Yo nací en 1986. Fue un año con muchos sucesos, pero ninguno tan trascendental para la humanidad como el accidente de la planta nuclear de Chernóbil. Cuando explotó el reactor nuclear, yo apenas había cumplido dos meses de vida. Es decir, formo parte de la generación que, si bien aprendió sobre el desastre en los libros de historia, le tocó crecer en un mundo que aprendía de los errores (y horrores) de la energía nuclear. Tenemos la misma suerte -en el sentido menos afortunado de la palabra- que quienes nacieron tras el estallido de la bomba en Hiroshima y Nagasaki o quienes crecerán tras el accidente de Fukushima.

Hoy se cumplen 26 años del incidente nuclear más terrorífico de la historia. En muchos sentidos, crecimos en un mundo moldeado por la explosión. Chernóbil marcó un parteaguas, no sólo sobre los riesgos del átomo, sino de algo más peligroso: la negligencia y la opacidad. La lenta reacción de la Unión Soviética los dejó en evidencia, con un legado escalofriante: Pripyat, una ciudad fantasma e inhabitable hasta que los nietos de nuestros nietos puedan poner un pie; cinco millones de personas habitando zonas irradiadas, con un deterioro genético que han pasado por generaciones. Chernóbil fue una bala que rozó demasiado cerca, un accidente que estuvo a kilómetros de aniquilar Europa por contaminación de mantos acuíferos.

Chernóbil espabiló al mundo sobre los peligros de la falta de transparencia. Sirvió para recapacitar no sólo en qué, sino en cómo. Quienes nacimos tras el accidente hemos vivido en una sociedad preocupada por las energías renovables -a veces, por términos económicos más que por éticos-, pero también consciente de la necesidad de protocolos, estándares y planes de contingencia. Fukushima es la prueba: aunque fue considerado como un accidente nivel 7 -igual que Chernóbil-, la historia fue diferente. El reactor resistió un embate colosal, tanto de la tierra como del mar, superando las expectativas en su estructura; el gobierno japonés supo actuar con eficacia, mientras que la comunidad internacional lo hizo con solidaridad. Más que con miedo, Chernóbil nos hizo crecer con respeto a la energía nuclear.

Para la cultura popular, el accidente también tuvo su legado. Quienes somos amantes del cine, los videojuegos, los cómics y otras expresiones similares, sabemos que el horror dejó una huella, una inspiración. El lugar común de los juegos de vídeo en ciudades abandonadas, muertas por un desastre nuclear -incluso, Call of Duty 4: Modern Warfare tiene una misión en Pripyat-; mutaciones genéticas (a veces, superpoderosas; otras, aberrantes) en el mundo del cómic; filmes como "Transformers 3", que parten de Chernóbil para alimentar la ficción. Vale, que hasta el trabajo de Homer Simpson como inspector de seguridad en la planta de Springfield es un recordatorio sarcástico del factor humano ante la manipulación del átomo.

Recordar Chernóbil tiene sentido porque aprendemos del horror. Que nuestra generación proteste contra la opacidad (de gobiernos, de tratados, de empresas) tiene raíz en nuestro aprendizaje cultural como sociedad, en las heridas que nos hemos hecho y en las cicatrices que nos quedan. Así como la generación post-bomba atómica predicó la paz y el amor, la nuestra enarboló la transparencia. No es mérito único de este incidente, pero sí ayudó a delinear las causas por las que peleamos. Por eso lo revivimos cada año, en galerías de imágenes, en artículos especiales, en reportajes en la TV. Porque es un recordatorio -casi un acondicionamiento pavloviano- de que el trabajo nunca está terminado.

Yo nací en 1986. Yo no vi la explosión del reactor, pero vivo su onda expansiva.

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