6 de enero. Michael Bay se derrite en el escenario ante una audiencia perpleja. ¿Un millonario curtido en cientos de eventos sociales sale corriendo de un auditorio? Hace unos días hemos sido conocido un suceso similar que afectó a Joaquín Sabina y son muchos los famosos que han demostrado su condición de humanos donde muchos veían dioses. En el caso de Bay fueron muchos los comentarios de gente que hacía bromas al respecto. Yo no. Y no por una cuestión de condescendencia, sino por empatía: sabía perfectamente lo que estaba viviendo en esos aterradores instantes Michael Bay porque yo mismo lo he vivido.

Lo que vas a leer a partir de ahora no es una colección de consejos que combinan psicología, ansiolíticos o trucos en el escenario, sino mi propia experiencia, y cómo logré salir al escenario sin tener que mirar atrás. No pienses en auditorios atestados ni un numeroso público: en mi caso y por cuestiones laborales, me tenía que enfrentar a audiencias de entre 20 y 30 personas, y créeme, no necesitas mucho más para que tu cerebro active el bloqueo. Por otro lado, en mi caso tuve la suerte de encontrar recursos o la fuerza suficiente para poder superar el bloqueo en pleno escenario y continuar con la presentación, pero date por seguro que sentí a la perfección el pánico que han vivido estas figuras públicas.

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Los métodos tradicionales fallaron

No sabría decir cuál es el desencadenante en concreto que activa el bloqueo, pero comencé a adivinar cuándo comenzaba en mi cabeza. Y me costó bastante tiempo. Lo puedo resumir todo en una sola palabra: expectativas, y no, no necesariamente las del público, sino principalmente las que uno se marca cuando sube al estrado. El miedo al fracaso es algo inherente en el ser humano, lo que sucede es que en algunas personas es más evidente y puede generar el bloqueo. Lo cierto es que por fortuna nunca llegué a "autosabotearme" ninguna exposición como consecuencia del miedo, pero cada una de ellas las vivía como una auténtica agonía. Pastillas, libros e incluso meditación... lo probé absolutamente todo, y sin embargo, ese duendecillo aparecía siempre minutos antes de la presentación. Un vistazo rápido a la sala atestada, un cruce de miradas con alguno de los asistentes, y ya. Se desencadenaba la pesadilla.

Pero un día logré vencer. ¿Cómo? admitiendo mi derrota. Un buen día decidí terminar con la agonía previa a la presentación viviendo intensamente en casa el miedo al fracaso en el peor de los escenarios. Superada esta angustia descubrí que todo seguía en su sitio y me presenté en la charla con la firme determinación de aceptar que algo podía ir mal. Me entregué al destino con todas sus consecuencias ¿y adivinas qué sucedió? No sólo no sentí el latigazo del pánico ni el bloqueo, sino que comencé a disfrutar de las presentaciones. Si llegado a este punto has entendido que llegué a superar el miedo estás en un error: acepté el miedo como una parte muy importante de mí. Un buen amigo y mentor, curtido en presentaciones, me explicó en una ocasión que él seguía pasando una mala noche la víspera de una exposición en público, y eso le servía para precisamente no perder la tensión. Y estamos hablando de un profesional que impartía hasta cuatro seminarios a la semana...

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Mis técnicas home-made

Pero en realidad, el objetivo detrás de este artículo es conseguir ayudar a la gente que se encuentre en la misma situación, y sí, uno también cuenta con sus truquillos que despliega en la medida que sean necesarios. Vamos con ellos:

  • La confesión pública: Sí, hay días malos en esto también. O tal vez auditorios atestados que impresionan demasiado. En ambos casos, pretender pasar por un curtido orador que domina al público cuando en realidad te tiemblan las piernas, es carne de fracaso seguro. ¿Qué hacer en este caso? Admitir abiertamente el miedo. El ser humano no perdona la soberbia, pero sí la humildad y honestidad: si uno tiene miedo escénico y lo confiesa abiertamente ante el público, éste se relajará y es fácil que se divisen sonrisas entre los asistentes que sin duda romperán el hielo.

  • El primer minuto: Lo tengo comprobado. Esto de las presentaciones en público es como subir un puerto de montaña en bici, pero uno muy cortito. En concreto de poco más o menos un minuto de subida. En mi caso, superar ese primer minuto hablando con nervios es como llegar a la cima y a partir de ese punto comienza un cómodo descenso. En ese primer minuto habrás podido observar varias caras y tu voz se habrá afianzado. Paciencia y constancia.

  • Sentirse cómodo: Dirás que se trata de una clase de brindis al sol... Todo el mundo quisiera sentirse cómodo en el escenario, pero ¿cómo conseguirlo? Uno se siente seguro cuando no tiene miedo a las consecuencias. Si los días previos te has 'vaciado' aceptando esta debilidad y has comenzado hablando admitiendo que te tiemblan las piernas, habrás demostrado a la mayoría que tienes más valor que los que disimulan, y ahí encontrarás la fuerza para estar a gusto y hablar con templanza.

  • Habla despacio y con contundencia: No hay que volverse loco. Si estás ahí arriba es por algo, por muy malo y flojo que tu cabeza te diga que eres: habla alto, explica y disfruta, porque realmente eres posiblemente la persona que más sepa de lo que expones en la sala.

  • ¿Y si falla algo?: la ley de Murphy es ley por algún motivo, y eso lo sabemos bien quienes hemos tenido que hablar en público. Lo que hay que intentar es minimizar las posibilidades de que algo falle y para ello, siempre tengo la costumbre de ir a la sala un día antes y comprobar cables, wifi y lo que sea necesario. Pero si con todo eso además el proyector muere en plena presentación o el portátil se queda en blanco, lo mejor es seguir adelante con lo que recuerdes. Hay que recordar que el que sabe ahí eres tú y tú manejas los tiempos.

Al final y paradójicamente, he descubierto que la manera de hacer desaparecer lo que antes consideraba como un problema consiste en aceptar que ese miedo forma parte de uno y actuar con naturalidad en base a este hecho. Y no, no he conseguido librarme de la tensión previa a las presentaciones ni de las dudas sobre si lo haré bien o no, pero al menos he comenzado a disfrutar cada vez que me enfrento a una audiencia, y supongo que eso se deja notar en la calidad de la presentación.