frente al monumento basado en la obra El abrazo de Juan Genovés. Un día como hoy, hace cuarenta años, sucedió la matanza de Atocha. Fue, probablemente, uno de los momentos más difíciles de la Transición. Tres pistoleros de la ultraderecha española irrumpieron en el despacho laboralista de la calle Atocha 55, y abrieron fuego contra las nueve personas que aún trabajaban pasadas las diez y media de la noche.

El atentado contra los abogados de Atocha fue el punto final de la conocida como "semana negra" de Madrid. El día anterior, el joven estudiante de diecinueve años Arturo Ruiz, que participaba en una manifestación a favor de la amnistía, fue asesinado a tiros por un grupo de cuatro personas que insultaban y daban vivas a Cristo Rey, según narró la crónica de El País. Horas después, ya en la mañana del trágico 24 de enero de 1977, los GRAPO (Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre) secuestraban al teniente general Emilio Villaescusa, presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, que sería liberado semanas después por la Policía junto con el presidente del Consejo de Estado Antonio María de Oriol, que también permanecía retenido.

"Rompimos el bucle de la violencia"

Durante aquella semana de enero se sucedían las protestas en las calles madrileñas. En una las concentraciones organizadas por la muerte de Arturo Ruiz, un policía disparó un bote de humo contra la joven estudiante María Luz Nájera, que falleció en el acto. No sería la última víctima de aquel día. Ocho horas después, los ultraderechistas subieron al tercer piso del edificio donde se encontraban los abogados de Atocha. Como oyeron voces en el interior del piso, los atacantes decidieron esperar unos minutos más en la planta superior mientras el bufete laboralista se iba desalojando.

Fue entonces, pasadas las diez y media de la noche, cuando José Fernández Cerrá y Carlos García Juliá llamaron al despacho, mientras Fernando Lerdo de Tejada, cómplice del ataque, vigilaba la puerta. "Todos juntitos y con las manitas bien arriba", dijeron. Los pistoleros buscaban al sindicalista Joaquín Navarro, líder de la sección de Transporte de Comisiones Obreras, que aquellos días lideraba las huelgas de los trabajadores. No le encontraron y, con absoluta frialdad y serenidad, según recogió la sentencia, encañonaron a las nueve personas en una de las habitaciones y comenzaron a disparar.

El administrativo Ángel Rodríguez Leal fue asesinado por un tiro en la nuca. El abogado Javier Benavides falleció tras recibir dos disparos, junto con Enrique Valdevira, el letrado que cayó encima de Alejandro Ruiz Huerta, tapando sus partes vitales y salvándole la vida. Los juristas Serafín Holgado y Francisco Javier Sauquillo murieron horas después. Los ultraderechistas les acribillaron a cara descubierta. No pensaban dejar supervivientes, según lo planeado junto a Francisco Albadalejo, inductor del asesinato y secretario del franquista Sindicato Vertical de Transportes y Comunicaciones de Madrid, y Gloria Herguedas, cómplice por tenencia ilícita de armas, ambos condenados junto a los autores materiales del atentado.

Sin embargo, cuatro abogados, Alejandro Ruiz Huerta, Lola González, Luis Ramos y Miguel Sarabia, resultaron gravemente heridos pero consiguieron sobrevivir. La actual alcaldesa de Madrid y titular del despacho, Manuela Carmena, también lo hizo, ya que en aquel momento se encontraba en una reunión en el otro bufete que tenían en la calle Atocha 49. "En aquel espacio hoy convertido en pisos, no hemos conseguido que ninguna institución cree una casa de la memoria", lamentaba hace unos minutos Ruiz Huerta durante el homenaje en Antón Martín a los abogados de Atocha. La brutal masacre contra el despacho laboralista fue descrita por el Diario 16 con un titular tan breve como conciso. "Madrid sobrecogido", podía leerse en la portada del periódico. De las nueve personas ametralladas, cinco fallecieron a causa de los disparos y cuatro lograron seguir con vida. Nada volvió a ser lo mismo, ni para ellos, ni para el resto del país. Ruiz Huerta, hoy profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Córdoba, afirmó que "durante el proceso de la Transición hicimos lo que pudimos hacer. Nos jugamos la vida para eso".

La matanza contra los abogados de Atocha fue un auténtico mazazo, tanto para sus compañeros de Comisiones Obreras y del Partido Comunista de España, como para el resto de letrados y la sociedad española. En un primer momento, ante los acontecimientos de terror que se sucedían en las calles, el Gobierno de Adolfo Suárez no quiso que el entierro de los asesinados en Atocha 55 fuera público. "Cuando preparábamos el entierro, porque queríamos que el cortejo saliera del Colegio de Abogados, llamó Rodolfo Martín Villa, que por entonces era ministro de Gobernación, a Pedrol, que era el Decano, diciéndole que 'si insistes, va a haber una masacre'. Pedrol presidió el acto", aseguraba el jurista Antonio Rato en el documental Lunes Negro, Atocha 55 realizado por Tino Calabuig. La organización que agrupa a los letrados madrileños jugó un papel fundamental para que el velatorio recorriese las calles de la capital, como también recordaba Antonio Garrigues Walker en un reportaje de La Sexta Columna.

Entierro de los abogados de Atocha. Fuente: RTVE.

El Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, que ayer mismo descubrió una placa conmemorativa en la sede principal de la entidad, promovió que el entierro fuera público. "Se consiguió gracias a la dignidad de todos los abogados", afirmaba Ruiz Huerta durante el acto. Fue el propio Partido Comunista, entonces todavía ilegal, el encargado de organizar la seguridad del acto. Pese a los reparos del Ejecutivo, el velatorio transcurrió en silencio, solo roto por las lágrimas y el dolor de los asistentes. Un millar de coronas de flores rojas fue desfilando junto a los ataúdes de los cinco asesinados, según grabó Juan Antonio Bardem en la película Siete días de enero.

Dos libros más, el primero escrito por Ruiz Huerta (La memoria incómoda) y el segundo de Jorge M. Reverte e Isabel Martínez Reverte (La matanza de Atocha, 24 de enero de 1977), también recogieron los trágicos sucesos de aquellos días. "El mensaje de los abogados de Atocha es la palabra, la solidaridad y la concordia", recordaba Ruiz Huerta durante el homenaje en Antón Martín. El único superviviente en la actualidad del atentado añadía también que, tras el ataque, "rompimos el bucle de la violencia y conseguimos que se pudiese hablar y llegar a acuerdos". Su entierro fue un eco atronador por la democracia y los derechos y libertades que los defensores del régimen franquista quisieron detener. Sus balas no lo consiguieron, sino que aceleraron aún más los pasos de aquella tambaleante y recién nacida democracia.

Los autores e inductores de la matanza de Atocha fueron llevados a juicio tres años después, el 18 de febrero de 1980. A lo largo de la instrucción, el magistrado Rafael Gómez Chaparro, perteneciente al Tribunal de Orden Público, se convirtió en el centro de la polémica con varias de sus decisiones. El juez concedió un permiso para salir de prisión al ultraderechista procesado Fernando Lerdo de Tejada, quien aprovechó para fugarse del país. Después de aquel escándalo, Gómez Chaparro fue sustituido por un magistrado especial. Por su parte, el atacante huido jamás compareció ante la Justicia y podría volver a España sin hacerlo, ya que la última orden de búsqueda y captura caducó en 2015. Los abogados de la acusación señalaron a Gómez Chaparro en varias ocasiones por obstruir la investigación. Nunca se supieron los lazos políticos que influyeron y tejieron el atentado, negados por Blas Piñar, líder de Fuerza Nueva, durante el juicio, pese a que conocía de primera mano a los atacantes. La sombra de la ultraderecha española, con la que colaboraron fascistas italianos según se supo después, era alargada.

El atroz crimen de Atocha quiso hacer estallar en pedazos la Transición. Los cinco asesinados se convirtieron en "mártires y héroes" de la democracia, según recordaba durante el homenaje Álvaro Aguilera, secretario general del Partido Comunista de Madrid. La formación política reaccionó con templanza desde el dolor y la indignación por el atentado contra los abogados de Atocha. Cuarenta y tres días después, Adolfo Suárez ordenaba la legalización del Partido Comunista durante el Sábado Santo. Al año siguiente, la sociedad española ratificó de forma abrumadora la Constitución Española, que consagra los derechos fundamentales y las libertades públicas que estuvieron a punto de volar por los aires un día como hoy hace cuarenta años. Esta mañana el monumento de Antón Martín se ha vuelto a llenar de flores y banderas, junto a la placa que aún recuerda el nombre de aquellos laboralistas, asesinados solo a unos metros de la plazuela madrileña. "Si el eco de su voz se debilita, pereceremos", se oyó durante el acto, rememorando la frase del poeta Paul Éluard que hizo suya la Fundación Abogados de Atocha.

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