El fabricante de productos electrónicos de consumo ha invertido una suma no revelada en Cogitai, empresa fundada hace un año por tres investigadores con el objetivo de desarrollar la tecnología que permita a las máquinas aprender de forma continúa y autónoma a partir de la interacción con el mundo real.

Ninguna máquina es capaz de comprender el mundo que le rodea tan bien como un humano. Un niño pequeño tiene una capacidad de entender qué pasa y porqué en el mundo mucho más sofisticada que el más potente y elaborado sistema de inteligencia artificial. Cogitai dice que cualquier habilidad adquirida o conocimiento, por simples que sean, permiten el desarrollo de conocimientos y habilidades más complejas a través de un ciclo de aprendizaje que nunca acaba. La meta es clara y no es nueva, es el objetivo de muchas empresas e investigadores. Pero Sony cree que esta empresa californiana es la más capacitada para desarrollar lo que necesitan.

El interés de la multinacional nipona por la inteligencia artificial llega muy tarde en comparación a los gigantes del Valle del Silicio. «Desde una perspectiva objetiva, sabemos que estamos varios pasos por detrás. Pero existen multitud de áreas y aplicaciones todavía sin explorar. Algunas en el ciberespacio, pero la mayoría en nuestro entorno», reconoció Hiroaki Kitano, ejecutivo de Sony Computer Science Laboratories.

Es el claro diagnóstico de la pérdida de poder paulatina de Japón en las dos últimas décadas: el software. Sony hace _hardware_ y con él se erigió numerosas veces como pionera desde su fundación: sus televisores, el _Walkman_ o la PlayStation, por citar algún ejemplo. Ahora, lo primordial es el software, es lo que define a una empresa de tecnología y es el pegamento de los ecosistemas: clave inequívoca de la oferta al consumidor.

Los avances de Facebook, Google y un largo etcétera en la carrera por la inteligencia de las máquinas se desarrollan ante la pasiva mirada de la industria tecnológica japonesa, que ha de recurrir al proteccionismo estatal para salvarse. La última víctima fue Sharp, que cayó en manos de Foxconn, ya que la taiwanesa quería su tecnología, personal e instalaciones para desarrollar la nueva generación de pantallas para teléfonos, tablets o vehículos inteligentes.

Sony fue pionera en este segmento de la innovación con AIBO, un perro robótico que gozó de gran difusión mediática. Pero la debacle en sus principales negocios de electrónica de consumo no permitían más avances. Sony lleva más de una década reajustando sus negocios en busca de la rentabilidad debido a la soga que aprietan constantemente en su cuello los rivales asiáticos, que cuentan con mayor poder de distribución y compiten en precio, no en innovación.

La compañía ya ha reestructurado sus divisiones de televisores, portátiles y teléfonos inteligentes. Ahora buscan volver a ser pioneros en su espacialidad, el hardware. Eso sí, con la ayuda de la tecnología de inteligencia artificial made in USA.

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