No hace mucho os ha hablábamos de la criminalización social del videojuego, aún persistente entre quienes no terminan de entender que las personas son víctimas de sí mismas, más que de cualquier otra tecnología a la que queramos cargarle el muerto. Dicha expresión, por desgracia, ha de tomarse literalmente en no pocos casos, véase sino la trágica masacare de Columbine y cómo la afición del perturbado joven a los shooters en primera persona fue ingenuamente espoleada como explicación.

En "Videojuegos como cabeza de turco: dos ejemplos" ahondábamos en el tratamiento mediático de dos escabrosos sucesos: el tiroteo policial por la espalda al ladrón de una tienda de ocio electrónico en Orlando y la condena a una madre por zarandear a su hijo de tres meses hasta la muerte tras haberle interrumpido con su llanto una partida de FarmVille. Ratificábamos en ambos casos la circunstancial implicación de los videojuegos, siendo evidente en la acusada un preocupante trastorno de origen bien distinto.

Esta semana queremos, a modo de apéndice, terminar de refutar de una vez por todas que los protagonistas de situaciones tan repudiables son la excepción. Personas gravemente afectadas o sencillamente descerebradas, como es el caso del joven que fue atropellado intentando cruzar una autovía al más puro estilo Frogger.

Para quien no conozca el título, Frogger es uno de los grandes clásicos (1981) de Konami. Teníamos que guiar a una rana de un extremo a otro del escenario, dispersándose en éste varios troncos móviles sobre los que saltar para cruzar un río o bien numerosos coches bajo los que morir aplastados si no se tenían los suficientes reflejos.

No diría que alguien con 23 años aún persista en la conocida edad del pavo, así que no se entiende muy bien qué fue lo que le llevó a lanzarse a un saturado pavimento de cuatro carriles. La policía afirma que trataba de imitar el popular videojuego, pues antes de ser atropellado por un todoterreno, varios testigos escucharon a un grupo de jóvenes hablar de Frogger, dándole incluso la señal de salida a grito de "¡Go!".

La temeraria víctima se encuentra aún en el hospital, afortunadamente fuera de peligro, si bien pudiese haber acabado como el cadáver de otra historia aún más escabrosa. ¿Concebíis abrir un ataúd y robarle al difunto las pertenencias con que quiso ser enterrado?

Ha ocurrido en Pennsylvania. Un hombre se coló en una casa funeraria y sustrajo una consola portátil y varios accesorios del ataúd de un adolescente, muerto en accidente de tráfico estas navidades. El ladrón, de 37 años, fue acusado de profanación y encarcelado. Su madre ha pedido perdón públicamente a la familia, aludiendo a los serios problemas de drogadicción de su hijo.

Considerados sendos ejemplos, tal vez ahora muchos se lo piensen dos veces antes de seguir con absurdas correlaciones.

Vía: AZCentral

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