La comida del futuro es uno de los mayores quebraderos de cabeza que tiene el hombre en la actualidad. Si en el año 2015 somos más de siete mil millones de habitantes en el mundo y ya es difícil producir alimento para todos, imaginemos en 2050, año en el que está previsto que superemos la cifra de nueve mil millones de personas. Hace falta desarrollar una industria y una cadena de producción mucho más eficaz, con menos recursos y que alimente a casi un 30% de población más.

La soluciones que ya se han planteado pasan por la fabricación de comida en laboratorios, impresoras de alimentos 3D, incluso por incluir en nuestro menú a los insectos, ricos en proteínas y fáciles de criar, o el almidón que se puede obtener de la madera de los árboles. Este no es un artículo en contra de Joylent.

Tras el experimento Joylent que mi compañero Javier Lacort llevó a cabo durante un mes, inmediatamente pensé que, de hecho, ese preparado con todos los nutrientes que necesita el cuerpo humano y que se bebe en forma de batido, podría ser nuestra salvación alimenticia del futuro. Por poco más de 165 euros mensuales (unos 190 dólares), sólo necesitamos calcular la dosis de cada comida, mezclar con agua, agitar y beber. Aparte de cómodo y rápido, hasta podría ser una manera de acabar con el hambre en el mundo.

Sin entrar en los detalles de si sería viable o no tener a más de nueve mil millones de personas viviendo a base de Joylent (quizá los gastos de fabricación y los recursos necesarios fueran poco sostenibles), todo parecía demasiado bonito y fácil. ¿Por qué no empezamos ya la revolución del batido en polvo? Porque siempre hay un 'pero'. En este caso, además, pueden argumentarse varios, como lo que supondría a nivel fisiológico olvidarnos de masticar y alimentarnos sólo a base de líquidos. Dudo que nuestro organismo esté preparado para ello sin consecuencias preocupantes. No obstante, me centraré en el que, para mí, es el mayor inconveniente: la desaparición de la comida como acto social.

Una cuestión de tiempo

Con Joylent no hacen falta más que unos 10 o 15 minutos diarios para alimentarse, y aquí incluimos el tiempo en el que mezclas el batido y limpias el recipiente. ¡Perfecto! Nos 'libramos' de las horas de cocina, de limpiar los platos, de ir a la compra, de si estamos comiendo demasiada grasa... De repente, tienes una suma de tiempo disponible y que puedes invertir en hacer lo que quieras. Pensemos a nivel empresarial y laboral lo bien que puede venir esto para la productividad. 'No tengo que hacer pausa para comer, me bebo el Joylent mientras sigo trabajando'. El hombre alienado de Marx estaría bien orgulloso.

Lógicamente, lo anterior es un extremo, una exageración, está claro que, aunque no tuviéramos que parar para comer, necesitaríamos descansar en algún momento, con o sin alimentos sólidos de por medio. Lo preocupante de un mundo Joylent es que se reducirían bastante las opciones para socializar y, por tanto, ese tiempo de más que tenemos lo invertiríamos en... ¿nosotros mismos? Supongo. Porque, por ejemplo, creo que estaremos de acuerdo en que un banquete de una BBC (boda/bautizo/comunión), salir a tomar algo o ir de cena, serían actos bastante absurdos sin nada que comer. Y me cuesta imaginar que nos reuniéramos en algún sitio a beber nuestro batido, ése que ya tomamos todos los días. Lo que nos lleva al siguiente punto.

Adiós a la gastronomía y a la restauración

Krzysztof Slusarczyk | Shutterstock
Krzysztof Slusarczyk | Shutterstock

Comer no es solo un acto de supervivencia. En los países desarrollados, la buena comida es símbolo de placer, cultura y lujo. Joylent (y digo Joylent para asociar con un nombre ese futuro con raciones de nutrientes preparados, porque la propia empresa aclara que no es su intención ser un sustitutivo total de todo lo que comemos, sino que está ahí para cuando lo necesitemos) acabaría con siglos de tradición gastronómica y riqueza cultural de un plumazo. No hay que olvidar que estamos hablando de un supuesto futuro en el que no podríamos generar alimentos para todos y, por tanto, hay que buscar alternativas.

A priori, se me ocurre que todos los restaurantes del mundo tendrían que cerrar (salvo los que sirvan Joylent, claro), empresas tecnológicas tendrían que fabricar otro tipo de productos (los electrodomésticos se venderían menos, quién va a querer una cocina teniendo nuestro amado batido) y que el turismo sería un poco menos atractivo, pero lo que más miedo me da es que nos convirtamos en unos seres menos humanos, menos sociales. No puedo evitar la comparación entre el batido de nutrientes y la soma de Un mundo feliz de Aldous Huxley. Seríamos dependientes de esos polvos alimenticios, como los alfas, betas, gammas, deltas y epsilones con la droga de Huxley.

Al contrario de lo que se dice sobre el impacto de las nuevas tecnologías en la manera en que nos comunicamos y relacionamos, Internet ha facilitado como nunca el proceso de socialización. Caso aparte es que haya situaciones de pantalla absorbente, aquellas en las que el individuo no puede despegar los ojos de su smartphone. Pero, en realidad, estamos más conectados que nunca. Necesitamos razones para vivir más allá de trabajar y solucionar nuestros problemas y, sí, un 'Mundo Joylent' nos solucionaría muchos, pero, probablemente, a cambio de hacernos más fríos, más esquivos y más tristes.

Amago de disertación utópica patrocinado por Javier Lacort.