vacunación

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Ha ocurrido lo peor. Sentimos tremendamente tener que decirlo, pero las consecuencias han sido dramáticas dentro del triste caso del niño afectado de difteria. La opinión pública está teñida de una fuerte indignación. La posición oficial se refuerza mientras el colectivo antivacunas queda eclipsado por la gravedad de la noticia. Así que nos toca preguntarnos ¿ahora qué? ¿Cual es el siguiente paso? ¿Qué consecuencias tendrá? ¿Qué deberíamos hacer? Se ha abierto la caja de Pandora y ya toca tomar las medidas necesarias. La cuestión es ¿cuáles?

Vacuna o no vacuna, ¿esa es la cuestión?

Hace unas semanas surgía un elocuente artículo en "El País" que, a raíz de la violenta cobertura mediática, explicaba por qué los expertos no recomiendan la obligatoriedad de vacunarse en España por medios legales. Recordemos que en este país la vacunación es una decisión puramente personal y tomada por los padres. Según nuestra constitución, solo es legal forzar a la vacunación cuando supone un peligro inminente para la salud de la población. Es decir, en caso de epidemia y descontrol, cosa que ocurrió en 2010, en Granada. Por su parte, el ministerio presiona enormemente a la población con campañas de información y consejo. Pero no somos el país con más presión gubernamental. Por un lado, la propia libre elección es una muestra de ello. Por otro, existen ejemplos de países que se radicalizan cada vez más, sin meterse en lo legal, a la hora de presionar a la población a que se vacune. Para ello usan otras herramientas sociales como son las políticas de admisión educativa, los beneficios sociales o incluso la subvención.

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Y todo esto, ¿por qué? Porque hasta la fecha, y a pesar de los incesantes esfuerzos de los colectivos antivacunas, la vacunación en España y en el resto del mundo es efectiva, segura y un beneficio general que incrementa el nivel de salud de la población. Decidir si vacunar o no vacunar no tiene sentido. Por supuesto, todas las vacunas no son necesarias y existen casos excepcionales y muy raros en los cuales la vacuna debe ser considerada dos veces. Pero en general, seguir las pautas recomendadas por médicos y pediatras, así como las entidades más importantes relativas a nuestra salud y calidad de vida, no tiene discusión alguna. Por tanto, cuando te plantees si tu hijo debería vacunarse en el calendario previsto y de la manera aconsejada, no lo dudes. Vacúnalo. Porque la razón para no obligarte legalmente a hacerlo es, precisamente, la confianza que el sistema sanitario tiene en ti y en todos nosotros. Una confianza entre paciente y médico que no ha de romperse. Precisamente, si tienes dudas, puedes preguntarle a él sobre lo que debes hacer.

¿Qué lleva esa vacuna?

La única razón por la cual una persona podría plantearse si la vacunación es opcional es la duda de lo que se está inyectando. Seamos coherentes, una vacuna es un producto médico y como tal, no es inocuo (cosa que no tendría sentido). Efectivamente, se inyecta algo malo con la única intención de hacerlo de manera controlada para enseñar a nuestro cuerpo a combatir una infección peor. Los productos que llevan para el diseño de la vacuna son seguros y están comprobados. No obstante, el cuerpo es muy complejo. A veces, en casos rarísimos, la vacuna produce una reacción adversa. Otras, sencillamente, coincide su aplicación con un suceso raro, pero lo asociamos sin querer. En cualquier caso, la probabilidad de que ocurra es prácticamente despreciable. El hecho de que llegue hasta la sociedad el rumor de reacciones adversas se debe, principalmente, a la información médica distribuida por la propia comunidad científica. No hay oscurantismo al Es normal que no todo el mundo entienda los detalles de una vacuna, su diseño y sus consecuencias fisiológicasrespecto. Porque, y aunque, existen las reacciones adversas, se trabaja muchísimo en la seguridad de estos productos.

La población no formada se deja llevar por términos extraños y nombres que les infunden miedo y desconfianza. Luego, se desinforman al leer medios que prometen tener datos verídicos pero no presentan pruebas de lo que dicen. Los responsables de estos medios, a su vez, son gente aún más desinformada o con intereses que no desea aceptar ningún tipo de evidencia por parte de una opinión que no sea la suya. Dentro de estas redes caen personas que, creyéndose informadas, piensan que la posición más sana es la de evaluar la situación a partir de las dos posiciones encontradas. Lo que no saben, normalmente por falta de formación, es diferenciar entre hechos y opiniones. El problema es que las opiniones, en este caso, le abren la puerta al peligro de la epidemia.

Es imposible contar de que todo el mundo tenga la formación suficiente. También es normal que no todo el mundo sea capaz de entender todos los detalles de una vacuna, su diseño, su administración y sus consecuencias fisiológicas. Pero esto pasa con casi cualquier aspecto en nuestra vida: móviles, comida, la tablet con la que lees los artículos, el coche que conduces, la energía que utilizas, la crema solar que te pones sobre la piel... En un mundo democrático en el que eliges quién te representa, no solo tienes el derecho de elegir, sino también la responsabilidad de aceptar el consenso del organismo que tú mismo has elegido.

El siguiente paso

En mi opinión, efectivamente, legislar por la obligatoriedad de la vacunación, no es necesario. Por otro lado, tampoco creo que tuviera consecuencias tan adversas. Obligar a la población a cumplir con el calendario básico de vacunas tendría alguna queja por parte de colectivos despreciables (estadísticamente hablando) y algún revuelo. Pero finalmente, las consecuencias serían positivas. En los casos adversos, si los hubiera, España hasta el momento ha respondido con una indemnización económica adecuada según se mire. Además, hay quién pide una legislación exclusivamente dedicada a la indemnización en estos casos, como existe en otros países de la Comunidad Europea. Cosa que me parece adecuada e incluso imprescindible. La única razón, por ahora insalvable, de legislar en favor de la vacunación obligatoria es Solo existen dos posiciones en este tema: la que vela por nuestra salud y la equivocadaque resulta inviable obligar a nadie a inocular una sustancia médica puramente preventiva. Es anti constitucional, como decíamos.

Entonces, ¿qué hacemos? El siguiente paso obvio es concentrar las voces y esfuerzos entre los servicios de sociedad. Los colegios pueden regular el baremo de admisión colocando la vacunación como una condición positiva. Ofrecer beneficios a los vacunados en otros ámbitos como en los servicios sanitarios y de subvenciones puede ser una opción muy efectiva. Por otro lado, aunque la ley no deba ir en contra de la libre decisión, sí puede argumentar que una decisión personal no es adecuada dentro de una cuestión médica, de manera que solo cuestiones médicas avalen la opción.

Actuar forzando la vacunación, por ley, tal vez no sea la opción más propia ya que la reacción podría ser adversa. Recordemos que la población ya está muy concienciada: entre el 90 y el 95% de los españoles están adecuadamente vacunados. Tomar medidas "disciplinarias" para forzar la vacunación podría suponer un sinsentido contraproducente. Por todo ello, en mi humilde opinión, las medidas asertivas y positivas son las más adecuadas para convencer a la población de la necesidad de vacunar. Creo que esta es la mejor manera (y tal vez la única) de reducir aún más el número de personas desinformadas que toman una mala decisión con sus hijos y ellos mismos. Porque no hay guerra alguna en este debate; aunque sí existen dos posiciones: una que mejora nuestra calidad de vida y vela por la salud de todos. Y la equivocada.

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