Alberto Schommer nos dejó hace un mes marcando una huella imborrable en el imaginario fotográfico español. Un artista calificado oficialmente como retratista a pesar de las variados campos experimentales que tocó y el desarrollo de una carrera ligada a la evolución social en España. Este mismo año recibió el Premio Nacional de Cultura de manos del Rey Felipe VI, en una ceremonia que en cierta manera se percibió como una despedida, al menos de su querida cámara. Pero el destino quiso que Schommer abandonara casi al mismo tiempo este mundo, porque la fotografía era sin duda el motivo en torno al que giraba su existencia.

Hijo de un fotógrafo alemán que emigró a España y se asentó en Vitoria en los años 40, Schommer fue un talento precoz. Con apenas 22 años, en la década de 1950 comenzó a desarrollar técnicas innovadoras en el campo de la fotografía de estudio y su trabajo comenzó a ser reconocido a nivel nacional. Eran tiempos convulsos, había transcurrido apenas una década del final de la Guerra Civil y todavía perduraban los últimos coletazos de la posguerra, pero Schommer ya comenzó a guiar su carrera bajo la influencia de artistas extranjeros como Irving Penn y William Klein. Fue un explorador metódico, un psicólogo del alma a través de la cámara Pero en 1966 tomó el rumbo definitivo. Se trasladó a Madrid, donde abrió un estudio dedicado a la moda y la publicidad. Un paso que sirvió para abrirle para siempre las puertas del mercado fotográfico a nivel nacional y que le condujo a representar a España en la Expo Internacional de Montreal en 1967. Porque uno de mis puntos predilectos en este genial artista fue su continuo y fuerte vínculo con España. Por encima de todo, siempre priorizó el desarrollo de una fotografía dedicada a la cultura patria, a través tanto de portadas para grupos musicales, como de colecciones de retratos. Inmortalizó a grandes personalidades de la política y sociedad española en formas nunca vistas y que han permanecido en la memoria cultural española.

No obstante, Schommer fue también un profesional internacional, un explorador metódico de cuantas formas y estilos su técnica le permitiese abarcar. Para algunos, un psicólogo del alma a través del retrato en primer plano, una obra que publicó en el diario ABC a partir de 1973 y que reunió dos años más tarde en un libro con las 97 imágenes de la colección. Se trata de una obra maestra, quizás el culmen de su carrera, que incluye a personajes internacionales como el polifacético Andy Warhol, la escritora Susan Sontag o el artista pop Roy Lichtenstein, entre otros. Además, su particular estilo retratista provocó un gran impacto en Estados Unidos durante las décadas de 1970 y 1980. Conocidas son sus fotografías con la bandera norteamericana, expuestas en todo el mundo, desde Japón hasta EE.UU:

No es en absoluto sencillo lograr el reconocimiento en una disciplina tan ejercida y explotada como la fotografía. Es posible que el artista vitoriano lo consiguiese gracias a su trabajo documental de la historia reciente española, con imágenes que fueron evolucionando no tanto en estilo sino en temática: Sufrió la tardía condecoración de una obra para el recuerdo de inicio con la crítica social de la dictadura de Franco, mas tarde con una serie dedicada a sujetos anónimos y por último la colección Máscaras de 1985, que recoge algunos de los retratos más especiales de los últimos 30 años. Personajes que marcaron el desarrollo de España como estado moderno y democrático, aunque a niveles tan dispares como la política, la economía, la cultura e incluso la religión con la fotografía del Cardenal Tarancón, figura ilustre de la Transición. Rafael Alberti y Adolfo Suárez conforman, por ejemplo, un paradigma curioso, con ideologías tan opuestas pero compartiendo el gran objetivo de la democratización del país. Los dos retratados por Schommer en blanco y negro, tan dispares y a la vez semejantes.

La única pena ha sido la quizás tardía condecoración de esta auténtica figura de la fotografía. Lo cierto es que no fue hasta el siglo XXI cuando su obra llegó a los grandes museos en forma de recopilaciones y amplias colecciones. En su tierra, Schommer expuso ya en 2010 una muestra retrospectiva de sus imágenes dedicadas al desarrollo del arte vasco en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Y hace tan sólo un año expuso la mencionada colección Máscaras en el prestigioso Museo del Prado de Madrid. Galardonado con el Premio Nacional de Fotografía a sus 85 años en 2013, Alberto Schommer queda ya en la retina de todos los románticos de la fotografía experimental. Parece que la vejez es, por desgracia, condición necesaria para el reconocimiento.