Tomo como punto de partida la crítica que hizo Eduardo al texto de Ciro Gómez Leyva para profundizar en uno de los efectos de las redes sociales: la ilusión de omniscencia. Ya señalaba Marshall McLuhan que la tecnología debía comprenderse como una extensión de nuestras capacidades: más velocidad, más resistencia, más visión. Pero claro, McLuhan también afirmaba que con dicha ganancia, venía una pérdida. La escritura, por ejemplo, dotaba al discurso de perdurabilidad, portabilidad y trascendencia, pero sacrificaba los beneficios de la oralidad, la elocuencia y la intención de la voz. Regla simple: algo se gana, algo se pierde.

No obstante, el deseo humano ante la tecnología es mantener la ganancia sin sufrir la pérdida. Don Ihde, filósofo de la tecnología, recordaba el caso de los anteojos al aclarar que deseamos la visión potenciada, pero de forma que no nos percatemos que portamos gafas. Partamos este breve análisis cuestionándonos qué sentidos extienden las redes sociales. Hoy quiero profundizar sobre uno: nuestra capacidad de estar en todos partes en este momento.

Ya la televisión se había acercado a esta falsa omnisciencia. Las transmisiones en directo nos permitían estar en otro lugar en el momento en el que sucedían las noticias. El problema está en que no entendemos la pérdida. A través del televisor, estamos limitados al encuadre de la cámara, a la posición de la toma. Perdemos buena parte de la información contextual -tanto visual como de otros sentidos- y sólo podemos percibir lo que se nos muestra. Y tenemos que creer lo que vemos, porque no hay manera de corroborarlo de forma directa. En eso se basa la credibilidad: en confiar en que lo que percibo es real.

Las redes sociales han venido a darle un extra a esta extensión. Ya no me limito a los canales de la televisión, sino que los ojos de cada persona se convierten en mis ojos. A través de mis contactos, conozco la realidad de otras personas, otros lugares otrora inaccesibles. El periodismo, fascinado por la facilidad con que ahora puede hacer su trabajo, cae en la trampa. El reportero aumenta su alcance, pero sacrifica la profundidad. No es novedad: desde el surgimiento de las agencias noticiosas, las coberturas periodísticas fueron disminuyendo, ahorrando muchísimo dinero a los diarios en mandar a un elemento, y fiándose de los corresponsables.

Hay que entender que el periodismo también está limitado por la tecnología a no poder físicamente contrastar la realidad presentada en una red social con lo que realmente ocurre. La diferencia es que, precisamente, ¡ése es su trabajo! El periodista tiene, por definición, que corroborar su fuente. Adormilados por las agencias de noticias, las redes sociales proveen de un alcance mayor, pero de menor confiabilidad. La credibilidad, por desgracia, sí es baja en México, un país acostumbrado a la broma y la tomadura de pelo.

Así, lejos de suponer mayor comodidad, las redes sociales deben sacar de sus sillas a los periodistas. No es lo mismo fiarse de alguien cuyo producto es la confiabilidad -como una agencia noticiosa- que del resto de las personas, sin la responsabilidad moral de informar atinadamente. El periodismo ha caído en la ilusión de omniscencia, en creer falsamente que las ventajas tecnológicas solventan las carencias de su oficio. Sí, ahora saben más, pero están seguros de nada. Su trabajo, señores, es la exactitud, no la cantidad.