Nuestro nombre es una parte importante de nuestra identidad como individuos y de la forma en que nos desenvolvemos y relacionamos con el resto del mundo. Si tienes un nombre común o tradicional, probablemente nunca te hayas detenido a pensar en las posibles connotaciones de llevar un nombre "difícil" a todos los sitios a donde vas.

En ocasiones, simplemente llevar nombres que puedan prestarse a juegos de palabras, o que signifiquen algo distinto en otra cultura o no correspondan con exactitud al género asignado puede ser la causa de que la persona lleve consigo una suerte de estigma social. Por ejemplo, el nombre "Jemima", que es usado en el Reino Unido con normalidad, en Estados Unidos tiene la connotación de esclavitud, y acompaña al estereotipo de un personaje denominado "la tía Jemima". Por otra parte, en países latinoamericanos existe el hábito de usar nombres extraños sin preocuparse demasiado por las consecuencias -si no, pregúntenselo a Vick Vapo-rub y Alka Seltzer- al punto que ha sido considerado un problema de orden público, digno de ser legislado al respecto.

El racismo y los nombres

Existen estudios que señalan que las personas afroamericanas con nombres que "suenan negros" enfrentan muchas más dificultades para encontrar empleo que aquellas que tienen un nombre "blanco": los empleadores tienden a preferir a las personas que son "racialmente adaptables", esto es, que no corresponden con los estereotipos de la minoría a la que pertenecen. Mientras más inusual sea el nombre, más susceptible es de originar este sesgo. Un estudio del año 2005 comprobó que los profesores tenían expectativas más bajas de los niños cuyos nombres se escribían con ortografía inusual (como "Da'Quan"), incluso al compararlos con sus propios hermanos que tenían nombres que "sonaban menos negros". Otro estudio encontró que los currículums publicados en línea con nombres "blancos" eran descargados con 17% más frecuencia que aquellos con nombres "negros".

El sesgo contra los nombres que "suenan negros" no es sólo racismo, sino una indicación de discriminación de clase. Los nombres con ortografía inusual son asociados con un estatus socioeconómico más bajo, lo que genera este prejuicio en empleadores, profesores y el resto de la gente. Sesgos similares pueden ser replicados en otros contextos donde no se encuentra presente (o no con la misma intensidad) el factor racial, pero aún así los nombres compuestos o escritos de manera no ortográfica se vinculan a un nivel de ingresos más bajo. Por ejemplo, volviendo al caso latinoamericano, el hábito, usual en Venezuela, de combinar varios nombres o elaborar anagramas -dando como resultado palabras que incluso son difíciles de pronunciar, como Hyanhect, Rexaimiyori, Ylallalic-, suele estar asociado a los miembros de las clases populares, mientras que las clases altas se inclinan por los nombres clásicos, que remiten con frecuencia a Europa.

En el libro "El estigma de los nombres", Dietz Bering explora la naturaleza del antisemitismo en la sociedad alemana antes del Tercer Reich, el contexto social que permitió la utilización de la figura de los judíos como enemigos de la sociedad. Su análisis demuestra, en primer lugar, que los nombres judíos con frecuencia evocaban estereotipos negativos sobre los judíos en las mentes de los alemanes. Algunos nombres judíos eran recordatorios de la larga y oscura historia del antisemitismo europeo. Algunas prácticas por parte de los judíos sugieren la búsqueda de una integración en la sociedad alemana, como la adopción del bautismo cristiano y el cambio de nombre por la vía legal. Sin embargo, esto proporcionó más material para la prensa antisemita, que explotó el tema de los judíos "invisibles" que intentaban vivir "sin ser detectados". Las políticas nazis, por tanto, usaron los nombres judíos para fortalecer estos ataques, ayudando a generar el apoyo al movimiento nazi antes de su llegada al poder.

En muchísimos países, la legislación establece ciertas prohibiciones en torno a los nombres que pueden ser usados: se prohíben los nombres "extravagantes" y que "denigren" a las personas, así como también aquellos que resulten "equívocos con respecto al sexo". La mayoría de estas legislaciones contemplan, también, la posibilidad de que las personas puedan cambiarse de nombre una vez que son adultas, con la finalidad de evitar ser denigrados.

No obstante, para muchos, los nombres inusuales son considerados símbolos de resistencia, mecanismos que se oponen al marco cultural que delimita cómo una persona debería presentarse a sí misma. Un nombre inusual puede convertirse en un estandarte de la individualidad y de la diversidad, mientras que elegir un nombre que no destaque es, en sí mismo, elegir la uniformidad, la conformidad. Sin embargo, ésta debería ser una decisión que se tome individualmente; nadie debería ser forzado a vivir bajo un reflector causado por un nombre que no eligió.