Fiel a su costumbre, Umberto Eco ha aprovechado el escenario de su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Sevilla para opinar sobre el futuro tecnológico. El afamado semiólogo, crítico del Internet, ha declarado comparado a la red con una parodia del cuento de "Funes el Memorioso" de Jorge Luis Borges, cuyo personaje principal es "un idiota" por ser incapaz de olvidar. Eco aclara que el fin de la cultura no es solamente preservar, ya que "una memoria sana conserva algunas cosas, pero otras las desecha". Coincido plenamente con Eco, como ya expuse alguna vez en un artículo sobre la capacidad de los discos duros y la selectividad.

La declaración que más me ha llamado la atención del semiólogo es qué futuro considera para los periódicos y los libros en papel. Eco vaticina que los diarios impresos tienen los días contados, ya que cree que vivirán "mientras los leamos los viejos". Eco señala que los jóvenes acceden con mayor frecuencia a Internet, por lo que los diarios serán pronto plataformas olvidadas. En cambio, se resiste a creer que los libros perecerán ante los e-readers, ya que los equipara con la invención de las cucharas y tenedores, en el sentido en que una vez inventados "ya no se puede prescindir de ellos".

¿Por qué esta distinción? ¿Será que Eco es traicionado por su vena literaria? No necesariamente. Los periódicos de papel dependen menos de la materialidad que los libros. La vida de la noticia es fugaz. El periodismo es actualidad, momento, inmediatez; mientras que la literatura es trascendencia, perduración, permanencia. Los periódicos nacieron para extender la información de forma espacial, pero los libros lo hicieron para trascender el tiempo. Una plataforma que favorezca el léase y tírese -como Internet- se acopla mejor a la actividad periodística.

Entonces, ¿qué ocurre con los libros y los e-readers? Es difícil de saber. Hay dos consideraciones. Primero, la posesión: aún en el caso del libro electrónico, el lector desea retener cierta materialidad. Basta recordar el grito en el cielo cuando Amazón borró a distancia dos títulos de Orwell. Se puede argumentar que, en este caso, la capacidad de los dispositivos juega a favor. En lugar de estar limitados por el tamaño físico de nuestra biblioteca, el espacio virtual nos permite retacar un e-reader de nuestros títulos predilectos.

Ahí entra la segunda consideración. La masificación de la literatura, estimulada por el incremento en la facilidad de la publicación, lleva a la producción a un puerto nuevo. Como señala el ensayista mexicano Gabriel Zaid en Los demasiados libros, el número creciente de libros publicados crea un escenario en el que elegir un buen título se convierte en una tarea titánica. Así, la batalla entre el libro y el e-reader no está decidida sino hasta que la sociedad incline su balanza: guardamos todo o aprendemos a elegir.

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