Una de las cosas que más disfruto de Internet es la conversación. Desde que escribiese mi primera URL en un navegador me embriagó la fascinante idea de que podría tal vez llegar a conocer a otra persona con los mismos intereses que tenía en aquel momento y que parecían ser alienígenas para la inmensa mayoría de la gente que me rodeaba en la vida real.

Ese día llegó rápidamente cuando empecé a visitar foros especializados, porque sabemos que en los chats solo había gente cachonda. Luego conocí los blogs, y empecé a leer mucho contenido interesante, generado por gente interesante, y justo ahí debajo, al final de lo que escribieron, estaba la opción para dejar un comentario. ¡Qué cosa tan genial! Antes de Internet, si leíamos algo era en un diario o en una revista, ¿qué tan fácil era comunicarse directamente con el autor? Esto era inmediato, instantáneo, y con posibilidades de respuesta. Simplemente fascinante.

Un arma de doble filo

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Por supuesto, cuando escribes algo, sin importar que esté respaldado por hechos, no puedes esperar que todo el mundo esté de acuerdo contigo. A final de cuentas nada está escrito en piedra, y justamente de discutir entre varias cabezas un mismo tema, y seguir buscando respuestas, es que nacen los mejores descubrimientos. Pero, nos nos engañemos, de la mayoría de los comentarios en Internet el principal descubrimiento que sale es que la gente es horrible siempre que puede.
Es absurdo esperar que todo el mundo esté de acuerdo contigo, pero en Internet a veces no puedes siquiera esperar respeto.

Si tu comunidad es pequeña, es posible que la conversación en los comentarios vaya casi siempre por un mismo camino, y sean pocos los que tienen posiciones opuestas, y cuando se tienen se discuten usualmente de la forma más civilizada posible gracias a la "intimidad" del grupo, a que se conocen y se respetan. Pasa en muchos blogs pequeños, o en los foros que quedan por ahí, donde los usuarios activos no pasan de tres cifras, y casi siempre comentan los mismos.

Es lo que he podido observar en unos cuantos años, y he disfrutado de muchas comunidades de ese tipo, donde he hecho amigos, y tenido discusiones interesantes. El problema aparece cuando la comunidad crece, es estadística básica: más gente, más idiotas. Cuando aparece un troll, sin ningún interés real en la conversación, pero si con una necesidad de alimentarse del daño que hace o del odio que pueda generar en otros, es cuando todo se va al demonio. Los trolls no paran de multiplicarse luego.

"Tienes derecho a tu opinión"

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Si con un derecho divino y supremo todos creemos nacer, es con el derecho a expresar nuestras opiniones, al menos en partes del mundo donde existe libertad de expresión y otras drogas. Pero, una cosa es tener derecho a opinar, y otra cosa es que todas las opiniones valgan lo mismo. Lo siento, pero creo que la opinión del panadero sobre el tratamiento del Linfoma no Hodking vale nada en comparación con la de mi oncólogo.

El autor debe documentarse extensivamente, pero en los comentarios todos son expertos instantáneos.

En Internet a nadie le piden una credencial sobre su experiencia o conocimiento sobre un tema para permitirle generar un comentario. Tampoco se les pide una carta de buena conducta, y en la mayoría de los casos ni siquiera se les impide escribir todas las palabrotas que se les ocurran. A nadie se le impide convertir la sección de comentarios en la sección de ataques.

Los comentarios al final de un artículo en Internet se han viciado tanto, que al menos para mi ya han perdido demasiado valor como para seguir leyéndolos. Cuando los comentarios son demasiado negativos pueden terminar incluso por arruinar la experiencia a los demás lectores. Es algo triste, porque muchas veces hay buenos comentarios, que aportan a la discusión de un tema, que pueden ser un complemento magnifico para lo que el autor escribió, o que pueden mostrar diferentes posiciones y enriquecer la conversación. Pero, lamentablemente se pierden entre todo el ruido.

No importa si no alimentas al troll

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The Oatmeal lo explica de forma perfecta en este cómic

Entre las personas más despreciables que puedes conocer en Internet, están los trolls maliciosos que se alimentan de hacer daño a otros. Muchas veces ni siquiera vienen a insultar lo que escribes sino a ti directamente, como si te conocieran, como si tuviesen razones legitimas para odiarte que no tengan que ver con algún trastorno emocional que sufren.

A veces no importa que recibas cincuenta comentarios positivos y solo uno malo, lo negativo es lo que se queda grabado en nuestra cabeza, y sin importar que no respondamos, que no caigamos en la trampa, que intentemos ignorarlo, el daño está hecho. A mucha gente se le olvida que cuando escribe algo frente a una pantalla, del otro lado hay seres humanos con sentimientos, no solo objetos, imágenes, o el vacío y la oscuridad de los cables de red.

Por eso ya casi no leo los comentarios, porque me causan un malestar que cada vez tolero menos. Para la conversación suelo optar por las redes sociales o el correo electrónico, simplemente porque se puede tener más control sobre a quien escuchas y a quien no, y, porque es una interacción más directa y menos anónima. El anonimato le permite a muchos cobardes decir cosas despreciables que nunca dirían a alguien en la calle, y no es justo que mientras alguien da la cara y su nombre en una conversación, otro pueda insultar detrás de una pantalla sin ver jamás su propia identidad afectada.

Tampoco digo que esté libre de pecado, ni que nunca haya dicho nada en linea de lo que me arrepintiese después. Pero, es importante sentarse un minuto a pensar en como nuestras palabras hacen sentir a los demás, e intentar ser un humano más decente.