Hace once años, Hernán Casciari se imaginó en La edad de los países a las naciones como personas. Argentina, Venezuela, Brasil y en general América Latina son adolescentes erráticos que hacen grupitos entre ellos. México es ese sujeto conocido por ser "el amigo de", descrito por Casciari como un adolescente que se ríe poco y se junta con Estados Unidos, “un 'retrasadito' de 17 que se dedica a matar chicos hambrientos en otros continentes”.

La amistad entre México y el bully Estados Unidos es comprensible porque son vecinos y al primero no le conviene ser enemigo del segundo pese a la asimetría de la relación.

México ha sido el mejor aliado de los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial cuando se prestó a promover la migración que sustituiría en la mano de obra a los cientos de miles de jóvenes patriotas enlistados en el ejército, cuando juró sólo proveer de petróleo a los aliados y al prestar todos los medios existentes para producir (y reproducir) la propaganda ideológica necesaria para mantener al resto de América Latina a raya.

La relación entre ambos siempre ha sido muy cuidadosa de no volverse integrada, sino de quedarse meramente en el ámbito de la conveniencia comercial y de seguridad, cuidando que el tema de tráfico humano quede siempre ambiguo aunque de facto existe en México una comunidad de un millón de estadounidenses y en el norte, 34 millones de mexicanos, es decir, Estados Unidos también ensaya el bullying con México, aunque podría decirse que lo trata mejor a que a muchos otros: sólo le quita el almuerzo cuando tiene hambre y le mete la cabeza al excusado cuando realmente necesita una reprimenda. A cambio, Estados Unidos deja a México descargarse de responsabilidades.

Tratados de libre comercio como el de América del Norte (ahora en peligro de extinción), y acuerdos en materia de seguridad y recursos naturales como el Plan Mérida, el Perímetro de Seguridad y el Plan Puebla Panamá establecieron los términos de la amistad: Estados Unidos puede ir a casa de México y poner fábricas operadas por personas con bajos sueldos, las mercancías producidas serán mucho más baratas que si las produjese en su propia casa y, además, tiene un nuevo mercado en el cual vender.

Las fábricas que ya estaban en México antes y que no pudieron igualar la tecnología, la calidad, la rapidez y los costos estuvieron destinadas a morir. Estados Unidos también puede echarle el ojo a los recursos de México y ayudarle a planificar las carreteras, puertos y aeropuertos que necesitará para llevarse lo que ha hecho a casa. Mientras esto pasa, con las armas de Estados Unidos, México debe cuidar que ningún indeseable entre a la casa de Estados Unidos por la noche.

Aún así, el presidente electo de los Estados Unidos, Mr. Donald Trump, desde el día uno hizo de México y los migrantes el enemigo público de Estados Unidos, el país de los bad hombres, en una relación que siempre le ha resultado benéfica.

No es casualidad que en un par de horas el peso mexicano cayó lo que las autoridades bancarias estimaban que sucedería en semanas. Si le da seguimiento a sus promesas de campaña —que no lo podemos deducir de su carrera porque Trump jamás ha ejercito un puesto de representación popular— Trump terminará con el TLCAN, deportará a miles de mexicanos, y retendrá remesas (una de las tres fuentes legales de ingresos a la economía mexicana) para reforzar las fronteras entre ambos países.

Hasta ahora, el presidente electo ha dicho mucho de México y sus planes con la relación de ambos países. Aún falta todo lo que podrá decir y suceder en los próximos cuatro —u ocho— años. México, el adolescente que se ríe poco, no pensó en un futuro sin el bully Estados Unidos, aparentemente no tiene un plan de contingencia que le permitiera tomar las riendas de su vida ante las dos opciones inminentes: o "las cortan" o se vuelve una relación aún más abusiva.