Hace tiempo vi, a la entrada de una exposición, el siguiente aviso:

Las imágenes pueden herir la sensibilidad del espectador.

Nan Goldin

Y era cierto,  hay gente a la que le duele la realidad que Nan Goldin (1953), nos ofrece en cada exposición o en cada libro que pasa por nuestros ojos. Y vi que salieron varios que no pudieron aguantar tanta realidad.

Hay que ir preparado a las exposiciones de la mujer que narra su vida en cada fotograma. En ellas veremos el sudor, las nauseas, la enfermedad, el deterioro, los efectos devastadores de la enfermedad, de las palizas y de la soledad. Pero también hay escenas sinceras de amor, momentos sexuales sin tapujos, niños, familias sinceramente felices. Es la cara y la cruz. Woody Allen contaba un chiste metafórico sobre la vida en una de sus películas que da cierto sentido a la obra de Nan Goldin,

dos mujeres hablan sobre la comida de un restaurante y una dice: qué mala es la comida; a lo que la otra contesta: ya…además las raciones son tan escasas.

La vida es dura, pero es tan breve, que los momentos más dulces merecen toda nuestra atención. Y es con esta filosofía con la que hay que ver las fotografías de esta influyente norteamericana. Pueden dolernos e indignarnos los efectos de una paliza en un autorretrato, el viaje a la muerte del SIDA -muy presente en su vida pues muchos amigos cayeron víctimas de la enfermedad-, pero sin duda sonreiremos ante el abrazo desnudo de un primer amor, o la siempre gratificante sonrisa de un niño. Aquella exposición llena de altibajos emocionales bañados siempre en la explosión de color de los cibachrome, diapositivas pasadas a  papel, respetando su saturación y brillantez, marcaba a todos los visitantes, para bien o para mal. Además había dos de sus proyecciones más famosas de diapositivas en dos salas oscuras que permitían hacer un alto en el camino, para descansar el cuerpo que no el espíritu. La primera era “The ballad of sexual Dependency”, con música escogida por la artista, que va desde el punk hasta la ópera, presentada en Nueva York en 1979 y “Heart beat” con una banda sonora interpretada por Björk, y producida por el Centro Pompidou de París en 2001. Una experiencia que hace aun más intensa la visita a los jardines y basureros de la sociedad.

Nan Goldin, conocida sobre todo por la fuerte carga autobiográfica de  su obra, también explota una temática con la que no se la relaciona, como es la fotografía melancólica de los paisajes, tanto urbanos como naturales. Impresionante la vista de Stromboli, el mítico volcán del Mediterráneo. O los siempre agradecidos atardeceres apocalípticos que huyen de las postales y que nos recuerdan lo único de los momentos. El tiempo pasa, y si no lo detenemos, se  olvida.

Los críticos no saben cómo catalogar la obra de Goldin. Retrata su vida íntima en instantáneas que no cuidan ni la técnica ni la composición de los encuadres, y dudan de calificar de arte lo que ven. Pero no se puede negar que tiene un estilo propio, definido, que va apurando con los años, suavizándolo, optimizándolo en todos los sentidos. Primeros planos, colores saturados, encuadres arriesgados, la luz artificial de los cuartos…Ella está interesada en representar la vida, no en adornarla, pues caería en el puro barroquismo. La vida ya tiene demasiadas historias. Y ahí están Diane Arbus, o García Alix, que, con sus propias armas, llegan al mismo camino: disfrutar de la vida a pesar de todo.

Muchos critican la libertad que toman estos autores al exhibir sus vidas de una manera tan directa y con tan poca compasión. Pero para ellos la fotografía es, al 100%, su forma de ver las cosas. La única manera que tienen de recordar que una vez pisaron la tierra y que incluso, en algunos breves momentos, llegaron a ser felices. Y su actitud muchas veces parece la de la famosa canción:

¿A quién le importa lo que yo haga? ¿A quién le importa lo que yo diga? Yo soy así y así seguiré. Nunca cambiaré.

Y sobre todo, que no se avergüenzan de su historia, plagada de errores que los hacen más fuertes. A los demás nos toca estremecernos.

 

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