Hace unos días, realicé para Vivir México una cobertura al minuto de un operativo militar en mi ciudad. Aprovechando la cercanía del lugar, me puse a recopilar toda la información que existía en ese momento. Gracias a los tweets de varios testigos presenciales, y la labor de algunos medios locales, fui estructurando la entrada. Y es que la sospecha era que Héctor Beltrán Leyva, uno de los narcotraficantes más buscados del país, había sido capturado. Actualicé los datos conforme los hechos se desmentían y se corroboraban. Así continué durante un par de horas, hasta que se dio por terminado el movimiento, sin saber de forma oficial si el capo había sido detenido (a la postre, sólo fue una especulación, y únicamente se incautaron unos cuantos automóviles).

Al día siguiente, me cayó un aluvión de críticas por corregir un par de datos tachando la información vieja e incluyendo una nota al margen. Una de las costumbres a la hora de publicar una cobertura al minuto en un blog es tachar los errores en lugar de sobreescribirlos. ¿Por qué? La idea es que, de este modo, el lector pueda percibir cómo se va construyendo el suceso. Como mencioné hace un par de semanas acerca de la relación entre memoria e hipertexto, un autor puede reescribir su propia historia (o en este caso, la historia del mundo, por pequeña que sea), sin que quede un vestigio de las ediciones pasadas. Este ejercicio de desmemoria es muy frecuente en el periodismo. En búsqueda de la inmediatez, se publican declaraciones erróneas, datos imprecisos -- a veces sin culpa del investigador. Se trabaja con lo que se tiene.

Sin embargo, lo que se nos presenta es una versión final, un texto limpio que parece haber nacido impecable. Mentira: la verdad es que las ediciones están ahí, pero no las vemos. Sin embargo, los blogs han querido distinguirse de muchos medios digitales con este recuerdo. Incluir actualizaciones es una forma de complementar el texto conforme los sucesos ocurren, apilando la información de lo más nuevo a lo más viejo. Tachar las oraciones es una manera de enseñarle al lector la evolución del hecho, su construcción social. Y en cierto modo, también nos permite mostrar con un recurso estilístico que la cagamos seguido todos somos humanos.

Equivocarte no te hace pseudoperiodista. Equivocarte y no corregir, sí. Todas las redacciones del mundo pasan por el mismo proceso de edición, sólo que ocultan muy bien sus huellas. El problema es que nos han enseñado a pensar en la versión perfecta, sin ver el camino que ha recorrido la información que nos llega. No obstante, es el análisis crítico de este sendero lo que ofrece más riqueza en los datos, lo que nos muestra que la objetividad periodística no existe, sino un concenso intersubjetivo de persepectivas. Y es que muchas veces se aprende más del error visible que del acierto impecable.

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