¿Ser religioso practicante tiene efectos beneficiosos para la salud? La polémica ha surgido hace unas horas con la publicación de un estudio en JAMA Internal Medicine. El trabajo, recogido por medios como ABC, sugiere que ir a misa cada semana prolonga la vida. ¿Mito o realidad?

Según la nota de prensa publicada por Harvard Chan School, las mujeres que van a misa más de una vez por semana presentan un 30% menos de posibilidades de morir en un período de seguimiento de 16 años. Acudir a los actos religiosos de manera frecuente, según el equipo de Tyler VanderWeele, también podría asociarse con un menor riesgo de mortalidad por enfermedades cardiovasculares o cáncer. En opinión del epidemiólogo, "parte del beneficio de ir a misa se relacionaría con un mayor apoyo social, además de evitar que las personas religiosas fumaran, tuvieran menos posibilidades de deprimirse y les ayudara a vivir de una manera más optimista y esperanzadora".

Correlación ≠ causalidad

No es la primera vez que se difunden investigaciones que asocian una mayor religiosidad con un mejor estado de salud. ¿Pero la correlación implica causalidad? Un trabajo publicado en la revista The Lancet afirmó que "incluso en los mejores trabajos, la evidencia de una asociación entre religión, espiritualidad y salud es débil e inconsistente". Uno de los trabajos clásicos que se citan al difundir los beneficios de ir a misa para la salud fue publicado en 1972 por George W. Comstock en la revista Journal of Chronic Diseases. Sin embargo, no se cita tan frecuentemente una investigación posterior realizada por los mismos científicos, en la que se corregían sus resultados iniciales. En el segundo análisis, Comstock planteó que sus primeras conclusiones podrían haber sido erróneas al no tener en cuenta la capacidad funcional de aquellos que asistían o no a los oficios religiosos. Y es que las personas con una actividad física más reducida y, por tanto, peor salud, irían menos a misa que los individuos que se encontraran en mejores condiciones.

Diversos estudios han identificado efectos positivos y negativos relacionados con la religiosidad

La religiosidad es conocida por ser un factor arraigado en múltiples y diversas culturas. Muchos estudios defienden que puede servir como un factor promotor de la salud, aunque en trabajos como éste publicado por la Universidad Complutense de Madrid, se sostiene que existe una "relación" y no una causalidad. El matiz es importante, ya que no es lo mismo decir que "ir a misa cada semana prolonga la vida" a sostener que los individuos más religiosos tienden a cuidar más sus relaciones interpersonales y su estilo de vida. En el segundo caso, estos últimos factores serían el motivo de un mejor estado de salud. Por ello la religiosidad debería ser interpretada como un factor externo que puede derivar en un impacto negativo y positivo sobre nuestro bienestar.

En ese sentido, un trabajo publicado en Ciência & Saúde Coletiva asoció asistir a oficios religiosos con efectos perjudiciales como un mayor fanatismo, mortificación o tradicionalismo opresor. Por el contrario, también puede existir una correlación positiva: a mayor religiosidad, podrían observarse menores niveles de depresión y ansiedad, según los investigadores brasileños. Pero no es la primera vez que se interpreta de manera errónea la correlación y la causalidad. Basta citar algunos ejemplos recogidos en el libro Spurious correlations, de Tyler Vigen:

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A pesar de la correlación del 99,79%, no existe una relación de causalidad entre el presupuesto destinado a ciencia, espacio y tecnología en EEUU y los suicidios por estrangulamiento, ahogo o asfixia.

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Otro ejemplo del libro de Vigen: la relación entre el número de películas en las que aparece Nicolas Cage y la cantidad de personas que se ahogó en una piscina parece evidente. Sin embargo, un parámetro no causa el otro.

Como ya apuntaba un estudio publicado en American Journal of Public Health en 1997, podría darse una asociación entre las personas más religiosas y un mejor estilo de vida que, inevitablemente, influye en un buen estado de salud. Sin embargo, que exista esta asociación no implica que haya causalidad, como se observa en las gráficas anteriores sobre el presupuesto que EEUU destina a I+D+i o el número de películas en las que aparece Nicolas Cage.

En palabras de R.P. Sloan, de la Universidad de Columbia, "nadie puede oponerse al apoyo respetuoso para los pacientes que recurren a la fe religiosa en tiempos de enfermedad." La actividad religiosa, como ir a misa, podría tener unos efectos indirectos sobre la salud; sin embargo, no puede ni debe ser equiparada a decisiones trascendentales como dejar de fumar o seguir una dieta baja en grasas. "Sugerir que dicha actividad religiosa beneficiará a nuestra salud o que la enfermedad es el resultado de no tener suficiente fe es erróneo", sostiene Sloan.

No hay suficiente evidencia para admitir que, más allá de la correlación, existe causalidad entre ir a misa y una mejor salud

A pesar de que el trabajo realizado en la Harvard Chan School estudió a más de 74.000 mujeres, sus conclusiones siguen siendo insuficientes para establecer una relación de causalidad entre ir a misa y un efecto positivo sobre la salud, más allá de la correlación evidente. De hecho, el propio estudio VanderWeele admite que cuenta con importantes limitaciones, al haber realizado el seguimiento mayoritario de mujeres de raza blanca y religión cristiana, sin tener en cuenta otras etnias y creencias, por lo que sus conclusiones, según los científicos, no pueden ser generalizadas a toda la población.

Es necesario investigaciones que analicen con mayor detalle variables como las diferencias genéticas, la edad, el sexo, el nivel socioeconómico o el educativo. La falta de consistencia de los estudios o los problemas al definir qué se entiende exactamente por actividad religiosa o espiritual son otros de los problemas asociados a este tipo de análisis. Se necesita, en resumen, más evidencia para apoyar hipótesis como la planteada en el trabajo de VanderWeele, con el fin de demostrar que, además de correlación, existe una causalidad entre ambos factores.