Históricamente, uno de los grandes cuestionamientos que se ha hecho a las universidades en México es acerca de su incidencia en la vida pública. Durante mucho tiempo se acusó a los centros de conocimiento de vivir en una burbuja, propiciada por un distanciamiento supuesto entre las perspectivas académicas y las necesidades prácticas. Empero, desde el 11 de mayo -día del llamado Viernes Negro de la Ibero- la percepción ha cambiado. Han sido los estudiantes quienes alzaron la mano por las universidades para dejar en claro su participación como agentes activos de cambio.

Tras el furor inicial, la sociedad comienza a demandarle al movimiento #YoSoy132 una declaración de principios. Las críticas centrales se dirigen, más que a los "por qué", a los "cómo". Existe la sensación compartida de un cambio social, pero se desconoce la estratagema. A una veintena de días, se le exige al movimiento una madurez que no han alcanzado otros en años y años de movilización ciudadana. Aún así, pese a los cambios de veleta iniciales, la asamblea de este miércoles en la UNAM ha mostrado una clara intención de cimentar y construir.

He leído varias críticas. Sin ir más lejos, en Vivir México, tres de los editores coinciden en el tema de las demandas concretas. Creo que vale la pena entender algo de la historia reciente de #YoSoy132: están tratando de cauterizar en semanas una herida abierta por décadas. En "El Universal", el escritor Álvaro Enrique menciona un punto crucial:

Los 132 están teniendo una conversación que sus padres les prohibieron por resentimiento o miedo. Los de la UNAM están conociendo a los de la Ibero, los del Tec a los del Poli, los de la Metro a los de la Anahuac y me parece que todos están deslumbrados porque se parecen más entre si de lo que papá y mamá -clasistas y medrosos- les habían dicho. Una generación se descubre en un espejo que sus padres le había escondido y le gusta lo que hay en el reflejo.

Los #YoSoy132 han tenido el atino de saber cerrar brechas. La primera fue el abismo entre estudiar en una universidad privada y una pública en México. En la asamblea se reunieron representantes de decenas de universidades: desde públicas como la UNAM, el IPN o la UAM, hasta privadas como el ITESM, la Panamericana o el ITAM. Aunque el foco mediático está en el DF, en la marcha de Estela de Luz vimos protestas multitudinarias en Puebla, Guadalajara, Monterrey y otras ciudades; en esta reunión, también se vieron representaciones de instituciones fuera del Distrito Federal.

Es claro que #YoSoy132 no tiene un rumbo único. Sí, existen ejes rectores, puntos de comunión, objetivos compartidos, pero su pluralidad les caracteriza. Por ende, su principal problema es el potencial riesgo de división. Repito: son cientos de universidades, de trasfondos sociales diferentes y agendas distintas. Están en el constante escrutinio y cada declaración es tomada como un estatuto que aplica a todos: el caso más obvio es si el movimiento, per se, está en contra de Enrique Peña Nieto o no; si está a favor de López Obrador o no. Son preguntas necesarias, y como se vio en la asamblea, con un sinnúmero de matices.

A la asamblea del miércoles se le van a criticar muchas cosas. La más notoria es su agenda amplia, que va desde la participación electoral hasta la solidarización con otros movimientos sociales. Yo, al contrario, aplaudo el objetivo ambicioso. Lo que sí es que, aunque se debe pensar a largo plazo, se debe trabajar a corto. La elección presidencial está a un mes de distancia. Al respecto, éstos son los puntos de su agenda:

  1. Participar en el proceso electoral, documentar posibles irregularidades durante éste, que una comisión de #YoSoy132 se registre como observadora durante la jornada electoral, generar un sistema de conteo alterno para la jornada del 1 de julio, con apoyo de alguna institución educativa como la UNAM e, incluso, desarrollar un plan de cómputo ciudadano del voto (para lo cual el SME ofreció sus instalaciones como punto de operaciones).

  2. Exigir que el siguiente debate entre candidatos presidenciales sea transmitido en cadena nacional, con un formato propuesto por universidades y moderado por académicos.

  3. Exigir al IFE explicar la presencia de “observadores” de la OEA en la jornada electoral y promover una discusión cívica sobre la pertinencia de este acompañamiento, además de que se audite a casas encuestadoras contratadas por la autoridad electoral.

  4. Exigir que Hildebrando no realice el conteo electoral del IFE. (Nota del autor: Hildebrando fue la empresa encargada del conteo de votos en la elección de 2006, sospechosa de fraude)

  5. Mantener el movimiento organizado, para estar en condición de responder a un eventual fraude electoral.

  6. Hacer un llamado a la unidad nacional, ante el potencial del Movimiento 132 para cambiar la situación nacional.

  7. Convocar a los aspirantes presidenciales a comprometerse a realizar una consulta revocatoria a mitad de sexenio.

  8. Convocar a un voto informado y razonado.

Estos ocho puntos me parecen concretos, sensatos y congruentes. Es muy probable que los comicios de 2012 sean lo que cuenten con la vigilancia ciudadana más populosa. Pero lo más importante es el despertar de las universidades de su letargo: su anuncio claro como agentes independientes para supervisar el proceso, y en caso de contingencia, actual en consecuencia. ¿No les suena, por ejemplo, a lo que ocurrió con la creación del Instituto Federal Electoral como organismo autónomo tras el fraude de 1988? ¿No les parece que las universidades (y sobre todo, los jóvenes) pueden convertirse en ese mecanismo de organización que requieren tantas causas en México? Pero para eso, vamos paso a paso. Primero el 1 de julio, después ya veremos.

Fotos: eliasarriazola / andreart