Si la Humanidad ha mostrado una de sus facetas más oscuras, si la ciencia ha mostrado el poder destructivo que puede alcanzar, fue el 6 de agosto de 1945. Hoy se cumplen 65 años de el bombardeo atómico sobre la isla de Hiroshima. Un día como hoy, el Enola Gay sobrevoló el cielo nipón, dejando caer sobre los civiles la trístemente célebre Little Boy, en el primer (y junto con el de Nagasaki, el único) ataque con una bomba nuclear.

Poco se puede abundar sobre uno de los episodios históricos más estremecedores, uno de los momentos bélicos en los que redefinimos por completo nuestra visión como sociedad. Por esta razón, no pretendo ahondar más --- para eso, quién mejor que un artículo clásico de Antonio Martínez Ron en Fogonazos para guiarnos paso a paso por la galería de horrores. En su lugar, prefiero desempolvar una anécdota de la guerra por el desarrollo de la bomba nuclear: la charla de Copenhague entre Heisenberg y Bohr.

Comencemos por el contexto. En 1939, Albert Einstein le escribió al presidente Franklin D. Roosevelt sobre las posibilidades de la investigación de Enrico Fermi con uranio. En su carta, Einstein decía que ésta podría ser una fuente muy importante de energía, y que además, serviría para crear bombas de un poder nunca antes visto. Las investigaciones también llamaron la atención del lado alemán, por lo que se desató una batalla entre científicos del Eje y los Aliados para ver quién lograba hacerla primero. Cuenta la anécdota que, tras las detonaciones en Hiroshima y Nagasaki, Einstein sentenció que debería quemarse los dedos con los que escribió esa nota.

Roosevelt autorizó el famoso Proyecto Manhattan, con la participación de prominentes científicos y encabezado con Robert Oppenheimer. Del lado alemán, el encargado de la investigación fue Werner Heisenberg, un físico que se especializaba en mecánica cuántica y relatividad (en cierto modo, admiraba el trabajo de Einstein, pero recordemos que en Alemania estaba prohibido por ser obra de un judío). Quizá la aportación más célebre de Heisenberg a la física es su principio de indeterminación, aunque también fue el creador de la mecánica cuántica matricial.

En 1941, Heisenberg se encontraba trabajando en el proyecto de la bomba atómica nazi. Decidió rendirle una visita al físico Niels Bohr, que residía en Copenhague. Bohr había decidido mantenerse al margen tanto del Proyecto Manhattan como de los intentos alemanes. Arriesgando su vida, Heisenberg decidió reunirse con Bohr. A partir de aquí, la anécdota se dispara en varias versiones. Algunas dicen que el científico alemán trató de persuadir a su colega para que lo ayudara, mientras que otras señalan que Heisenberg, cargado de culpa, le pide a Bohr que entorpezca la investigación aliada para que ambos retrasaran el desarrollo nuclear hasta el fin de la guerra.

Ya sabemos cómo terminó la historia. El Proyecto Manhattan tuvo éxito. ¿Qué pasó del lado alemán? ¿Por qué no pudieron replicar la bomba? Hay teorías que dicen que tras la charla de Copenhague, Heisenberg se percató de lo que haría Hitler si tuviera en sus manos semejante poder. Los científicos implicados en el desarrollo de la bomba alemana aseguran que boicotearon el proyecto por razones morales, en tanto que los del Proyecto Manhattan afirman que Heisenberg simplemente erró en los cálculos de la masa crítica para sostener la reacción atómica.

La charla de Copenhague es un episodio en la historia que nos demuestra cuáles son los límites morales, éticos y prácticos del desarrollo científico aplicado a la guerra. Sigue sin saberse a ciencia cierta cuál fue la conversación entre Heisenberg y Bohr, pero es un momento que da pie a reflexionar cómo los investigadores jugan un papel elemental en la conformación de nuestro mundo. Si Heisenberg erró a propósito, o sólo no le dio la cabeza, se agradece. Lástima que del lado aliado haya sido más grande la inteligencia que el sentido común.