Llegas a un restaurante. Te sientas. Antes de ordenar, sacar el smartphone para actualizar tu Foursquare. En las recomendaciones del lugar, ves que alguien ha criticado la higiene, otro más ha reportado tres cucarachas y otro afirma que se enfermó por comer ahí. Te levantas de la silla y te marchas. Una de las grandes ventajas del servicio de geolocalización es que permite que la gente comparta impresiones --positivas o negativas-- de los sitios donde está. Ahora, ¿no sería genial si lo usáramos para hacer más segura nuestra ciudad?

¿Cómo? Es muy sencillo. Podríamos usar Foursquare para etiquetar lugares de riesgo, donde tengamos conocimiento que se cometieron delitos o que ocurren actividades ilícitas. También podríamos ayudar a reportar accidentes por los lugares que pasamos, así como indicar problemas de tráfico derivados de embotellamientos, choques o manifestaciones. Foursquare tiene todo el potencial de convertirse en una herramienta que ayude al ciudadano a hacerle la vida más fácil.

Foursquare es el nuevo villano favorito de los medios alarmistas. Así como en su momento se rasgaron las vestiduras contra Facebook ("¡está en riesgo nuestra privacidad!") y contra Twitter ("sólo sirve para transmitir rumores y mentiras"), ahora la geolocalización es la enemiga. Esta ceguera proviene, principalmente, de una errónea concepción del servicio. Sí, en Foursquare yo hago público el lugar donde me encuentro, pero hay mucho más que eso.

La geolocalización no se trata sólo de revelarle al mundo que me encuentro en tal o cuál punto. Se trata de que esa información sirva para obtener datos al momento sobre esos sitios. Es una combinación de espacio con tiempo. ¿Por qué no emplearla para patrullar nuestra ciudad, para construir un mapa social de los puntos conflictivos? Las anotaciones de un lugar se acumulan, lo que nos podría ayudar a trazar una línea temporal del decaimiento (o la recuperación) de un sitio específico. Una ciudad cuyas estadísticas sean construidas por la misma gente.

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