Los amantes del fútbol --que no están peleados con los amantes de la tecnología, como muchos piensan-- estarán disfrutando (?) de la última edición de la serie de cuatro enfrentamientos entre el FC Barcelona y el Real Madrid. Es más, probablemente mientras usted lee estas líneas, el balón esté rodando en el césped del Camp Nou. Así que si usted se anima a un pequeño experimento, le pido que apague la TV y trate de seguir el juego sólo desde Twitter. ¿Locura? Quizá, pero hágalo si se atreve.

Sea o no aficionado al fútbol, Internet ha cambiado sustancialmente la manera en que vivimos las emisiones deportivas en directo. Varias veces he hablado de las ventajas de Twitter como un elemento complementario para mirar algún evento, una especie de tribuna digital en la cual estamos juntos, debatiendo, discutiendo y bromeando. Pero, ¿qué pasa cuando no tenemos una televisión al alcance ni una conexión estable para ver un juego? ¡Oh, destino cruel! Entonces tenemos que valernos de cualquier otra fuente de información disponible, a cuentagotas, para enterarnos de cómo va el partido.

Los aficionados al fútbol que se hayan encontrado en esta encrucijada habrán recurrido a los gamecasts: actualizaciones minuto a minuto que muchos sitios web disponen para seguir las incidencias del juego. Les animo a que intenten lo mismo únicamente con su timeline de Twitter. La experiencia es completamente diferente. El juego, entonces, se convierte en un relato vívido, en un cuento que se desarrolla con el paso de los minutos, donde lo que sabemos no proviene de la descripción o la narración per se, sino de la percepción visceral de los otros.

Mirar un juego sólo desde Twitter se convierte en un ejercicio lúdico, donde conocemos la magnitud de una falta por las tropelías que se dicen (¿lo tocó o no Pepe?), y comprendemos la belleza e importancia de un gol por las veces que se grita. Si me permiten, se convierte casi en un experimento literario, donde sacrificamos la imagen para darle permiso a los demás que nos cuenten su versión del juego. El partido de fútbol, entonces, no es contado por las piernas de los jugadores, sino por una multiplicidad de autores que lo hacen propio y compartido.

Por supuesto, si usted lee este texto después del Barça-Madrid, anímese a mirar un partido sin mirarlo. Verá lo sorprendente de dejarse llevar sólo por las letras.