La economía sumergida, el fraude fiscal, los pagos en negro o en B. Este fenómeno financiero recibe una infinidad de nombres y apelativos tanto en España, como en el resto del mundo. Pero da igual cómo se les presente porque la verdad es que su práctica supone un agujero negro para la economía de cualquier país. Pérdidas valoradas en millones que, para solucionarse, requieren el trabajo de una consecución de reformas fiscales ad hoc y la confluencia de una serie de factores sociales.

El fenómeno tras los datos

Las cifras que hablan sobre la economía sumergida son igual de difusas que el propio sector. No existe ningún baremo que determine, con el 100% de fiabilidad, cuánto deja de percibir el Estado por esta práctica. El último dato, aportado por las instituciones gubernamentales españolas, la Gestha concretamente, apostaban por una pérdida de 253.000 millones de euros aproximadamente, lo que supone el 24,6% del PIB del país. A principios de 2016, el profesor austriaco Friedrich Schneider publicó los resultados de un estudio sobre este fenómeno a nivel europeo. Este determinaba que las pérdidas en España rondaban el 18,2% del PIB, o lo que es lo mismo: 200 millones de euros. Un poco por debajo de las estimaciones del Ministerio de Economía, pero que dejan al país a un punto por encima de la media global.

Las coyunturas económicas tampoco ayudan a mejorar las cifras. Schneider estima que desde 2008, coincidiendo con el inicio de lo más grave de la crisis financiera, la actividad "en negro" ha aumentado en 15.000 millones de euros anuales de manera progresiva. Y vinculado a esta cuestión está el tema de los empleos y cobrar "bajo cuerda"; la necesidad de muchos parados de tener un trabajo sea como sea, aunque no figure ante la Seguridad Social, es una de las consecuencias directas de la economía sumergida.

Apps, tarjetas e iniciativas

Ante este panorama, las soluciones que se han barajado para acabar con la evasión fiscal han sido muchas. Algunas más acertadas y otras más complejas de llevar a cabo. La primera de ellas: el endurecimiento de la legislación vinculada a esta cuestión, haciendo de su persecución un hecho consolidado y real. Y ya se está llevando a cabo, pese a que para ver resultados hay que esperar al largo plazo.

Mientras, hay otras opciones. Una de ellas es, simple y llanamente, eliminar de forma definitiva los pagos en efectivo. Pese a las complicaciones que esto puede acarrear, que son muchas, es una cuestión demandada desde la Cámara de Comercio desde hace varios años. El paso, sin retorno, al uso de la tarjeta o apps para abonar todos nuestros gastos cumpliría con la promesa definitiva del fin de la evasión fiscal. Ya son varias las aproximaciones financieras que confirman que la disminución del pago en efectivo en España reduciría en un 11% la economía sumergida y, por tanto, la evasión fiscal.

Sin embargo, aún queda muchas lagunas que sortear en esta propuesta y optar por un progresivo cambio de las costumbres hasta alcanzar el punto óptimo es lo más idóneo. Si bien en algunas regiones de Latinoamérica el mayor problema que nos encontramos es la carencia casi total de bancarización, poca educación sobre el sector financiero y poca penetración de los smartphones, en España los problemas vienen por otro lado. Habría que buscar soluciones para los niños o jóvenes que aún no manejan tarjetas, la implantación definitiva del NFC, los pagos a través de móviles o el aumento de la confianza de la gente en el sector financiero a la hora de manejar casi el 100% de los datos de nuestros movimientos financieros. La colaboración del sector financiero, político y comercial del país sería esencial para lograr este equilibrio.

El ansiado cambio de cultura, asociada al modo de vida en España, poco a poco está virando. Los más jóvenes y acostumbrados al mundo digital están ayudando, en medida de sus posibilidades, a esta progresión. El aumento de las compras digitales y la comodidad de usar tarjeta o apps como la de imaginBank ya están empezando a causar efecto. Muchos de estos ya no acuden a lugares en los que no se les permite pagar con tarjeta por la simple razón de que nunca llevan efectivo. Y está funcionando, según los datos del Banco de España, a julio de este año, las compras con tarjeta superaban por primera vez a las de efectivo en España.

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