Llegamos a la última parada en este especial sobre ciencia, tecnología y feminismo. El viernes pasado charlamos un poco sobre los tópicos de estudios de género en la práctica científica y el desarrollo tecnológico. Cerraré este trabajo hablando de una de las aportaciones fundamentales dentro del feminismo a los S&TS: los estudios sobre raza, colonialismo y poscolonialismo.

Como comenté en una entrega anterior, los trabajos de Donna Haraway resultaron fundamentales para entender que lo femenino no es una categoría completamente natural. Desde esta visión, al igual que el género, el aspecto racial es una construcción en la ciencia y tecnología. En Primate visions (1989), Haraway muestra cómo las diferentes narrativas en la primatología reflejan importantes corrientes de pensamiento sobre hombres y mujeres en las sociedades occidentales (género) así como relaciones con sociedades no-occidentales (raza). En otro estudio, Warrick Anderson (1992) señala cómo los investigadores en medicina tropical realizan diferentes represantaciones de los nativos filipinos y los que tienen ascendencia europea.

La ciencia también puede mostrar los límites políticos entre naciones. La agricultura en Estados Unidos suele establecer divisiones entre las especies "nativas" y las peligrosas "inmigrantes". Un ejemplo son los famosos cerezos de Washington. En 1910, un obsequio del gobierno japonés dos mil cerezos había sido quemado por mandato de la Oficina de Entomología, argumentando que varios estaban infestados de plaga. Esta acción se tomó bajo un contexto de miedo e ira popular por la migración nipona a EE.UU. Dos años después (1912), Tokyo mandó otros cerezos, pero en un número mucho más reducido, y con una promesa del gobierno japonés sobre la calidad y la seguridad de sus árboles.

La ciencia y la tecnología también han ayudado en numerosas ocasiones a legitimar el imperialismo y el colonialismo. Kavita Philip (1995) argumenta que el trasplante del árbol de cinchona de Perú a India a través del jardín botánico de Kew en Londres, fue en realidad una aventura colonial en nombre de la ciencia. Sir Clemens Markham, responsable de la expedición, viajó al bosque de Carvaya en Perú para obtener especímenes del árbol. Ya en territorio americano, Markham se opuso rotundamente a contratar expertos locales en cinchona para guiarlo a los lugares donde la planta crecía, de donde tomó semillas y brotes. Como señala Philip, el expedicionista se autonombraba un "sirviente de la ciencia", a pesar de que sabía considerablemente menos sobre la cinchona que sus informantes locales. Markham señalaba que los oponentes a su labor de recolección eran motivados por "celos nacionalistas" y que él estaba ahí para "conservar" al árbol.

En otro estudio similar, Itty Abraham (2000) señala la retórica en torno a la construcción del Giant Metrewave Radio Telescope en India, nombrado como el más grande de su tipo en el mundo. El investigador argumenta que el discurso en torno al telescopio se basó en una ambivalencia poscolonial. Por una parte, se hablaba sobre el camino de India hacia la modernidad, pero en contraste con la distinción nacionalista que lo separara de su antiguo colonizador. La retórica poscolonialista es muy clara: somos tan avanzados como nuestros conquistadores, pero somos diferentes a ellos. En este sentido, la ciencia y la tecnología de estos países refleja esta actitud sociocultural.

Al final, los estudios poscolonizalistas han ayudado a entender la legitimidad del conocimiento de acuerdo al lugar del que procede. Tan sencillo como que un artículo científico no vale igual si se produjo en Buenos Aires o en Londres. El centro y la periferia muestran una nueva visión del mundo: la geopolítica del conocimiento. El poder de un país puede entenderse en buena parte por su capacidad científica y tecnológica, la cual influye en gran parte en el desarrollo bélico, médico, industrial, educativo, entre otros. Las periferias no sólo dependen del conocimiento que se realiza en los centros, sino también de sus aparatos, sus técnicas y sus metodologías. Aún más claro: si alguna innovación se da dentro de la periferia, debe ser validada por el centro -- o en el peor de los casos, provoca la temida fuga de cerebros, típica de las naciones en vías de desarrollo.

Con esta entrega termina el especial de ciencia, feminismo y tecnología. Espero que este recorrido haya resultado esclarecedor para entender cómo esta corriente de pensamiento ha servido para examinar a las S&TS (y por ende, al mundo que nos rodea) desde una perspectiva diferente. El feminismo nos ha aportado herramientas para entender cómo el género afecta la producción, distribución y consumo tecnológico; las relaciones de dominación dentro de las comunidades científicas; e incluso ha puesto en tela de juicio las diferencias que antes dábamos como naturales. Agradezco a los que siguieron con atención este trabajo, con la firme esperanza de que estas palabras encuentren algún eco en sus mentes.