Hay algo en la relación entre la medicina y la estética que siempre me fascinó. Existe la idea de un “yo mejor” a la que el paciente siempre apunta y generalmente está signada por la sustracción: menos granos en la cara, menos arrugas, menos grasa en la cintura o menos nariz. Pero hay ocasiones en las que la “medicina estética” no quita sino que agrega. Los rostros de hojalata que utilizaban los soldados desfigurados hace más de un siglo son un buen ejemplo de esto.

hojalata

El responsable de estos “rostros de hojalata” es Francis Derwent Wood, un escultor británico que después de la Primera Guerra Mundial ayudó a decenas de soldados desfigurados a recuperar su confianza. Lo interesante del procedimiento de Wood es que no utilizaba goma, sino cobre galvanizado de 0,08 cm. de espesor.

Junto a Wood trabajaba Anna Coleman Ladd, una escultora estadounidense que se interesó por su trabajo y produjo algunas de las máscaras más perfectas de la época. Estos “rostros de hojalata”, como los llamaban los soldados, podían tener resultados tan definitivos que los mismos pacientes se asustaban al ver su imagen restituida (por esta misma razón, Wood decidió prohibir los espejos en su estudio).

Una de las historias que más me llamó la atención sobre el tema es que muchos de los soldados desfigurados en la Primera Guerra Mundial decidieron trabajar como proyeccionistas, amparados por la oscuridad de la sala de cine. (Hay algo análogo a la máscara ahí: ocultarse de los ojos del resto mostrando otra cosa).

En el siguiente video (circa 1918) se puede ver tanto a Anna Colemann Ladd como a Wood trabajando con distintos pacientes y esculpiendo estas máscaras de cobre galvanizado que les permitirían recuperar su imagen, un “yo mejor” no ideal sino anterior a los horrores de la guerra.