Los regímenes totalitarios siempre han caído en la tentación de construir gigantescos edificios públicos para producir la admiración de sus súbditos y de las generaciones venideras. Pero el paso del tiempo se ha encargado de ponerlos en su sitio.

Las Pirámides de Egipto o el Coliseo romano se mantienen en pie y nos recuerdan la grandeza de las civilizaciones que los crearon. Otros, como las pirámides aztecas o los templos mayas fueron devorados por la selva y permanecieron ocultos hasta que sus ruinas fueron descubiertas y pudimos contemplar los restos de su esplendor.

En el siglo XX el totalitarismo se adueñó de Europa en forma de estados fascistas y comunistas. Como las anteriores civilizaciones construyeron descomunales espacios públicos, desde estaciones de tren hasta monumentos conmemorativos.

En 1891 tuvo lugar la derrota de los turcos por parte de los rebeldes búlgaros en el pico Buzludzha situado en los Balcanes. Poco después se celebró allí una reunión secreta para formar el incipiente movimiento socialista búlgaro.

Tras el final de la II Guerra Mundial el partido comunista tomó el poder y gobernó el país hasta la caída del Telón de Acero. En 1971, la Secretaría del Comité Central del Partido Comunista de Bulgaria decidió construir el monumento Buzludzha. En la construcción, que empezó tres años después y se inauguró en 1981, intervinieron seis mil personas que formaban parte de las tropas del ejercito y grupos de voluntarios.

La construcción, situada en lo alto del monte del mismo nombre, evoca un platillo volante y tiene una sala central repleta de mosaicos y coronada por una enorme imagen del símbolo comunista: la hoz y el martillo.

Buzludzha duró muy poco tiempo en activo y con la caída en 1989 del comunismo comenzó su progresivo abandono. Hoy es un decadente vestigio que evoca tiempos en los que el poder comunista hacía y deshacía a su antojo. Más parecido a las ruinas mayas o a los templos de la India que a lo que quiso ser.

Foto: chromasia