Alan Turing se preguntó: ¿pueden pensar las máquinas? Para evitar definir los términos pensar o máquina, decidió crear su famoso test. Si un juez humano no puede distinguir entre una máquina y otro humano, la máquina piensa. Llamó a esta prueba el Juego de la Imitación.

Con el tiempo, el Test de Turing ha demostrado ser una poderosa herramienta. Si bien es cierto que ninguna máquina lo supera en la actualidad en un entorno verbal sin restricciones, cada vez son más las máquinas que lo superan en tareas concretas como jugar al ajedrez.

Ahora el Test de Turing o el Juego de la Imitación ha comenzado a usarse de una forma muy ingeniosa por los sociólogos. Se trata de que una persona se haga pasar por otro tipo de persona y ver si engaña a un juez. De este modo comparamos hasta que punto una persona entiende a las personas que pertenecen a otro grupo social. Para poderme hacer pasar por musulmán, tengo que entender el punto de vista de los musulmanes.

Existen según los sociólogos dos tipos de experiencia. La experiencia contributiva se refiere a los auténticos expertos, físicos, abogados o economistas que aportan nuevos conocimientos y experiencias a su materia. La experiencia interactiva, por el contrario, es la de los expertos que solo rozan el área, hablan con los auténticos expertos y acaban teniendo una buena idea de la materia.

Aplicar el Juego de la Imitación en estos entornos está resultando un experimento sociológico muy fructífero. Harry Collins, sociólogo y autor de estos novedosos estudios, había pasado mucho tiempo trabajando con físicos y se sometió a la prueba. Un físico, el juez, les preguntó a él y a otra persona, un físico auténtico, diversas cuestiones sobre física. Después, las respuestas de ambos, el imitador y el físico, se repartieron entre varios otros físicos que harían de juez. La sorpresa consistió en que el imitador obtuvo mejores resultados que el físico auténtico. Al parecer, lo que más confundió a los jueces es que el físico auténtico dio una respuesta de libro a una pregunta mientras que el imitador proporcionó una respuesta correcta pero inusual. Esto hizo pensar a los jueces que el imitador había elaborado más la respuesta.

Pongámonos en el caso de los ciegos. Han vivido toda la vida en un mundo de videntes. Constantemente escuchan comentarios de personas que ven sobre acontecimientos que pueden ser vistos. El caso contrario es el de las personas que ven y nunca han estado expuestas al mundo de los ciegos. ¿Quién conoce mejor el otro mundo? ¿Quíen engañará a quién? El ciego es muy capaz de engañar al vidente y hacerle creer que ve. El vidente no puede engañar al ciego y hacerle pensar que él también es ciego.

Para medir los resultados se estableció una medida llamada relación de identificación o IR. Con esta medida se ha comenzado a relacionar ámbitos distintos.

Un ámbito estudiado ha sido la homosexualidad. Se da la dramática circunstancia de que Turing era gay y sufrió mucho por ello. Fue condenado a la castración química por ser homosexual y, no pudiendo resistirlo, dos años después se suicidó. Pero la situación en Inglaterra y en la mayoría del mundo ha cambiado. La normalización de la homosexualidad ha permitido que un mundo, antes oculto, sea ahora bien conocido.

Otro ámbito investigado ha sido la práctica religiosa. La sociedad inglesa se ha ido secularizando y los investigadores tenían el interés en saber hasta qué punto. De modo que realizaron el Juego de la Imitación en el que personas no religiosas se hacían pasar por cristianos y fueron evaluados por jueces cristianos.

Y ¿cuál fue el resultado? Entendemos mejor a los gays que a los cristianos. O dicho de otra forma, es más fácil hacerse pasar por lo primero que por lo segundo. O, para ser exactos, las posibilidades que tiene un heterosexual de hacer creer a un gay de que él también lo es son mayores que las posibilidades que tiene un no religioso de hacer creer a un cristiano de que él también es religioso.

El mundo cambia rápidamente pero la utilidad de una buena idea como el Test de Turing permanece.

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