Es desesperante. Una vez más, la misma persona, llega tarde a la cita. Ya no es ni el tráfico ni una mala noche: el que se retrasa habitualmente ya ni se disculpa. Y la reacción del contrario puede ser de enfado, frustración pero sobre todo de sensación de haber malgastado unos valiosos minutos bajo la lluvia. Sabiendo lo apretada que tenemos la agenda, esos minutos mirando el tráfico pasar pueden disparar nuestra ira, y la primera palabra que nos viene a la cabeza es "desconsideración", y la es, pero dejar ahí el análisis sería muy simplista. ¿Por qué hay gente que llega siempre tarde? Y lo que es peor ¿qué impacto tiene este hábito en el trabajo?

No creas que los tardones provocan enfados únicamente a la entrada del cine: este tipo de persona es un serio problema en las organizaciones, y sobre todo cuando esta costumbre es un hábito y en las reuniones son varias las personas que están mano sobre mano contando los minutos. Sin embargo, los tardones no parecen ser consciente del impacto en su entorno de esos minutos (e incluso horas) de espera. Y te estarás preguntando... ¿por qué actúan así? Antes de adentrarnos en la psique detrás de esta actitud, te diremos que los tardones siempre salen mal parados de todos los perfiles psicológicos.

Una desconsideración que sale cara

Los psicólogos coinciden en describir tres posibles perfiles de los asiduos a este fenómeno: una primera hipótesis defiende que los tardones buscan llamar la atención y abrir la puerta el último es una clara garantía de conseguirlo. Otra posible tesis que defienden los expertos baraja la posibilidad de que los tardones se sientan culpables (por cualquier motivo) y al llegar tarde y pedir disculpas se sientan satisfechos. Aunque la última posibilidad que empuje a la gente a llegar tarde sea simplemente el egocentrismo: disponer a voluntad del tiempo de los demás otorga mucho poder a quien lo emplea.

Pero detrás de este fenómeno, además del aspecto psicológico, hay una nefasta gestión del tiempo. Los tardones 'profesionales' no son capaces de organizar su agenda de forma que calculen con margen el tiempo que les separa del lugar de la reunión y poder incluso departir unos minutos con los presentes. Y no hablamos de perfiles bajos en la organización: entre los tardones más célebres se encuentra Marissa Mayer o el alcalde de Nueva York. La costumbre de la primera ha sido una de las fuentes de conflictos en Yahoo, una organización que no estaba acostumbrada a estar hasta horas sentados en la sala esperando su aparición.

"10.000 dólares por el desagüe"

Y como comentábamos antes, los tardones salen caros para la empresa. Andrew May, un conocido coach australiano relató su experiencia en una reunión de directivos en la que varios de los asistentes, incluido el jefazo, llegaron tarde. En la misma, el jefe llegó media hora más tarde y sin disculparse espetó: "¿me resumís lo que habéis hablado?". Tras el obligado resumen, el directivo se distrajo respondiendo a correos en el móvil, seguro de estar gestionando a la perfección su organización. Lo que no sabía este CEO es que su empresa acababa de perder un dineral calculado en los salarios de la gente ahí presente sin hacer nada ¿cuánto? "10.000 dólares tirados por el desagüe", cuantificó May.

¿Cómo actuar con la gente que llega siempre tarde? La respuesta es difícil, sobre todo cuando el perpetrador del ultraje es el jefe, sin embargo una posible solución (parcial) a este mal es mantener la normalidad de lo planificado. Si la reunión estaba programada para las 9h, se empieza a esa hora o máximo con los cinco minutos de cortesía, y el que llegue tarde se tendrá que esforzar por seguir el ritmo. Si el tardón lo hace en una cita particular, puedes probar a seguir el método de Angela Merkel, que dejó plantado al mismísimo Putin tras llegar éste tarde a la reunión prevista.

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