A prinicipios de los años ochenta, Atari era amo y señor del mercado de los videojuegos. La Atari 2600 era la mejor consola en el mercado, había vendido millones de unidades, y la división de juegos había captado la tercera parte de los ingresos totales de la Warner. Eran tiempos simples, con 8-bits en la pantalla y un joystick primitivo en las manos.

Todos sabemos cómo terminó la abundancia. Las divisiones de consolas, máquinas de arcade y computadoras personales operaban individualmente, por lo que Atari nunca pudo replicar el éxito de la 2600. Entonces llegó un grupo de japoneses a ofrecer un contrato de licenciamiento para la tímida Famicom, una consola que comenzaba a despuntar en el mercado nipón. Atari la desdeñó. Después de todo, ellos eran los grandes de la industria. Lo que no sabían es que le habían dado la espalda al primer NES.

Con los noventas llegó la decadencia de la empresa. Ni la Atari Lynx ---su intento de consola portátil--- ni la Jaguar ---pionera de la generación de 64 bits--- pudo abrirse paso contra la competencia. El mercado se recrudeció, y de la legendaria Atari sólo quedó el recuerdo, una empresa para la memorabilia y los jugadores vintage. En los últimos años, la empresa ha sido un caos corporativo tras otro. En el último lusto, como parte de la compañía francesa Infogrames, ha tenido cuatro CEOs y ha perdido casi $700 millones de dólares.

Sin embargo, el nuevo equipo de Atari está tratando de levantarla de entre los muertos. Encabezados por Jeff Lapin y Jim Wilson, Atari ha decidido migrar hacia el mercado emergente de los juegos digitales. El plan de la compañía es enfocarse en actualizar las versiones de diferentes títulos clásicos para que sean descargables o se puedan jugar a través de redes sociales como Facebook. En parte, este movimiento al mercado digital responde a una necesidad financiera. A principios de abril, la compañía contaba con 13.4 millones de dólares en efectivo, $57.4 millones en línea de crédito, más $25.4 millones en deuda. Un videojuego distribuido de forma digital cuesta menos de un millón para ser producido.

Otra de las nuevas estrategias de Atari es la comercialización de los derechos de sus videojuegos para que se produzcan películas. Ya hay dos títulos trabajándose en diferentes estudios de cine. Imitando un poco a Playboy, también están tratando de sacarle el mayor jugo posible a su logotipo a través de la venta de productos como tazas, sudaderas, pósters, etcétera. "Nos vemos como una start-up, pero con una marca que todo el mundo conoce y una gran biblioteca de propiedad intelectual", apunta Lapin.

¿Podrá levantarse Atari de años y años de fracasos financieros? Por desgracia, parece que la compañía se quedará estancada en un pasado exitoso, sin opciones para incursionar en un mercado saturado y depredador. Atari es la empresa de la nostalgia. Comercializar los logros de antaño puede ser una buena estrategia de supervivencia, pero regresar a la competencia (ya no digamos al primer lugar) se antoja como una resurrección casi imposible.