Ayer por la tarde falleció el escritor Germán Dehesa, uno de los cronistas sociales más talentosos que ha dado México. Amén de ser un prolífico autor, también era un usuario de Twitter prolífico. Por esta razón, no es de extrañarse el revuelo que provocó dentro de la red social su fallecimiento. En unas cuantas horas, se le sumaron cerca de ocho mil seguidores nuevos. Sus columnas fueron compartidas; sus frases, retuiteadas. Como un homenaje póstumo, sus letras volaron por la red, en una necrológica de 140 caracteres.

La muerte está rodeada de simbolismos. Recuerdo que hace varios años, cuando cursaba la universidad, un compañero de carrera falleció en un accidente automovilístico. Escritor empredernido, de pronto su blog se convirtió en un camposanto virtual. A través de los comentarios, muchos amigos, colegas y compañeros le escribimos anécdotas, recuerdos y eulogias. "La fama es efímera, el Internet es eterno", reza una máxima, nunca tan certera como cuando el autor se ha ido.

De nuestra actividad en línea queda una huella, un bagaje inconsciente de momentos acumulados. El eterno deseo del ser humano de dejar un legado se satisface (aunque sea un poco, aunque sea sin querer) con nuestro contenido. Tan simple como si un lector desconoce la obra de Dehesa: basta una búsqueda en Google para reconstruir, resultado por resultado, la figura de un eminente hombre. Por mínimo que haya sido nuestro papel en este mundo (virtual), algo quedará en el caché.

Piensa por un segundo en todos los blogs, cuentas de Twitter, de Facebook, de Flickr, que han sido abandonadas por el fallecimiento de su dueño. Estos espacios, silentes como sepulcros, quedan para materializar el recuerdo de una persona en la vastedad del ciberespacio. Si las palabras se las lleva el viento, que sea el Internet quien las retenga, tanto las propias como las ajenas. ¿Que pasará con toda esa memoriabilia que dejamos atrás? Una página en blanco, un obituario abierto para consuelo de los deudos y homenaje de los caídos.

Gracias quiero dar al infinito laberinto de las causas y los efectos, fue el epitafio involuntario de Germán Dehesa. Desde este laberinto de ceros y unos viajando al infinito, le reconozco, maestro. Que sus letras, como las de tantos anónimos, encuentren casa en esta memoria colectiva interminable. Como el amigo que, año con año, entra a dejar un comentario más al blog de su hermano fallecido, que las flores nunca terminen de llegar a su última morada virtual.