Ruta BBVA

¿Quién me iba a decir que con sólo dieciséis años iba a disfrutar de una de las experiencias más importantes de mi vida? Hoy, cuando escuché la noticia de la [muerte de **Miguel de la Quadra-Salcedo**](http://www.huffingtonpost.es/2016/05/20/frases-miguel-quadra_n_10059812.html), me vinieron multitud de recuerdos a la mente. He vuelto a conectar con mi «yo» del 2004. Y mientras estaba en la ducha, he recordado la canción con la que nos despertaban en la **ruta Quetzal**.

Durante los cuarenta días del viaje, el jefe de campamento tomaba el megáfono a las 6 o las 7 de la mañana. Todas las madrugadas oíamos lo mismo. **»Lirolilola, qué bonito es despertar y decir con alegría ¡buenos días, tía María!»** Cuando escuché que Miguel de la Quadra-Salcedo había muerto, me ha venido eso a la cabeza. Es, sin duda, el mejor recuerdo: lo que oíste durante cuarenta días a primera hora de la mañana.

###»Dio su vida para contagiarnos de su espíritu»
Fui a la ruta Quetzal en 2004. Me llamaba la atención la experiencia, el simple hecho de poder estar con mucha gente diferente de distintos países. Y, como esperaba, el viaje fue inolvidable. Me encontré con un ambiente abierto, en el que todo el mundo hablaba de igual a igual. Creo que cada país mira el mundo desde su propia perspectiva. Y nos perdemos muchas cosas. Nunca aprecias el punto de vista de otra región, de otra cultura diferente. Pero la ruta Quetzal consigue que te pongas en el lugar del otro, en la otra perspectiva. **Todo eso con sólo dieciséis años.**

«Cada país mira el mundo desde su propia perspectiva. Y nos perdemos muchas cosas. Pero la ruta Quetzal consigue que te pongas en el lugar del otro»

Miguel de la Quadra-Salcedo era un hombre en el que se juntaba la pasión por la naturaleza y el deporte con una avidez cultural increíble. Creo que eso fue lo que le llevó a hacer todo lo que hizo: no únicamente como reportero, sino también, como se ha dicho, siendo «el último aventurero». **Era eso precisamente lo que le hacía especial. Lo llevó al máximo y dio su vida para contagiarnos de ese espíritu**. La ruta Quetzal es la esencia de lo que Miguel de la Quadra-Salcedo intentó hacer en su vida.

Recuerdo el viaje, que [transcurrió por México, Portugal y España](http://www.rutabbva.com/TLRQ/index.php?id=118&no_cache=1&expid=5), como algo fascinante. La ruta nos permitía conocer pateando, viviendo, estudiando. Aunque creo que con dieciséis años no llegas a apreciar todo lo que aprendes. **Es una experiencia tan intensa que, aun a día de hoy, sigo redescubriendo cosas. Cuanto más tiempo pasa, más me doy cuenta de la enorme oportunidad que tuve.**

Fotografía tomada por el rutero uruguayo German Fernández y cedida por Lucía Fanlo Escudero.

En 2004, decidí enviar un trabajo para ser seleccionada como **rutera**. Es así como se conoce a los que tenemos la fortuna de vivir el viaje. Mi proyecto versó sobre la influencia e importancia del agua en la cultura maya, tanto en el desarrollo cultural (en la agricultura y religión, por ejemplo), como en la desaparición de esa civilización. Durante aquella época, había diversas hipótesis que apuntaban que, en los últimos años de su existencia, los mayas habían sufrido sequías muy fuertes. Hacer un trabajo de ese estilo es complicado. La mayor parte de nosotros no nos habíamos planteado nunca hacer algo así como adolescentes. Pero lo cierto es que tener dicha oportunidad es muy enriquecedor. Te das cuenta que, en la España actual, la gestión del agua sigue siendo un aspecto importante y crítico en una sociedad como la nuestra. Tal y como lo fue en algunas de las principales culturas americanas.

«La ruta Quetzal es un reto deportivo, pero se nutre de la avidez cultural de Miguel de la Quadra-Salcedo»

Preparando el trabajo, mi madre me sugirió acudir a la embajada de México en Madrid. Allí fueron muy amables, me ayudaron con una gran cantidad de documentación. Para mi sorpresa, todavía conservaban muchos trabajos de ruteros que les habían enviado sus proyectos después de terminar la ruta Quetzal. Jamás se me hubiese ocurrido algo así. Pero tenemos una historia común entre España y América Latina, aunque en cada sitio se enseña de una manera. Creo que, gracias a este viaje, todo se relativiza y dejas de ver esa perspectiva local. **Te das cuenta de todo lo que desconoces. Todo lo que en ese momento comienza a llamarte la atención.**

En 2004 visitamos Puebla, Veracruz, DF o Michoacán en México. Tuvimos la suerte de subir a tres volcanes. Ya en España, un barco del ejército nos trasladó desde Huelva a Portugal, donde recorrimos Oporto y Lisboa. La parte española de la ruta Quetzal transcurría por diversos puntos de nuestra geografía. Madrid, Ciudad Real, Segovia, Santiago de Compostela. Recuerdo cruzar andando Sierra Morena. No podía parar de llorar por culpa de una alergia. Luego en El Escorial se hacía la entrega de diplomas y en El Pardo nos recibieron los reyes. Había muchas partes que se hacían caminando. La ruta Quetzal es, sin duda, un reto deportivo, pero se nutre de esa avidez cultural de Miguel de la Quadra-Salcedo. Intercambias muchas experiencias con la gente que vive en las zonas por las que cruzas. También contábamos con una **banda de música**, pero sobre todo, se mantenía un espacio abierto de muchas culturas.

Fotografía tomada por el rutero uruguayo German Fernández y cedida por Lucía Fanlo Escudero.

Miguel de la Quadra-Salcedo no estuvo en todas las jornadas de la ruta Quetzal de 2004. Ya era mayor, y en la parte mexicana estuvo únicamente en momentos puntuales. La mayor parte del peso en aquellos días lo llevaba **Jesús Luna**, un profesor de educación física de Madrid, que actuaba como jefe de campamento. En cambio, de la Quadra-Salcedo sí que siguió el viaje en la parte portuguesa y española. A veces participaba directamente en las actividades, como las marchas de la expedición o la presentación de los ponentes. Él daba mucha importancia a la perspectiva cultural del viaje. Doce años después, te das cuenta de todo lo que viste, todo lo que te contaron. De aquella quizás estás tan abrumado por la experiencia que no llegas a notar todo lo que vas aprendiendo, que traían a gente muy buena y en un ambiente además abierto. Miguel de la Quadra-Salcedo también se encargaba de atender a la prensa y de ser la cara visible de la ruta Quetzal. Era bastante cercano con los ruteros y, sobre todo, nos contagió parte de su espíritu.

«Gracias a la experiencia, que para mí siempre llevará el nombre de ruta Quetzal, conservo un infinito amor por los viajes»

La segunda cosa que me ha venido a la mente tras enterarme de su muerte ha sido otra canción. **»Moza de ruta Quetzal, si quieres que yo te quiera tienes que bailar conmigo cantimplora en la cadera»**. Momentos como ese evocan recuerdos felices. Imborrables para alguien de dieciséis años. Y que, inconscientemente, me han marcado para siempre. En el último año de carrera, me vine a Barcelona con una beca del CSIC para investigar. Y volví a compartir piso con dos ruteros, que había conocido en un encuentro posterior en Panamá. Es la magia que nos impregnó Miguel de la Quadra-Salcedo: todo es cercano por muchos años que pasen sin vernos. Terminé aquí haciendo la tesis y creo que, al fin y al cabo, son pequeñas casualidades que te van llevando poco a poco hacia un camino. La ruta fue una de las mejores casualidades.

Gracias a aquella experiencia, que para mí siempre llevará el nombre de ruta Quetzal, conservo un infinito amor por los viajes. Y, especialmente, por **descubrir y conocer con la mente abierta, como si fuera una hoja en blanco en la que quiero escribir mis próximas experiencias.** Otras enseñanzas de Miguel de la Quadra-Salcedo son la curiosidad y el afán por conocer más, el valor de la amistad y vivir experiencias en condiciones que no siempre son fáciles. Cuando yo hice el viaje, además, estaba prácticamente financiado, con el fin de que todo aquel que le interesara y pudiera ser seleccionado, tuviera la oportunidad de vivir aquella experiencia. Una experiencia de valor incalculable y, sin duda, una de las más intensas de toda mi vida.

*Texto redactado por Ángela Bernardo bajo la supervisión de Lucía Fanlo.

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