Piensa, por un instante, en dónde se producen los principales diarios de tu país. Estoy casi seguro que habrás pensando primero en la capital, y a lo sumo, en otras dos o tres metrópolis más. Después de todo, la información se produce en los centros neurálgicos de cada nación. Sobre todo en varios países de América Latina, el centralismo es una característica común. En México, por ejemplo, el Distrito Federal conglomera casi toda la producción mediática de circulación nacional: diarios, emisoras de radio, canales de TV. El resto -- la provincia -- aporta un porcentaje mucho menor, y se dedica mayormente a replicar estos contenidos.

A este fenómeno se le conoce dentro de la producción del conocimiento como centro y periferia. Los centros son los lugares que tienen más prestigio, recursos y notoriedad. En el caso mediático, es el lugar donde se establece la agenda. Las periferias, por su parte, reproducen e imitan lo que hace el centro. Si una tema está en boga para un diario prominente, es muy probable que uno más chico se suba al carro. ¿Qué pasa, entonces, con la información que produce un medio local? El papel del centro es el de legitimarla. Al retomar una noticia de la periferia, el suceso trasciende sus fronteras y se convierte en una noticia de carácter nacional. De este modo, la agenda está dictada casi siempre por estas capitales informativas.

Pero, ¿qué pasa si la periferia se rebela contra este sistema? Uno de los problemas de los diarios, emisoras o canales locales es, precisamente, que su alcance está restringido. ¿Y qué si, de pronto, estos medios tuvieran la posibilidad de hacer llegar sus notas a toda una nación -- o incluso, al mundo entero? Entonces el esquema de producción de la información cambia. La periferia adquiere una proyección con la que no contaba antes, lo que facilita que su contenido esté disponible para una audiencia más amplia.

Sin embargo, nos queda uno de los obstáctulos más importantes: la legitimidad. En el caso de los medios convencionales, el prestigio de un diario (o emisora o televisora) nacional funciona como un filtro. Si ellos lo toman, entonces debe ser importante. La audiencia suele delegarle la responsabilidad del establecimiento de agenda a los propios medios, con el claro inconveniente de que los intereses empresariales o políticos alteren esta información. Aún así, es un mal necesario. Sin este embudo que deje pasar sólo lo más relevante, terminaríamos (aún más) ahogados en un mar de noticias.

Twitter, en este sentido, representa una alternativa con mucho potencial en este rubro. La parte del alcance es obvia: con Internet es posible llegar a casi cualquier rincón del planeta. La segunda característica es la más interesante. La legitimidad no se delega a un experto (como en el caso de los medios establecidos), sino que queda dentro de los mismos usuarios. Es el lector quien define qué información le es relevante, y la comparte con el resto de las personas. De este modo, se construye un contrapeso mediático.

Este proceso ya se ha visto desde hace buen tiempo, antes de la era del microblogging. ¿Qué se puede aportar ahora? Me parece que el siguiente paso es la redefinición del escenario geopolítico de la información. ¿Que pasaría si un diario local apostara por completo por este modelo, por construir su propio centro desde la periferia? ¿O más aún, si se buscara posicionar a *una ciudad en específico como un nuevo punto neurálgico de producción de información? Es obvio que el proceso es bastante largo. Mientras que los medios convencionales han ganado su reputación y prestigio con base en grandes nombres y golpes de talonario, en Internet habría que construir desde los cimientos. Sin embargo, la idea es factible. Quizá, dentro de algunos años (o meses), cuando nos pregunten de dónde sale las noticias que consumimos, podamos añadir uno o dos puntos más al mapa.

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