El cáncer mata cada año a más de 12 millones de personas. Sólo en España se diagnostican 162.000 nuevos casos por anualidad. Desafortunadamente, sólo hemos conseguido paliar o alargar la enfermedad, quedando bastante alejada la posibilidad de curación. Y es que aunque no son pocos los avances que se han producido en la última década, los tumores resultan una malformación inherente al organismo humano, algo que nos convendería aceptar cuanto antes mejor.

Hace unos meses hacíamos referencia a un chip que permitía diagnosticar de forma instantánea (en la propia consulta médica) cierto número de condicionantes cancerígenos. Hoy nos topamos con un relevante proyecto de la Universidad de Harvard que viene dispuesto a simplificar la detección del cáncer hasta límites insospechados.

Los investigadores al cargo han creado un entramado de nanotubos de carbono que puede usarse para atrapar las células cancerígenas al paso del flujo sanguíneo.

La idea recicla el trabajo de Mehmet Toner, profesor de Ingeniería Biomédica en la misma universidad, que proyectó un dispositivo similar aunque bastante menos efectivo por emplear silicona en lugar de carbono.

Toner ha unido fuerzas con Brian Wardle, profesor asociado de aeronáutica y astronáutica del MIT, consiguiendo multiplicar por ocho la efectividad del conglomerado de tubos: éstos se encuentran impregnados de anticuerpos, responsables de atrapar las células malignas.

La solución, que también permite detectar el VIH, ya ha comenzado a emplearse en su forma primigenia, aunque siga siendo cuestión de unos pocos enclaves médicos. Esperemos que el balance sea positivo y su estandarización acabe produciéndose más pronto que tarde.