El Pentágono se ha gastado casi 18 mil millones de dólares desde 2004 en el desarrollo de tecnologías para detección de bombas: robots, detectores de metales, rastreadores de químicos, cámaras de espionaje. La milicia estadounidense ha despilfarrado montones de dinero para descubrir que la mejor herramienta es el olfato canino. A pesar del sinnúmero de artefactos utilizados durante las intervenciones en Afganistán e Irak, el ejército sólo fue capaz de localizar la mitad de las bombas camineras. Sin embargo, esa cifra se incrementó hasta un 80% cuando fueron acompañados por perros.

Los artefactos explosivos improvisados son un dolor de cabeza para los militares de Estados Unidos. En lo que va de 2010, han habido 1.062 ataques exitosos en Afganistán con estas bombas, en comparación con los 820 del mismo periodo en el año anterior. Lo peor es que la mayoría de los explosivos de este tipo son manufacturados con químicos y fertilizantes, lo que deja completamente inútiles a los detectores de metales.

Hallar la firma química de esta bombas debería ser relatívamente sencillo, ya que sólo basta con detectar la moléculas que se desprenden de estos materiales explosivos. En 1997, una joven de la Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados de Defensa (DARPA), presentó el programa Nariz de Perro, cuyo objetivo era crear un detector de bombas tan bueno como el olfato canino. Trece años después, la responsable de ese proyecto -- Regina Dugan -- ahora es la directora del organismo, mientras que su idea sigue sin ser desarrollada.

Por su parte, la Organización Colectiva para la Lucha contra Artefactos Explosivos Improvisados (JIEDDO) se ha gastado algunos dólares en desarrollar aparatos para espiar sobre cada parte de la red de bombas. Los vehículos aéreos no tripulados (también conocidos como drones) zurcan los cielos a la caza de insurgentes que planten explosivos en las calles. También se forman equipos forenses para rastrear huellas digitales en las bombas, y compararlas con los registros de las bases de datos biométricas. Sin embargo, la JIEDDO también es la responsable de los jammers, artefactos de interrupción de señales de radio que (tal como podría revelar WikiLeaks) habrían detonado muchas bombas inintencionalmente.

Al final, el Pentágono se ha gastado 18.77 mil millones de dólares en un montón de tecnologías que no han rendido mayores frutos. Tan sólo en una aeronave -- el Vehículo y Radar de Desarme de Explosivos (VADER) -- han invertido la friolera de 138 millones. La JIEDDO también ha equipado a más de 500 vehículos con sensores especiales para detectar bombas en la noche, con un costo de otros 51 millones. El Congreso de Estados Unidos no está nada contento con este despilfarro. Ante la escasez de resultados, ha decidido recortar 442 millones del presupuesto del Pentágono para 2011.

Después de tantos experimentos, parece que el ejército debería regresar a lo básico. Lo peor es que los incidentes con bombas camineras comienzan a proliferar en otras partes del mundo. Así que es momento de sacar los perros de nuevo a las calles -- o mejor aún, tomar todo ese dinero e invertirlo en ese proyecto olvidado en algún cajón de escritorio en el Pentágono.