Se viene otro golpe de WikiLeaks. Cientos de miles de cables diplomáticos serían liberados al público este viernes. Algunos medios sugieren que los documentos ya han sido enviados a las redacciones de los diarios The New York Times, The Guardian y Der Spiegel. Estados Unidos advirtió a diferentes países como Israel, Canadá o el Reino Unido sobre los posibles daños que puedan causar estas filtraciones a las relaciones bilaterales. Todos -- medios de comunicación, gobiernos y ciudadanos -- estamos expectantes a la información que se revelará en las próximas horas.

Lejos de alegrarme, a mí me preocupa mucho esta situación. Estoy completamente seguro de que la entrada de WikiLeaks al escenario internacional ha cambiado las reglas del juego. Sin embargo, también sé que los entusiastas de la libertad de información solemos pecar de idealistas. Las buenas intenciones no siempre derivan en buenos actos. El cambio tecnológico es tan veloz que rara vez nos tomamos un tiempo para reflexionar si estamos actuando de manera correcta. Temo que ésta sea una de esas ocasiones en las que podamos arrepentirnos de no hacer esa pausa en el camino.

WikiLeaks ya es un poder de facto. Es innegable que cada vez que Julian Assange toma el micrófono para anunciar otra entrega, los gobiernos se ponen a sudar. El idealismo nos lleva a pensar que WikiLeaks es democrático y nos representa a todos. Mentira. Como toda organización, responde a sus intereses. Perdonen si esta vez no me dejo llevar por los vítores y aplausos, pero mucho me temo que no estamos siendo lo suficientemente críticos con esta situación. Hablamos de una asociación con el poder de presionar gobiernos, orientar a la opinión pública y provocar cambios políticos. No es poca cosa.

Yo sí creo que WikiLeaks tiene una intención noble, pero hay que cuestionarlos por sus acciones, no por sus buenos deseos. Los documentos que se filtran han sido categorizados como información clasificada por razones de seguridad nacional. En el caso de las guerras de Irak y Afganistán, es comprensible (y deseable) que estos textos salgan a la luz para aclarar numerosas dudas sobre violaciones a derechos humanos. Pero hablando de los cables diplomáticos, ¿qué esperamos encontrar? ¿Tenemos una justificación para meternos hasta la cocina en la (muchas veces frágil) relación entre países? No dudo que descubramos algunas situaciones escabrosas, pero creo que se ganaría más con golpes certeros que con bombazos apabullantes. Empiezo a creer que WikiLeaks le está apostando al show-off, y ése no es un buen síntoma.

Hasta cierto punto, las filtraciones se han convertido en una confrontación ideológica entre la idea de Estado-nación contra un grupo heterogéneo que no necesita ni de territorio ni de población. Al final, esta tensión desencadenará una serie de cambios que repercutirán (¿positiva o negativamente?) en nuestro futuro. WikiLeaks tiene la sartén por el mango, pero aún no sabemos si le hemos dado el control al cocinero correcto. No sé, pero que cada vez se anuncie a la siguiente filtración como la más grande, la más importante, la más trascendental, se encierra un mensaje de lucha de poderes que sólo contribuye a polarizar. Y es que el poder embriaga, así sea el de remover conciencias.

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