La tendencia de los últimos años de convertir todo producto en inteligente está generando unas discrepancias en el mercado que hasta ahora no se daban. Neveras con conexión a internet y sistemas de aplicaciones propietarios, lavadoras con especificaciones Wi-Fi y apps compatibles solo un sistema operativos móvil, y mis favoritas, TVs con sistemas operativos propios en que en la mayoría de ocasiones son un despropósito tan grande como su diagonal de pantalla.

Ahora mismo, la lucha de las TVs, que antes se centraba en ver qué marca la tenía más grande (la diagonal de pantalla) ha pasado a situarse en la lucha por el sistema operativo, las aplicaciones integradas y la funcionalidad propiamente dicha más allá de utilizar la TV para ver, precisamente, la TV. La carrera entre los fabricantes de convertir en inteligente la caja tonta está dando lugar a situaciones que, en vez de perjudicar al consumir, lo que hacen es frustrar su experiencia de uso.

Seamos realistas, los sistemas operativos de las Smart TV suelen ser feos, toscos, lentos y, en su mayoría, e incluyendo a los fabricantes más grandes del mercado, complicados para el consumidor medio; llenos de funcionalidades innecesarias para un TV que, al final, acaban por engordar el funcionamiento de un dispositivo que debería ser lo más sencillo posible.

Aparte, claro está, de incluir funciones de renderizado, contraste o enfoque en la imagen que por defecto te estropean un buen blu-ray. Mi compañero Felix ya lo puso de relieve en el caso de las personalizaciones para videojuegos de los fabricantes de TVs, pero es mucho más grave que eso.

Llegado a este punto, y viendo la tendencia del mercado, operadoras y fabricantes de posicionar sus set-top-box con más fuerza que nunca, puede que sea el momento de volver a la TV tonta como ha sido siempre, centrarse en la tecnología de visionado y dejar las aplicaciones y sistemas operativos a la gente que se dedica a hacer aplicaciones y sistemas operativos.

Y no será por alternativas. Apple, Google, Microsoft, Sony, Roku, Amazon, Movistar, Vodafone... todos tienen sus set-top-box que, con menor o mayor acierto, están haciendo un trabajo formidable. Obviando a los fabricantes de TVs y dejando la inteligencia a terceros conseguimos, además, un factor que hasta hace poco no habíamos considerado porque no se había dado.

El problema de las Smart TV es la dependencia del fabricante para actualizar las apps de terceros Resulta que la experiencia demuestra que confiar en el fabricante de TVs no es una buena idea. Por poner un ejemplo, hace poco YouTube actualizaba sus políticas y aplicaciones para TVs con el fin de empezar a mostrar anuncios y, la mayoría de las apps de YouTube de las TVs resulta que dependen directamente del fabricante, por lo que si este último no actualiza la aplicación, esta deja de funcionar. Esto no debería ser un problema si los fabricantes mantuvieran actualizadas sus aplicaciones y sistemas, pero resulta que en este caso, muchos fabricantes (de las marcas más importantes) decidieron que no merecía la pena que muchos de los primeros modelos de sus Smart TV con apenas 2-3 años se actualizasen, por lo que dejó en la estocada a miles de consumidores con televisiones inteligentes convertidas en tontas de la noche a la mañana... por un problema de software fácilmente solucionable.

El problema que están poniendo de relieve las TVs inteligentes es su dependencia del fabricante y no del desarrollador del servicio, como pasa en algunos casos de smartphones Android, que se quedan sin actualización por el desinterés comercial del fabricante. Por ello, llegados a este punto, quizás sea más interesante dotar de inteligencia a un TV a través de una aparato de terceros (o del propio fabricante) más barato que una TV y fácilmente reemplazable en el tiempo y a un coste, tanto económico como logístico, más bajo.

Dicho de otra forma, si mañana el fabricante dice que ya no es interesante actualizar una Smart TV, nos quedamos con un bonito producto que ya no puede realizar muchas de sus funciones, anclado a la pared, que pesa 30Kg y que cuesta más de 500 dólares de media. En cambio, si es el fabricante del set-top-box el que se empeña en no actualizar, podemos reemplazarlo por apenas 60 dólares de media.

¿Alternativas? Muchísimas, y muchas más que sistemas operativos de fabricantes. Sony y Microsoft tienen sus consolas que además incluyen servicio de vídeo bajo demanda, aplicaciones y servicio como YouTube, Netflix, Hulu o Spotify, además de ser reproductor de Blu-ray. Amazon y Apple tienen sus set-top-box propios con servicios de la casa y de terceros, una amplia colección de aplicaciones y funcionalidades muy interesantes por apenas 90 dólares. Y si todavía queremos ir más allá, por 35 dólares tenemos el Chromecast que llevará la inteligencia de tu smartphone/pc a la TV de forma inalámbrica. Y ya no hablemos de los propios set-top-box de los operadores ahora que la TV de pago está más de moda que nunca gracias a los paquetes convergentes con un contenido de gran calidad.

Todos, dispositivos independientes fácilmente reemplazables y en constante actualización, tanto por los desarrolladores como por sus propios fabricantes. Quizás es hora de volver a hacer la TVs tontas y dejar que sea el consumidor el que elija si hacerla o no inteligente.

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