Entre las reacciones al brutal atropello en masa de Niza está la de preguntarnos si algo así puede pasar en España. Y algunas de esas preguntas parten de miedo al “enemigo interior” y de una premisa que no se corresponde con la realidad: que los musulmanes españoles viven de espaldas a la sociedad o que ignoran deliberadamente los intentos del extremismo yihadista por asentarse en España.

Hace un par de semanas, diferentes representantes de los servicios de inteligencia españoles pasaron por El Escorial para intervenir en los Cursos de Verano de la Complutense. Todos ellos hablaron del yihadismo en sus intervenciones. Y tanto la policía, como el CNI, como la Guardia Civil destacaron la excelente colaboración que mantienen con la comunidad islámica española.

Buena parte del éxito antiterrorista musulmán en España parte de la gran colaboración entre la comunidad musulmana y las fuerzas de seguridad del estadoEl segundo al mando del Servicio de Información de la Guardia Civil, el coronel Valentín Díaz, afirmó además que “las familias nos llaman cuando ven que uno de sus miembros se radicaliza”. Esto, que pudiera parecer extraño a primera vista, o producto del miedo, es más fácil de entender si comprendemos mejor el punto de vista de los musulmanes españoles acerca del terrorismo, ya sea éste del DAESH o de Al Qaeda.

Los musulmanes españoles tienen un apodo para los radicalizados. Les llaman despectivamente “barbudos”. Y piensan en ellos de la misma manera en la que los demás pensamos de alguien que es captado por una secta destructiva. Y es que el DAESH es una secta destructiva que pregona el fin del mundo y que afirma ser el Emirato que combatirá (y vencerá) contra los “romanos” antes del Apocalipsis. Son argumentos que no son tan diferentes de los que pudieran haber usado líderes de sectas violentas, como David Koresh, Shoko Ashara o Luc Jouret.

Cuando el DAESH empezó a tener notoriedad, el presidente de la Unión de Comunidades Islámicas de España (UCIDE), Riay Tatari, firmó un comunicado en el que condenaba rotundamente sus actividades e ideas. En él decía lo siguiente:

"Algunos grupos extremistas se autonombran con grandes palabras y nobles significados, cuando sus acciones demuestran lo contrario, sembrando el terror con su violencia criminal e injusticia opresora".

En el mismo comunicado exhorta a la juventud a no desviarse del buen camino y a los imanes a estar atentos de que nadie caiga “en la trampa propagandística”, para que sus fieles no se “pierdan”. De hecho, la UCIDE no ha tardado en condenar la masacre de Niza, a la que ha calificado como “ataque brutal” y “horror criminal”.

Saltan las alarmas

Para las familias musulmanas españolas, el proceso mediante el cual sus hijos (o hijas) se comienzan a radicalizar es tan dramático y tan devastador como lo fue para las familias cristianas en la oleada de sectas que hubo en España en los años 80. Con una diferencia: hay que intervenir cuanto antes al detectar los síntomas, que son comunes a los de todas las víctimas de sectas. A saber: cambios en la manera de vestir, comportamiento esquivo, retraimiento afectivo, cambios en el lenguaje, actitud intolerante o excesivamente severa, entre otros.

“A esta clase de terroristas no se les puede dar carrete”, explicó el coronel Díaz. Con “dar carrete” se refiere a vigilarles con tiempo, para descubrir sus redes de relaciones. Una vez radicalizados, los captados por DAESH son urgidos a entrar en acción cuanto antes contra “objetivos blandos”; esto es: ataques indiscriminados a gente en áreas concurridas y difíciles de vigilar. Y los ataques han de ser suicidas. Contra un suicida es más difícil protegerse. “Son muy letales, suelen ir muy drogados al realizar esos ataques y si no se inmolan, suele haber otro para inmolarle”, sentenció el Coronel Díaz. Como es lógico, nadie quiere que familiares suyos acaben así.

daesh

Aunque Policía, Guardia Civil y CNI tienen infiltrados e informantes, tanto dentro como fuera de las redes, detectar a personas que se están radicalizando es muy difícil. De ahí la importancia que se da, tanto a la colaboración con las comunidades musulmanas españolas, como a las políticas de prevención, que van más allá de la mera actividad policial.

La detección prematura de personas en proceso de radicalización es muy complicada, y parte de ello“España no es Francia, en ningún sentido”, explica Habiba, una joven española de origen árabe. “En Francia hay mucho racismo aún, mucha desigualdad. Hay gente que no puede salir de lo que conlleva vivir en ciertos barrios. En España aún hay cierta red de seguridad, con la sanidad, la educación pública y barrios más integradores. Y lo más importante: la gente aún confía en la policía”. Habiba es veinteañera, universitaria, atea, del Rayo Vallecano y de Carabanchel.

Para la inmensa mayoría de musulmanes en España, DAESH o Al-Qaeda son sinónimos de delincuencia y de enfermedad mental. El 11-M es un ejemplo recurrente para explicar su punto de vista: delincuentes y traficantes que, de repente, quieren “lavar” su existencia a través de una variante de la religión, que les permite seguir siendo tan violentos como su actividad criminal. O cristianos conversos, en busca de ser “más musulmanes que los musulmanes” y que son una descripción de libro de potenciales víctimas de una secta: personas sumisas, dependientes, ingenuas e idealistas, según Vega González, psicóloga clínica de la asociación Atención e Investigación de Socioadicciones.

Y, como en el caso de las sectas, la familia suele ser de las primeras en detectar que algo va mal y también los primeros en pedir ayuda, aunque ello incluya avisar a la Policía o la Guardia Civil. “Gracias a ellos, a algunas de las las familias y a algunos imanes, nos llega información crucial a tiempo”, explicó el coronel Díaz. “Y aunque no puedo garantizar que mañana mismo no vaya a pasar nada, si no ha habido más atentados desde el 11-M es porque, entre todos, algo estaremos haciendo bien”.