Es cierto que el coche autónomo tardará todavía mucho en llegar a las ciudades, pero dado que es una realidad que irremediablemente llegará, y ya lo está haciendo paulatinamente con los sistemas de asistencia a la conducción, conviene repasar cómo los núcleos urbanos se van a ir adaptando a ese fenómeno más y más próximo, ya que, de no hacerlo, los plazos se alargarán hasta el infinito.

El gran problema del coche autónomo en ese asunto se comprende mejor cuando se percibe todos los cambios que se producirán en espacios de aparcamiento, semáforos, colisiones, costes de transporte. Está claro que hay gente que saldrá ganando, y otros muchos perdiendo, pero este campo requiere, mucho más que otros, unión por parte de los grandes actores que sobre él van a tomar parte y decidir.

Un nuevo sistema de aparcamiento es obligatorio para hacer avanzar a esta industria, pero también puede ser el aspecto más negativo de un mercado que, de alguna forma, podría no llevar a menos coches por familia, por lo que, por muy autónomos que fuesen los coches, tuvieran que aparcase como los actuales.

Todo ello, en lugar de una apuesta más colaborativa en la que el coche es propiedad pública pagada con impuestos y en la que no tienen un lugar fijo de aparcamiento, sino que siempre están pendientes, a modo de taxi, de quien les necesita, o de un grupo de amigos que todos los días sale a la misma hora de trabajar y requiere un vehículo para moverse a un lugar determinado.

En una realidad así, con el coche autónomo se vuelve al clásico debate en el que se habra del requisito de una ciudad verdaderamente conectada gracias a la promesa de del 5G, que debería llegar en propuesta final a partir de 2020.