Hace unos días tuve una acalorada discusión con un defensor acérrimo de Facebook -- a quien cariñosamente apodamos Carlos Zuckerberg por su marcado fanatismo. Entre varias de las ideas sobre las que conversamos, me dijo que estaba completamente en contra del uso de seudónimos en Twitter. Para él, todos los perfiles de Facebook deberían ser lo más transparentes posibles: nuestro nombre real, nuestra dirección, nuestro teléfono. Vamos, que esa cosa obsoleta que llaman privacidad estorba en estos tiempos de avance y progreso.

Mi interlocutor afirmó que el objetivo del creador de Facebook es que no deben existir diferencias entre nuestra proyección en línea y nuestro yo actual, ya que sólo así "puedes ser la mejor persona posible en el mundo real y en el virtual". Aunque dicha afirmación prácticamente roza cuestiones ontológicas, su punto es más mundano: si eres elocuente en Internet, deberías serlo en persona. No hay por qué tener dos personalidades si con una basta.

Como buen fenomenólogo, se me ocurrió preguntarle qué pasaba con la gente que era tímida por su apariencia y que halla en la red un espacio en el que su físico pierde prominencia. "¡Que salga a correr todas las mañanas!", respondió. Aunque es muy válida su respuesta, yo me refería a cuestiones más serias, como una persona que se encuentra confinada a una silla de ruedas, que tiene algún defecto del habla, o un impedimento físico considerable. "¿Ellos qué?", le cuestioné.

Don Ihde, uno de los fenomenólogos más prominentes, considera que el ser humano posee tres cuerpos. El primero, al que llamaremos físico, está compuesto por las características dadas biológicamente. El segundo cuerpo, el cultural, es socialmente construido. Tómese como ejemplo el cánon occidental de atribuirle a los senos una valoración erótica, mientras que algunas culturas asiáticas asignan el mismo (o más) valor al cuello o a los pies. El tercero es el cuerpo tecnológicamente mediado, que abarca la forma en que incorporamos la tecnología a nuestro yo.

¿Muy confuso? Imagina a una persona que usa lentes: su cuerpo físico posee un defecto de la vista, los cuales corrige con unas gafas (tecnología) y le dotan de cierta apariencia (cultural). Los tres se entienden en conjunto. Una persona puede usar gafas sin necesidad de necesitarlas, o puede preferir una operación en los ojos por cuestiones estéticas. Incluso puede no querer usar lentes, a pesar de que necesite corrección en la vista. Las virtudes de la tecnología es que nos permiten trascender ciertas limitantes fisicas. Si no veo, me pongo mis anteojos y listo, asunto arreglado.

Como señalaba Marshall McLuhan, la tecnología potencia e inhibe. Retomemos el caso del tipo con problemas de habla. No podemos comunicarnos bien porqueno le entendemos ni jota. Pero entonces mediamos nuestra charla a través del texto, y (quizá) descubrimos a un magnífico conversador. Esta trascendencia del yo otorga la oportunidad de potenciar ciertas virtudes (en este caso, comunicativas) que facilitan la interacción. La capacidad de trascender llega a ser tal que se pueden dejar de lado condiciones definitorias como el género:

El fenómeno del intercambio de género (jugar con un personaje de género distinto al propio) en una práctica común en línea. Griffiths et al. (2004) reportaron que el 60% de su muestra de jugadores en línea han jugado con personajes de distinto género en línea y especulan que la introducción de íconos de juego como Lara Croft en Tomb Raider implica que se ha vuelto muy normal para los varones jugar con personajes femeninos [y viceversa].

Es comprensible el punto de mi interlocutor. Él aboga por una superación dialéctica del ser, una síntesis en la que tanto el yo real como el yo virtual se complementen en uno. Estoy de acuerdo, pero también vale entender que sin esta tensión entre ambos no existe tal cambio. Es cierto que la transparencia genera confianza (después de todo, necesitamos la certeza de con quién estamos hablando), pero en las redes sociales, al potenciar otras habilidades se pueden obtener resultados asombrosos. Por ejemplo, existen ejercicios de rehabilitación social para drogadictos que se valen de MMORPGs para recuperar la confianza del individuo en un ambiente donde no es estigmatizado por su conducta previa.

"¿Y si no pongo mi imagen real en Twitter?", le pregunté a Carlos Zuckerberg hacia el final de nuestra conversación. La opacidad en las redes sociales no es necesariamente un defecto. Se estimula el histrionismo, el ejercicio lúdico, la experimentación, el uso de recursos retóricos, o el desdoblamiento de la personalidad. De esta forma, se tiene otra aproximación social hacia una persona -- no buena ni mala, sólo diferente. El avatar es sólo eso: una represetación. Dependerá de cada quién cuán exacta quieren que sea. Así es como la gente acepta que mi mascota les mande un tweet, aunque la farsa sea más que obvia.

Dínamo

Dínamo es el nuevo podcast de Hipertextual donde hablamos, discutimos, analizamos y nos obsesionamos con Apple.