Parece que la Cumbre del Cambio Climático de Copenhague no fue un rotundo fracaso. A pesar de los inconvenientes en la edición de 2009, muchos países en vías de desarrollo se fijaron planes para invertir en la explotación de energías renovables. 25 naciones participantes enviaron sus NAMAs (Nationally Appropiate Mitigation Actions, o Acciones de Mitigación a Escala Nacional), sentando proyectos ambiciosos para el aprovechamiento de los recursos energéticos. Hasta el momento, los países en vías de desarrollo que llevan la avanzada son Brasil, líder en la industria de biocombustibles; China e India, que cuentan con plantas de biogás, energía solar, eólica e hidroeléctrica.

El proyecto más ambicioso viene desde África. A finales de 2009, representantes del continente negro firmaron la Alianza Africana de Energías Renovables. Por ejemplo, el NAMA de Etiopía incluye el desarrollo de plantas de energía eólica, geotérmica y de biomasa; así como la producción de 63 millones de litros de etanol y 620 millones de litros de biodiesel entre 2010 y 2015. Ghana también se ha puesto como meta incrementar la electricidad generada por energías renovables a un 10 - 20% para 2020. Marruecos apuesta más a la energía solar, con la instalación de 440,00 metros cuadrados de placas solares para 2012, y 1.7 millones de metros cuadrado para 2020. Sierra Leona ha creado el Programa de Recursos Naturales Integrados y Gerencia Ambiental, cuyo objetivo es impulsar proyectos en energía solar, de biomasa y de biocombustibles.

México, sede de la próxima Cumbre del Cambio Climático este año, se comprometió a reducir en 30% sus emisiones contaminantes para 2020. El proyecto mexicano incluye la instalación de 7.000 MW de capacidad de energía renovable para generar unos 16.000 gigavatios-hora (GWh) al año, además de la introducción de biocombustibles (como el biogás) como fuente de energía. Por su parte, Brasil está aumentando el uso de biocombustibles para reducir entre 48 y 60 toneladas de dióxido de carbono para 2020. Costa Rica es otra de las naciones que se apunta al plan, pero los ticos han dejado en claro que requieren financiamiento antes de comprometerse.

Otros países que comienzan a desarrollar proyectos de esta índole son Indonesia, Jordania, Armenia, Georgia y Macedonia. Las naciones en vías de desarrollo se han percatado que más allá del compromiso con el ambiente, la inversión en estas energías tiene beneficios palpables a corto y mediano plazo. La creación de estas plantas supone la creación de empleos, así como una mejora significativa en la salud de sus ciudadanos.

Sin embargo, el desarrollo de estos proyectos puede acarrear un alto costo socioeconómico para los países más pobres. En un caso concreto, la Red Africana de Biodiversidad ha pedido a los gobiernos que calculen el impacto de estas iniciativas en los campesinos, indígenas, bosques y en cuestiones de seguridad alimentaria. Recordemos que hace unos años el uso del biocombustible de etanol de maíz en Brasil fue una de las principales causas del incremento del precio de la tortilla en México.

Los planes, como siempre, están llenos de esperanzas y buenos deseos; no obstante, los gobiernos deben operar con cautela para saber de qué forma desarrollar sus planes de implementación de energías renovables. Brasil, China e India han demostrado a los países en vías de desarrollo que apostar por este tipo de iniciativas rinde frutos. Por lo pronto, las naciones comienzan a movilizarse en esta dirección, tratando de desprenderse de una dependencia a combustibles fósiles que no sólo es dañina para el ambiente, sino que también corre el riesgo de agotarse en un futuro medio. Ya está lista la carta de buenas intenciones: ahora resta ver si los países son capaces de cimentar en la tierra sus castillos en el aire.