Antes de leer este texto, les recomiendo enérgicamente mirar la intervención que ha hecho Banksy a la secuencia de apertura de Los Simpson. En esta intro, el artista se toma un par de minutos para criticar sin tapujos la subcontratación que existe en Corea del Sur para realizar la mayoría de las animaciones de la serie. Retratados bajo condiciones esclavizantes, Banksy aprovecha para cargar contra sus enemigos habituales: la explotación de los derechos humanos, el consumismo desmedido, y las pobres condiciones laborales de la peor faceta del capitalismo. Siguiendo con esta línea, yo quiero contarles de una obra con un fondo similar, pero una forma distinta: Pyongyang.

Pyongyang es una novela gráfica publicada en 2004 y dibujada por el canadiense Guy Delisle. En este relato, el dibujante narra su estancia en la capital de Corea del Norte para terminar la animación de un dibujo animado estadounidense. De acuerdo con su explicación, las cadenas televisivas subcontratan a diferentes estudios (en este caso, donde trabaja Delisle) para trazar los cuadros clave. Una vez que se cuenta con estas imágenes, el resto de la animación se delega a otros países para abaratar los costos. Por esta razón, el dibujante debe viajar durante tres meses a Pyongyang para supervisar los avances de la animación.

Mientras que Banksy carga con todo en los dos minutos de la secuencia de apertura, la obra de Delisle es mucho más sutil y tranquila. A lo largo de casi 180 páginas, Delisle dibuja su entorno con una voz sincera, pausada, muy fijada en los pequeños detalles de una de las zonas más inexpugnables del planeta. A través de sus trazos, el autor muestra las condiciones tiránicas en las que vive la población norcoreana, y más grave aún, la forma en que los habitantes de la capital aceptan sin cuestionamiento las órdenes de su Gran Líder.

Mediante sus dibujos podemos observar el papel de la ayuda internacional de las ONGs en el país, el trato diferencial que se le da a los extranjeros (y el odio exacerbado por los estadounidense), y la megalomanía de un dirigente que ha obligado a tres millones de personas a rendirle culto día tras día (¡y sí, también aparece el hotel Ryugyong!). Todo esto, mientras trata de finalizar su trabajo con los empleados del SEK Studio -- un estudio de propaganda convertido al alquiler -- que no entienden ni jota de sus instrucciones.

No es la primera vez que la novela gráfica sirve como vehículo para reflejar cómo se vive dentro de un régimen dictatorial. En este sentido, la muestra contemporánea más clara es Persépolis de Marjane Satrapi. Si bien Pyongyang no alcanza la fuerza del relato de la dibujante iraní, si es enriquecedor porque muestra la perspectiva de un extranjero desde una posición privilegiada. El autor compara las libertades del mundo occidental con las de la capital norcoreana, pero también hace una crítica puntual del círculo vicioso -- después de todo, el mundo necesita caricaturas y los estudios de animación representan una entrada fuerte de divisas extranjeras.

Si tienen la oportunidad de adquirir esta novela, es una buena adición a su colección. Si han disfrutado de relatos como Persépolis o Maus de Art Spiegelman, Pyongyang no los decepcionará. Aunque tiene un ritmo lento que es inusual en las novelas gráficas de denuncia, su virtud radica en este recorrido parsimonioso por una capital desierta. La copia que yo tengo es editada por Astiberri y no debe costarles más de 25 dólares. Si Banksy ha tocado alguna fibra con esa apertura, vale la pena sumergirse un poco más en el oscuro mundo de la subcontratación y la burocracia en el estado más totalitario de nuestro mundo.