inversión cultural

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Solemos aceptar la idea de que fomentar la cultura es influir de forma positiva en el desarrollo de la sociedad. Sin embargo, muchas personas, y entre ellas, políticos y empresarios de todo pelaje que tienen capacidad para influir en la marcha de los países, les da por pensar que invertir en cultura no es económicamente rentable y que, por si esto fuera poco, no es posible saber cuáles son sus beneficios sociales de una manera exacta. Por supuesto, están equivocados.

Las cifras económicas de la cultura

En un país como España, el sector cultural contribuye con el 3,4% del producto interior bruto y es responsable del 2,8% del empleo total; más de 485.000 personas tienen trabajo en este ámbito, y eso hablando sólo del empleo directo. Además, las exportaciones de los productos culturales españoles rebasaron los 522 millones de euros en 2013 y obtuvieron un saldo comercial positivo de más de 230 millones. Por hacer una sencilla comparación,En España, el sector cultural da trabajo a 485.000 personas la aportación económica de la cultura es superior a la de sectores como el de agricultura, ganadería y pesca, que generan el 2,5% del PIB, las telecomunicaciones, con un 1,7%, y el amado fútbol, con otro 1,7% y 85.000 empleos directos e indirectos, es decir, 400.000 menos que la cultura sin tener en cuenta los indirectos de la misma.

Y por poner otros ejemplos, estos son los datos de algunos de los países latinoamericanos con mayor PIB: en México, la cultura aporta el 2,7%; en Argentina y Colombia, el 3,3%; y en Chile, el 1,6%. No obstante, la media latinoamericana está por debajo del 0,5%. En Estados Unidos, luz que guía a muchos de los países desarrollados del mundo, el PIB cultural asciende al 4,32%, y viendo el ejemplo económico español e intuyéndolo por la idea que albergamos sobre los beneficios sociales de la cultura, podemos suponer que una mayor inversión pública y privada en este sector nos favorecería socialmente. Pero ¿podemos estar seguros?

El retorno social de la cultura

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Además de las propias cifras del movimiento económico directo que genera el sector cultural, hay otros terrenos que pueden beneficiarse: la cultumetría busca medir el impacto social de la cultura más allá de las razones económicas que puedan justificar cualquier clase de actuación. Según Álvaro Fierro, investigador del Grupo Urbegui que colabora con Kultiba, “la idea es, en base a la analítica de datos, estandarizar unos indicadores que cruzamos con el presupuesto que tiene la cultura en la economía territorial, para ver si hay correlaciones positivas con variables sociales”. Por ejemplo, si un mayor presupuesto en la cultura conforme avanzan los años repercute en una mejora en la educación, pero también en el número de parados de larga duración o los índices de delincuencia, entre otras muchas posibilidades.

Es muy complicado evaluar los efectos sociales de la inversión en cultura a corto plazo pero, con un histórico de datos (o conjunto de control) sobradamente grande para cruzarlo con otras variables, podemos inferir que, con tal La inversión en cultura crea empleo indirecto e inducido muy útil para que las empresas continúen con su actividadinversión, se han elevado los niveles educativos o ha rebajado la tasa de delincuencia, teniendo en cuenta de igual forma “el coste de oportunidad” de no haber invertido. Fierro cuenta que han comprobado que un incremento de la inversión en cultura reduce la deuda viva de los municipios, porque se crea empleo indirecto e inducido muy útil para que las empresas continúen con su actividad.

Han analizado el impacto de la cultura con la transformación de Barakaldo (País Vasco), ciudad cuya economía ha virado de la industria pesada a la cultura y los servicios, y según dice Fierro, “por cada puesto de trabajo [cultural] directo que creó el ayuntamiento, se generaron nueve inducidos”. Y en un estudio sobre la repercusión de las actividades culturales de magnitud media que se realizaban durante todo el año en Getxo (País Vasco), han llegado a la conclusión de que allí “existe una correlación entre variables indicativas de desarrollo cultural y social, como el asociacionismo, la paridad laboral entre hombres y mujeres, la inmigración y la calidad de vida”.

Leyendo sobre este asunto, uno se pregunta qué ocurriría si estos estudios de cultumetría se generalizaran y aplicásemos sus lecciones en cada ciudad, grande o pequeña, de nuestros países. Quizá así seríamos verdaderamente conscientes del bien que nos hace a todos el fomento de la cultura.

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