En México, trabajar no siempre significa una mejora en la calidad de vida. Los beneficios económicos que puede tener esta actividad suelen ser a expensas de la felicidad y la satisfacción personal de los empleados.

Trabajar en México suele ser sinónimo de un amplio abanico de cosas negativas. Los beneficios económicos están son siempre a expensas de la satisfación personal de los empleados.

Mientras la cultura laboral promueve trabajar más horas de las pagadas, la regulación cada vez permite salarios más bajos. Y es que son muchos los factores por los que México no es un lugar para trabajar y ser feliz, de hecho, ocupa el primer lugar de países con estrés laboral.

El calvario para millones de mexicanos comienza desde muy temprano, a la hora de ir al trabajo. Llegar a él es una odisea, ya que sólo el 7,8 por ciento de los hogares en el país están en una zona que cuenta con servicios y fuentes de trabajo. El 92,2 restante necesita sortear el tráfico o el ineficiente transporte público. El regreso a casa no es mejor. La gran cantidad de tiempo que pasa el trabajador en ir y venir le deja pocos momentos para el descanso y la recreación al mexicano de clase baja y media, indispensables para la salud. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), el estrés laboral se manifiesta en síntomas como malhumor, ansiedad o el síndrome del burnout.

Las estadísticas muestran claramente el problema: México es el país que más horas trabaja entre los miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) con un promedio anual de 2.237, seguida por Corea del Sur con 2.163 horas. Pero también es el que tiene el peor sueldo promedio de la OCDE con 1,1 dólares por hora. El ingreso familiar anual es de 12.850 dólares, bastante bajo comparado con el promedio de los miembros de la OCDE, que es de 26 mil dólares.

En México se trabaja mucho, se produce poco y se gana aún menos.

Para algunos, la justificación de está irregularidad entre las horas de trabajo y el sueldo está en la baja productividad de los mexicanos. Mientras un irlandés produce 8,36 dólares en una hora, un mexicano produce 2,7 dólares en ese mismo tiempo.

La productividad es un indicador "tramposo", pues depende de una serie de factores que pueden ser propios de los empleados (su preparación, especialización o la manera en la que deciden ocupar sus horas laborales) o de cómo las empresas trabajan (capacitación, infraestructura, relaciones laborales) e incluso de las políticas públicas existentes en el ámbito laboral, económico y en la educación.

En resumen, en México se trabaja mucho, se produce poco y se gana aún menos.

El empleo en México también revela una serie de desigualdades, sobretodo entre los ciudadanos de pie y la clase política. Por ejemplo, siguiendo con la cifras de la OCDE, los diputados mexicanos son los que tienen los sueldos más altos con un ingreso anual de 213 mil dólares, sólo por debajo de sus homólogos chilenos.

Los representantes de la Cámara baja trabajan 700 horas en 195 días que dura su jornada anual, es decir, trabajan tres horas y media al día... cuando van.

No sorprende que en una sociedad tan desigual el acto de trabajar sea para muchos algo ridículo. “Asalariado”, “prole” —palabra usada por la hija del presidente Peña Nieto para insultar a los opositores de su padre— o incluso “godínez”, como se les conoce a los oficinistas en México, son palabras peyorativas con las que se descalifica a las personas que trabajan en un puesto de subordinación y forman parte de una sociedad tan clasista como lo es la mexicana.

Asalariado, prole o incluso godínez son palabras peyorativas con las que se descalifica a las personas que trabajan en un puesto de subordinación.

Incluso si no se quisiera ser parte de esta cultura laboral de mucho trabajo y poco sueldo, las opciones son muy limitadas. Ante la política de que todos somos reemplazables, los mexicanos con trabajos formales desisten al intentar cambiar algo de sus empleos (reducir horas, pedir un mejor salario) por miedo a sumarse a los más de dos millones desempleados del país o a los 30 millones de empleados informales, quienes no poseen ninguna garantía ni seguridad laboral formalmente.

Prestaciones de la ley, la garantía de un puñado de vacaciones al año, pero sobre todo la seguridad de un salario cada quincena son los incentivos para las largas jornadas de trabajo mexicanas, cueste lo que cueste.