Pocos juegos tienen el honor de, antes de su presentación oficial, convertirse en el más importante de su generación. No sabemos si al final The Last Guardian ostentará ese título, pero la polvareda que ha levantado desde que se hiciese oficial su lanzamiento en PS4 bien justifica los ríos de tinta con los que, desde su anuncio en el E3 de 2009, ha venido caminando entre la excelencia y la ausencia, entre llegar o querer que llegue. Se pueden contar con una mano los juegos que han influido tanto en el sentir de jugadores de dos generaciones de consolas sin ni siquiera haber llegado al mercado.

No estamos seguros de si los años en los que Team ICO nos ha tenido en la sombra con The Last Guardian justifican su espera, pero lo cierto es que Fumito Ueda y su forma de hacer videojuegos, y lo más importante, su forma de contar historias, ya nos han demostrado que vale la pena esperar. Puede que como en el caso de Kojima, las obras de Ueda tengan algo de ese aura que inspira el creador por su trayectoria y por lo que juegos como Shadow of the Colossus e ICO inculcaron en los jugadores y en la industria.

Rumores y retrasos de lado, lo que está claro que es que la propuesta de Fumito Ueda para PS4 no tiene nada que ver con lo anterior, pero a la vez sigue teniendo esa personalidad que cautivó a los jugadores. La atmósfera de ICO, la sensación que deja Shadow of the Colossus, en el que la emocionalidad se funde con la jugabilidad. La premisa de The Last Guardian, al menos en lo que hemos visto hasta ahora, sigue siendo apelar a las emociones a través de las imágenes, hacernos sentir parte de lo que estamos viendo al igual que el protagonista lo está experimentando.

Por ello, las mecánicas son la forma de Ueda de contar historias, lejos de otros ejemplos como los de Kojima que utiliza la fórmula cinemática para lo mismo. Esa es la razón por la que los juegos de Fumito se apegan tanto al corazón: no es lo que nos están contando, es cómo no los están contando y cómo lo percibimos. Y aquí las mecánicas son lo que permite hacernos partícipes de lo que hemos visto, con un nivel de profundidad que va más allá de cualquier otro título.

Esto es una cuestión muy determinante porque los controles son diferentes a los de cualquier otro juego, su esquema es el japonés (saltamos con el triángulo, por ejemplo) y de cierta forma, el control de The Last Guardian es tosco y errático, al menos comparado con cualquier otro título actual de PS4. Pero en conjunción con la atmósfera y el resto de elementos, la sensación que transmite, en positivo, va mucho más allá de cualquier otro título de lo que llevamos de generación.

¿De qué va The Last Guardian? Más allá de lo que nos cuente la historia, para la que no es suficiente jugar una hora, The Last Guardian trata sobre las emociones entre el niño y Trico, en ahondar en la relación de distintos, en la amistad de un chico y un monstruo devora hombres que sienten la necesidad de conectar y de tener complicidad para salir adelante. El juego no funciona sin esa relación entre ambos personajes, y todo está especialmente enfocado para que se sienta de esa forma.

Llamas a Trico y no te hace caso, se maravilla con el mundo. Tiene miedo. Las sensaciones son de que, pese a que controlas a ambos, no siempre responden como tu esperas. Eso es precisamente un punto a favor, un proceso de aprendizaje que, suponemos, se irán afianzando según crezca la relación entre ambos. Es quizás la mayor incógnita, la evolución de esa sensación.

¿Nos romperá el corazón? Es pronto para saberlo, pero lo que hemos visto hasta ahora es suficiente como para que The Last Guardian nos haya robado un pedazo de corazoncito. Sin duda, habrá que esperar al juego completo (que por cierto ya es Gold) para ver con qué nos sorprende Ueda, pero a día de hoy, el título es lo suficientemente sólido como para arrancarnos una sonrisa entre plataforma y plataforma, entre salto y salto, entre flecha y flecha.

The Last Guardian va sobre las emociones y lo que hemos podido jugar, nos ha emocionado. Demasiado pronto para impresiones, suficiente para emocionarnos.

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