Seguimos avanzando en el apasionante mundo de la historia de la fotografía, fundamental para saber cómo enfrentarse a la creación de imágenes y tomar referencias que nos serán muy útiles para tener un estilo propio.

Henry Peach Robinson

En 1891, en una exposición de una de las asociaciones tan de moda por aquellos tiempos, el Camera-Club de Viena, nace el Pictorialismo, con la misión salvadora de elevar la fotografía a la categoría de arte.

...renovó la cuestión de la relación entre la pintura y la fotografía, una relación de competencia que hizo que la fotografía se elevara al nivel de la pintura, reclamando el mismo prestigio  que ésta. Tuvo como objetivo considerar la fotografía como una de las bellas artes...

Pero la causa de tan altas pretensiones era sencilla y tremendamente capitalista: los  primeros fotógrafos y los retratistas veían peligrar su fuente de ingresos. Hasta entonces para ser fotógrafo había que saber mucha química, tener mucho tiempo y pertenecer, por lo tanto, a una selecta burguesía. La democratización de la imagen, gracias a la sencillez de los nuevos avances técnicos, como la primera Kodak, facilitó mucho la realización de imágenes. Los pioneros creían que tal proliferación de aficionados, sin ninguna formación artística, y sobre todo, sin pertenecer a sus  selectos clubes, degeneraría en el fin de la fotografía. El aumento de producción mermaría de manera alarmante el nivel de calidad. Y sobre todo, tantos aficionados pondrían en peligro el control del dominio de la imagen, en manos de una reducida élite de fotógrafos academicistas.

La solución a sus temores sigue presente en la tradición fotográfica:

La estética del pictorialismo rechazaba lo real y disfrazaba la imagen, enmascaraba el origen de la fotografía deformando la imagen, fingiendo autodestruirse. En cuanto a sus temas, los más utilizados eran los populares de la tradición artística, aunque también plasmaban parte de la vida en el campo con efectos de luz que no nos hacen olvidar su preocupación de orden formal.

En estas obras reina la falta absoluta de naturalidad. Todo está absolutamente medido, hasta el desenfoque, clave fundamental de esta corriente, pues difuminaba los detalles. Se trataba de conseguir una reproducción exacta, pero con la indefinición del dibujo. Intervenían antes, durante y después con técnicas alejadas de la fotografía  directa (nitidez, baratura y reproducibilidad):

  • Escenificaban la escena antes de la toma, observando cómo sería esa escena vista con la óptica de un prerrafaelista, su máxima inspiración y su seña de identidad en la primera etapa, y la vuelta a la naturaleza en la segunda, donde siguieron las directrices impresionistas.

  • A la hora de disparar el obturador, desenfocaban la imagen, o colocaban un filtro flou sobre el objetivo. También abusaban de las aberraciones de las ópticas. O incrementaban los tiempos de exposición. Todo para perder la dura nitidez.

  • Una vez hecha la toma, hacían copias con procesos pigmentarios que producían efectos más pictóricos que lo procesos argentarios: gomas bicromatadas, papel fresson, carbones,...

Algunas de las fotografías más conocidas del pictorialismo son un alarde de técnica, pero no aportan nada nuevo. Los dos caminos de la vida de O. G. Rejlander, es una copia exacta de La Escuela de Atenas de Rafael. Es una fusión de treinta negativos que debió requerir mucho tiempo para un resultado mediocre. Otras fotografías pictorialistas conocidas tienen títulos como Los últimos instantes, Alegoría de la santidad, ¡En qué lugar del cielo te encontraré!, Plagio de Velazquez, delatando la temática general de este estilo.

Julia Margaret Cameron (1815-1879) empezó en la fotografía con cuarenta y ocho años. Destacó por su falta de técnica, por sus errores de exposición y composición. Pero también llama la atención cómo una persona que nunca ha trabajado pudo hacerse con el oficio más difícil del s. XIX. Su fama, desde luego, viene por el apoyo incondicional de lord Tennyson, poeta de la reina. En sus memorias Anales de mi casa de cristal dice:

...ansiaba poder retener toda la belleza que aparecía frente a mí y, por fin, esa ansiedad ha podido ser satisfecha. Su dificultad aumentaba el valor de la conquista. Empecé sin ningún conocimiento del arte. No sabía dónde colocar mi caja oscura, cómo enfocar a mi modelo... cuando enfocaba y me acercaba a algo que para mí era bello, me detenía allí en lugar de enroscar la lente para conseguir un enfoque más definido, en lo que todos los demás fotógrafos insisten tanto.

El pictorialismo se abandonó en la década de los 20, con el impulso de la fotografía directa. No obstante, su estética sigue presente en los salones más vetustos. En España empezó tarde, y acabó aún más tarde, en los 70, con Ortiz Echagüe (1886-1980), empresario, artista y político. Ensombreció a todos los de su generación, gracias a una técnica envidiable y a una mirada única. Su estética se basa en Sorolla y Zuloaga y en el pasado histórico. Recibió innumerables premios, incluso expuso en el Metropolitan de Nueva York con grabados de Goya, pero siempre destacará más como laborante.

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