La mayoría de nosotros asumimos que la imagen se refiere únicamente a nuestro sentido de la moda, la complexión física y una simetría "atractiva" en los rasgos faciales. Por culpa de esta suposición, la apariencia siempre se ha relacionado con algo no sólo superficial, sino que se manipula, en el sentido de que lo que pareces no tiene que corresponder con cómo eres.

En realidad, la apariencia es sólo un componente más de nuestra imagen y nuestra imagen sólo un componentes más de lo que somos. Es una de las innumerables formas en que expresamos lo que somos (o pensamos que somos) en el mundo, pero siempre será un sólo nivel de la percepción. Es decir, si pareces una persona interesante pero no lo eres, visualmente puedes parecerlo, pero en cuanto hables o actúes, todo se derrumbará como un castillo de naipes.

Valga la redundancia, tu imagen es tu concepto de ti mismo. Este concepto se desarrolla en tu mente, crees ser de una manera y normalmente intentarás parecer lo que eres proyectándolo en el universo físico para que, una vez que el concepto está "ahí fuera", sea interpretado por las personas que te rodean.

Uno puede decir que no cree en ello. Si las personas que te rodean no son capaces de adivinar, suponer, intuir o tomarse el tiempo de constatar cómo eres en el interior es su problema. Sin embargo, esto no es más que una negación de la realidad, por inconveniente que sea la realidad: todo lo que decimos y hacemos comunica algo sobre nosotros, todo contribuye a nuestra imagen externa. A no ser que no se haya nacido nunca, no hay forma de evitar proyectar una imagen. Entonces, cuando lo dejas al libre albedrío, por supuesto habrá quien decida no llevarse por las apariencias, ignorar la primera información y comprobar si eres como pareces. Sin embargo, esto no quita que tal vez la mitad del tiempo estés mandando mensajes opuestos a tu verdadera personalidad, a veces incluso contradictorios entre sí, y esto, no es lógico.

Entonces, ¿somos un producto?

A photo by Angelina Litvin.
Humberto Gutiérrez, consultor en imagen pública estratégica y Vicepresidente de Comunicación de la Asociación Internacional de Consultores en Imagen opina que sí. «Entendemos que un producto es cualquier bien, servicio o idea, por lo tanto nosotros —como personas— sí, somos un producto y estamos en constante interacción con el consumidor. La imagen ha estado ahí siempre, no es que sea más importante que hace 15 años, siempre lo ha sido, pues lo importante está en lo que generamos en la mente de los demás, sin embargo, ha cobrado relevancia en los últimos... digamos, 20 años, porque ahora la gente es consciente de que debe cuidarla. Y, al tener mayor consciencia, se le da mayor importancia en cualquier sector en el que se cuida lo que se proyecta».

«Existe la creencia de que la imagen personal pasa por un tema de gusto. "Si a mí me gusta, está bien, si no me gusta, no lo está". Cuando en realidad la imagen personal puede ser una forma estratégica de proyectar lo que ya eres. Si a la imagen se la piensa como un complemento de lo que se es, a partir de lo que se hace, deja de ser superficial y se convierte en una herramienta. De hecho, si lo pensamos como una herramienta únicamente para transformarnos en lo laboral o profesional, caeremos en fingir lo que queremos que los demás vean y eso, eventualmente, termina por caerse.

Primero está la identidad de cualquier persona, a partir de ahí descubrimos o conocemos la forma en la que hace las cosas (que es la que en realidad genera la reputación) y, finalmente, está la imagen o la forma en la que comunica lo que es.

Si vemos el mapa de esta forma entenderemos que la imagen está lejos de ser lo más importante. Es simplemente un complemento para proyectarnos mejor».

En el mundo real, los humanos están atados por su historia evolutiva a realizar evaluaciones instantáneas de otras personas. Por ejemplo, según «El animal social» de David Brooks tenemos incluso «neuronas espejo» que de manera espontánea recrean patrones mentales de quienes nos rodean, y no se tratan siempre de mera imitación, sino de un mecanismo de la empatía para ayudar a interpretar las intenciones de una acción. Aprendimos a interpretar las expresiones faciales y el lenguaje corporal, interpretar gestos y movimientos en busca de signos de hostilidad versus amistad —de sus personalidades, temperamentos e intenciones, por no mencionar su idoneidad como compañeros—, hacemos sesgos, generalizamos, encasillamos y frecuentemente caemos en el error, pero está en nuestra naturaleza tomar esa información como base y seguimos haciéndolo.

Sí, tales evaluaciones pueden ser precipitadas. Sí, estas evaluaciones se basan en señales "superficiales", la imagen es superficial por definición en un principio, incluyendo la apariencia, el habla y las señales no verbales. No, estas evaluaciones no siempre son exactas. Pero sí, son información que no es posible ignorar y puestos a proyectar una, por lo menos, que sea la que quieres que sea.